Habíamos sido uña y carne

Y me lo encontré por la calle, diez años después de la última vez. Se plantó delante de mí, y me llamó por mi nombre. Tardé un segundo en saber quién era. El pobre estaba hecho una mierda. Le faltaba la mitad de los dientes. No tardé más de dos segundos en reconocerle, de verdad, pero me sentí mal por ello. Sé que mi cara reflejó la desagradable impresión. Y seguramente él lo percibió. Aun así dio un paso hacia mí y me abrazó. Fue notar su contacto y saber que había hecho bien desapareciendo del mapa en 2003, dejando tirados a este y otros buenos colegas, los mejores. Supe que había hecho bien largándome sin mirar atrás. Al menos en términos de supervivencia. Porque su abrazo no era un abrazo amistoso, fraternal. Más bien se trataba de un braceo desesperado. Como el del bañista que se ha alejado demasiado de la orilla y lucha por agarrarse a la boya. Como el del boxeador vapuleado que rodea los brazos del rival para que deje de golpearle durante unos instantes, para recobrar el aliento antes de que la paliza se reanude. Pero por desgracia mi amigo no era un nadador ni un boxeador. De haber sido así le habría arrojado un salvavidas o habría tirado la toalla al centro del ring para que el árbitro detuviera la carnicería. No, no podía hacer por él nada más que lo que hice: escuchar cómo me pedía con cierta vergüenza que le prestara diez pavos. Y darle veinte, igualmente avergonzado. Los cogió sin mirarme, se dio la vuelta y echó a andar cojeando por la acera sin decir adiós. Tampoco me dio las gracias, lo cual agradecí en silencio. Me quedé allí de pie viendo cómo se alejaba hasta que se perdió entre la gente. Entonces sentí un dolor repentino en las manos. Igual que el que debe de sufrir, pensé, el boxeador que gana el combate después de repartir tanto gancho, tanto directo, tanto golpe al hígado ajeno. Sin embargo el dolor se intensificaba en los dedos, en la punta de cada uno de ellos. Levanté las manos hasta la altura de mi vista, los puños medio cerrados vueltos hacia mí. Y miré. Las uñas se me habían aflojado. Estaban medio sueltas, todas, a punto de separarse de la carne. Hice que acabaran de desprenderse dándome un par de puñetazos.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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