Limbo

Salgo a la calle. Desierto templado.
Abril.
Ocho.
Mañana.
Sábado.
De pronto suenan las campanas de la iglesia.
Me pregunto si sería mejor decir tañen.
Tampoco encuentro respuesta a eso. Y no importa en absoluto.
El asunto es que suenan y resuenan las campanas en mi cabeza mientras espero el bus en la parada.
Una empleada municipal de la limpieza vestida de naranja se acerca despacio por la acera.
Debe de ser de mi edad. Quizá hasta tenga un máster.
Llega junto a mí. Me barre los pies durante al menos medio minuto.
No me mira.
No dice nada.
Masca chicle.
Lleva auriculares.
No oye las campanas que anuncian luto también por ella.
Ojalá esto fuera el Sur, tan solo un poco más Sur y en lugar de campanarios de ladrillo y yeso minaretes de un blanco cegador se alzaran hacia el cielo urbano.
Y en vez de lúgubres campanas enérgicas, rabiosas, violentas llamadas a la Guerra Santa sobrevolaran como pájaros megafónicos las azoteas de esta ciudad muerta.
Sé que divago pero es que anhelo una gran causa porque ni siquiera tengo una pequeña y puestos a imaginar prefiero la grandeza.
Algo capaz de reunir la furia, la de todos nosotros, la ira de la verdadera Generación Perdida.
Que les den a aquellos escritores.
La nuestra es la auténtica Generación Perdida.
Arrebatada la posibilidad del cielo y su hotel de cinco estrellas, el purgatorio es un camping de caravanas atestado de basura blanca y, lo que es aún peor, ni siquiera hemos tenido ocasión de pecar y disfrutar lo suficiente para que el motel del infierno nos acoja.
Habitantes del Limbo, eso somos, habitantes de un lugar en que ya ni los más devotos creen. Habitantes de un lugar que ni siquiera existe.
Como nuestro futuro.
Sé que divago, vale, pero es que el bus no llega y además no importa porque cuando llegue no me llevará a ninguna parte.
Sé que divago pero es que la barrendera hace tiempo que desapareció acera arriba y ahora miro mis pies recién barridos y veo que están sucios. Muy sucios y descalzos.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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