Ganas

El hombre está acostado de lado, hacia la izquierda, la vista clavada en la pared del dormitorio.
La luz que se filtra por los respiraderos de la persiana dibuja píldoras de sol en la pared. Siempre ha preferido las nubes. Pero de un tiempo a esta parte simplemente no soporta los días despejados y luminosos. La sola idea de tener que zambullirse en otra jornada resplandeciente le revuelve las tripas.
Aún no, se dice. El mundo tendrá que esperar un poco más.
Entonces el hombre respira hondo y empieza a vencer su cuerpo poco a poco, pesadamente, hacia la derecha hasta quedar tendido boca arriba. Las manos en la barriga hinchada, fofa, preñada de efluvios de resaca. Agradece íntimamente haberse puesto anoche el pijama y no tener que sentir ahora el tacto viscoso, húmedo, resudado de su propia carne. La otra noche cubrió una hora de insomnio viendo un documental de fauna salvaje. Elefantes marinos. Le recordaron a sí mismo. Sabe que en realidad no está tan gordo, que es solo hinchazón etílica y grasa descuidada. Pero es que aquellas moles de sebo pestilente le recordaron tanto a sí mismo. Esos animales horribles echados sobre las rocas, holgazaneando estúpidamente bajo el sol, bajo la lluvia, a todas horas. La pereza y torpeza de sus movimientos. Los chillidos grotescos que surgían de sus apestosas bocas abiertas. El modo indigno en que se desplazaban penosamente sobre su propia mierda. Se le parecían tanto.
Al hombre le sobreviene entonces un eructo amargo que le raspa esófago arriba. Carraspea, chasquea la lengua. Hace ademán de estirar el brazo hacia la mesilla en busca del vaso de agua. Pero recuerda que allí no hay agua ni vaso. Hace dos semanas que decidió dejar los somníferos. Le parecía cobarde resolver así el problema. Y él será lo que sea, será lo peor, pero nunca un cobarde. Da igual lo que ella le diga.
El hombre se queda un buen rato observando la lámpara del techo. Piensa que es horrible. En la media luz del cuarto parece una araña gigante a punto de saltar sobre él. Todos esos brazos, esas patas. Un horrendo exoesqueleto metálico, de un dorado apagado. Mortecino. Fúnebre. Cómo es posible que se decidieran por una cosa tan desagradable para coronar sus noches de cama. Le resulta triste y obsceno. Un pensamiento que es más bien el repentino conato de una superstición le lleva a preguntarse si existirá alguna conexión oscura entre su desgracia y el hecho de mal dormir bajo un objeto de semejante mal gusto. Su parte sensata le aconseja tímidamente desde algún rincón remoto de su cerebro que deje de desarrollar tales ideas. Pero le es imposible.
Sigue mirando la lámpara con una fijeza morbosa. Tampoco tiene ganas de hacer otra cosa. Ni siquiera el ansia por el primer cigarrillo consigue ponerle en marcha. Por otra parte, además, hace semanas que ha descubierto que el autocastigo consigue reconfortarle un poco.
Así que el hombre lleva dando vueltas física y mentalmente en la cama desde hace horas, cuando la ha oído salir hacia el trabajo a eso de las siete. Habitualmente el ruido de la puerta al cerrarse le despierta alrededor de las ocho menos cuarto. Pero hoy su mujer ha tenido que levantarse más temprano. Ayer se le estropeó el coche.
El hombre no ha conseguido dormirse de nuevo. A ratos tiene calor. A ratos frío. Suda todo el tiempo. No mucho, pero todo el tiempo. Huele a alcohol rancio.
Mira el despertador de la mesilla. Las 10:13.
Está cansado, como siempre a lo largo de los últimos meses. Se siente incluso abatido y más muerto que vivo, pero a la vez sus músculos están tensos hoy, como en guardia ante un posible ataque. O quizá sea más apropiado decir que sus músculos están tensos como después de ser uno atacado. Es algo que el hombre se plantea sin demasiado interés mientras poco a poco se da cuenta de que, además de todo eso, esta mañana nota un peso extraño en el centro del pecho y en las sienes. No se trata de un amago de infarto ni de una migraña ni nada por el estilo. No es dolor lo que siente. No es nada desagradable. Se trata simplemente de una vaga presión, muy, muy leve, y que de algún modo le transmite calidez y sosiego. Una especie de presencia, sino amiga, sí amistosa. Es una percepción tan sutil y extravagante que por momentos al hombre le parece una sensación imaginaria, igual que un recuerdo evocado tantas veces que se distorsiona y se difumina hasta ser pura ficción. Fantasía. Pero no, el peso que nota sobre su caja torácica no es obra de su imaginación. Piensa entonces en un niño pequeño sobre su pecho, riéndose mientras le tira de la barba o le quita torpemente las gafas o le da palmadas en las mejillas, la frente o las sienes. Después visualiza sus ojos limpios infantiles. El brillo. Y entonces el peso crece de golpe. La presión se hace brutal sobre su pecho. Le hunde las costillas. Le aplasta el esternón. Y el aire escasea en sus pulmones. Imagina las manos del niño hundiéndose en sus entrañas como si se tratara de tierra embarrada. Los pequeños dedos regordetes convertidos en filamentos de puro hueso que se enredan en sus venas y arterias, tirando de ellas. Los diminutos puños esqueléticos oprimiéndole el corazón. Y la sonrisa del crío, tan dulce hace solo un momento, se mutila ahora en una mueca deforme, vacía y tan hueca como las cuencas de repente secas de los pequeños ojos.
El hombre imagina todo eso con una nitidez que le sorprende y asusta. Y siente cómo le atraviesa un dolor punzante y caliente y punzante y frío. Real. En absoluto imaginario. Muy real.
El hombre se regodea en el dolor y la pena durante unos minutos. Después se levanta de la cama y se acerca a la ventana. Venciendo el temor y la pereza, sube la persiana de golpe. Y el espacio se preña de la claridad de la mañana.
Enseguida le da la espalda al día. Se dirige al cuarto de baño. Echa una meada larga y turbia. Empieza a desnudarse evitando ver su cuerpo en el espejo. Piensa: Dios, ni siquiera cuarenta años, y ya estoy acabado. No puedo reprocharle que llevemos medio año sin follar. Le entran ganas de llorar. Pero no llora. Sencillamente no puede. Ya no. Casi pierde el equilibrio al quitarse los calzoncillos. Pero no cae. Por desgracia eso también es imposible, se dice. Cómo caer cuándo se habita el fondo. Y se mete en la ducha.
Después se lava fugazmente la boca. Se pone la ropa de ayer. En el bolsillo trasero de los vaqueros encuentra el paquete de tabaco. Solo un cigarrillo. Aplastado y medio partido. Aun así se lo lleva a los labios y lo enciende, taponando con los dedos la fuga en el papel.
Fumando se dispone a inspeccionar la casa en busca de la cartera donde su mujer guarda algo de dinero. Empieza por el altillo del armario del dormitorio. Más de una vez ha encontrado ahí lo que busca. Pero esta vez no da con ello por mucho que revuelve la ropa de cama de invierno. Ella ha aprendido a cambiar a menudo el dinero de sitio, harta de que él se beba lo que no se gana. Harta en realidad -el hombre lo sabe demasiado bien- de que se beba su tristeza en el bar de la esquina a lo largo del día y la deje a solas con la suya por la noche.
El hombre se siente mal por ello. Se siente una auténtica mierda. Pero al mismo tiempo se considera en cierto modo legitimado para intentar sobrellevar su desgracia como le dé la gana. Como mejor sepa. Como buenamente pueda, en realidad. De hecho al hombre le resulta muy difícil de entender que, después de lo que sucedió, su mujer siga reuniendo las fuerzas necesarias para levantarse cada día para ir al trabajo. A limpiar la mierda de los rincones de un geriátrico. Le resulta difícil de entender. Y además le molesta. Le jode profundamente que ella conserve todavía la fuerza indispensable para mantenerse en el mundo, y en cambio él se haya convertido en un inútil, un patético borrachín sin trabajo, sin dignidad y sin ganas de nada. Por eso anoche, en la cama, no pudo evitar soltarle toda esta mierda. Ella no dijo nada. Simplemente apagó la luz. Y el silencio fue total hasta que en plena madrugada el hombre la oyó llorar muy, muy bajito. Y se maldijo por ello. Se maldijo mil veces. Pero también la maldijo calladamente a ella. La odió por no revolverse contra él y decirle lo que el hombre lleva tanto tiempo necesitando oír de una voz que no sea la que resuena en su propia cabeza: que la culpa de todo fue suya, que fue él quien aquella noche se dejó la ventana de la salita abierta después de fumarse un cigarro, que ella estaba fregando los cacharros de la cena, que era él quien se suponía que estaba pendiente del niño, que debía haber separado el taburete de la ventana, que la culpa de que su hijo se reventara contra el pavimento fue suya y solo suya. Sí, el hombre necesita que su mujer le escupa a la cara la puta verdad desde hace un año. Once meses y cuatro días, para ser exactos. Pero ella no se lo dice. Sabe que ella nunca se lo dirá. Lo que no sabe es si su silencio se debe a que todavía le quiere o a que lo odia a muerte.
El hombre continúa con el registro de las habitaciones en busca del dinero. Mira incluso en los armarios de la cocina. Entre las sartenes y las ollas. Entre los frascos de especias. Dentro de ellos. Nada. Solo le queda buscar en el que era el cuarto de su hijo. Le repugna la idea de que ella haya escondido allí la cartera. Le repugna tanto que está convencido de que no puede ser, de que su mujer jamás profanaría esa habitación por un motivo tan bajo. Sin embargo, se dice mientras recorre despacio el pasillo hacia el cuarto del niño, ha mirado en toda la casa. El dinero tiene que estar ahí dentro. Se detiene ante la puerta cerrada. Piensa. Más bien intenta despejar su mente embotada. Sacude la cabeza. Al fin se decide. Pone la mano en el picaporte. Está temblando. Siente el metal frío. Tiene miedo y vergüenza. Esa clase de miedo y de vergüenza que un pobre hombre siente cuando se enfrenta a lo sagrado. Un terror y una indignidad tales que se enfurece y grita y está a punto de patear la puerta pero lo que acaba haciendo es descargar la patada contra la pared adyacente.
El hombre sabe que se ha hecho daño. Sabe que algo ha hecho crac en su tobillo. Pero no le importa. Porque también sabe de pronto que no va a necesitar los pies para hacer lo que tiene que hacer. Lo que de repente, como si el hombre fuera el protagonista de una epifanía, como si la Verdad y el Bien y la Fuerza y todos los grandes conceptos del Universo se hubieran materializado ante él, de repente tiene claro que quiere hacer.
Ir al recibidor y coger del platito souvenir de Salou las llaves del Ibiza.
Bajar a la calle.
Abrir el capó.
Examinar el motor.
Sacar y rearmar ese grasiento puzle mecánico.
Probar y fallar. Probar y fallar. Perseverar para acertar.
Por mucho que apriete el sol ahí afuera.
Sudar. Esforzarse.
Perseverar hasta acertar.
Conseguirlo.
Reordenar el caos.
Recomponer lo inabarcable.
Reparar lo roto.
Arreglar lo imposible de arreglar.
Resucitar lo muerto.
Obrar milagros.
Ponerle ganas y obrar putos milagros.
Hacer que el coche arranque pese a no tener ni puta idea de mecánica.
Hacer lo que haga falta para que su mujer tenga el coche arreglado cuando vuelva a casa.
Hacer lo que haga falta para que la vida se mueva de nuevo.
Para que avance.
Para que el infierno quede atrás.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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