Truchas americanas

Los mejores poemas del mundo
los escribe un viejo analfabeto
que malvive a base de truchas
pasadas en las duras montañas de
Washington.
Al menos eso oí el otro día mientras
guardaba cola en el súper del barrio.
Aunque supongo que no puedes
fiarte mucho de nada que provenga
del súper porque hasta el producto
más sencillo -no sé, digamos el pan
de molde- solo contiene realmente
un ínfimo porcentaje de cereales.
Sea como sea, cuando oí o creí oír
a la chica de la Caja 4 decirle al encargado que
los mejores poemas del mundo
los escribe un viejo analfabeto
que malvive a base de truchas
pasadas en las duras montañas de
Washington,
ni su rubio de bote ni los diez aros
en su oreja izquierda ni siquiera
el tatuaje -KEVIN- en la cara interna
de su rechoncho y rosado antebrazo
derecho me hicieron desconfiar
de la veracidad de sus palabras.
Había algo luminoso en su hablar.
Algo puro y sincero. Algo incuestionable,
Como cualquiera de las leyes de la física.
Según contaba se trata de poemas
sobre osos o ciervos o águilas
o puercoespines o truchas, claro,
y algunos de ellos hablan además
de muchísimas otras cosas existentes
en el bosque profundo y también
en cualquier ciudad del planeta.
Hablan de cómo corren, vuelan,
huyen, atacan y respiran las criaturas.
Hablan, decía la cajera a su jefe, de ti.
Esa dedicatoria exclusiva y excluyente
me hizo sentirme solo y triste,
y no pude evitar interrumpir a la chica
para preguntarle si creía posible
que aquellos insuperables poemas
hablaran también de mí.
Ella me miró de arriba a abajo
y enseguida en sentido inverso,
y se quedó callada con gesto indeciso,
buscando con sus ojos muy pintados
de azul eléctrico la intervención del encargado.
Supe entonces que mi voz había roto
una especie de hechizo sagrado,
y quise salir de allí cuanto antes.
En la mano llevaba una lata
de truchas en aceite de girasol
de la que me había olvidado por completo.
Nunca había comido truchas,
y vi claro de golpe que no quería
comerlas así, enlatadas, sin espinas
ni corazón ni rastro de espíritu.
Lo que deseaba era comerlas
recién pescadas por mí mismo
en un río limpio, muy limpio azul cielo.
Devorar su alma simple y cristalina.
Pero, joder, era como si el mundo
y toda su inercia me obligaran
a empujones a pasar por caja.
Ya en la calle el cielo nublado
parecía el techo a punto de derrumbe
que se cansa bajo un piso inundado.
Pero la tormenta no acababa de descargar.
Lamenté no ser un indio navajo.
Lamenté que mi madre no se acostara
de joven con un indio navajo
y así ahora yo supiera lo necesario
para invocar al dios de la lluvia,
de una lluvia torrencial purificadora.
Además, mala suerte, el hombre del tiempo
había asegurado que diluviaría.
Me pareció oír un ruido dentro de mí.
Pensé en una taquicardia o algo así,
porque de pronto estaba mareado.
Tuve que agarrarme a una farola
y acompasar mi respiración con el mundo.
Entonces me di cuenta de que el ruido
no provenía de mi interior.
Flotaba en el aire, en todas partes.
Era el crujido de las placas tectónicas.
La jodida deriva continental,
alejándome de América y sus truchas
una micra más cada puto segundo.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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