Mi verdadero gemelo

Mi hermano gemelo nació para ser tan imperfecto como yo. Pero lo es mucho más. El día que cumplíamos cinco años entró en la cocina mientras nuestra madre caramelizaba azúcar para la tarta. Hizo lo que hacen los niños. Quiso echar un vistazo a lo que había en el fuego. Y aquella masa dulce e hirviente acabó sobre su cara. Treinta años y otras tantas operaciones después mi hermano sigue teniendo por nariz un agujero amorfo. Su ojo izquierdo es un pliegue retorcido supurante de legañas (siempre lleva en el bolsillo un pañuelo manchado de amarillo). Y tres gruesos costurones en su perfil izquierdo señalan los cauces por los que bajó la lava de caramelo. Mi hermano gemelo llora a menudo. Me lo cuenta mi madre por teléfono, también entre sollozos, las noches que reúno las fuerzas suficientes para llamar y preguntar qué tal. Mi hermano gemelo se ha intentado matar cuatro veces. Una abriéndose las venas, otra arrojándose por la ventana de su habitación (desde entonces cerrada con candado), las dos últimas empachándose de las pastillas que toma desde los catorce. Porque mi hermano gemelo se desayuna cada mañana un cóctel de pastillas, toma otro en la comida y un tercero después de cenar. Píldoras de todos los colores. Amarillo limón, azul pitufo, naranja naranja. Pastillas de colores infantiles como los de los Lacasitos que deberían haber recubierto la tarta de nuestro quinto cumpleaños. Recuerdo haberlos visto aquel día, en una bolsita de plástico sobre la encimera. En el caos del accidente acabaron desparramados por el suelo de la cocina. Pisoteados por las zapatillas histéricas de mi madre. Reventados. Desfigurados. Rotos. Derretidos en medio del charco humeante de caramelo. Fundidos. Desintegrados. Igual que la vida de mi hermano. Igual que la vida y la conciencia de mi madre. Igual que mi vida, también. Demasiada presión. Demasiada presión desde demasiado pronto. Ser feliz, ya que yo puedo. Sentirme siempre bien, ya que yo puedo. Hacer realizar mis sueños, ya que yo puedo. Disfrutar de la vida. Conquistar el mundo. Conocer el amor verdadero. Alcanzar un futuro luminoso. Instalarme en el éxito. Ya que yo puedo. En fin, todo eso tan difícil para cualquiera, convertido para mí en obligación. En meta innegociable. Porque se lo debo al pobre desgraciado. Se lo debo porque él daría loque fuera por ser igual que yo. Idéntico. Mi verdadero gemelo. Se lo debo y quiero dárselo. Quiero ofrecérselo como tributo, como pago, como indemnización por un mal que yo no le causé pero del que no puedo evitar sentirme responsable. Quiero dárselo. Necesito dárselo, y no lo consigo. Y toda esta absurda y a la vez lógica culpabilidad siempre conmigo, aquí dentro, abrasándome amarga las entrañas. Odio las tartas. Los Lacasitos. Y las pastillas que mi hermano y yo tomamos para seguir queriéndonos.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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