Todos fanáticos (casi)

Bonito atardecer rojo.
Veo la pequeña, lenta,
vieja muchedumbre
que sale de la iglesia,
y pienso -casi sin querer,
lo prometo-:
Bienaventuradas gentes.
Bienaventurada su fe,
su creencia monolítica
en las manos perfectas
que nos sacaron del lodo.
Sí, bajo la sangre púrpura
de un sol que ya muere
les veo retirarse en
cuchicheantes grupitos
hacia el cobijo de naftalina
de sus casas rancias, tristes,
y les deseo paz, dicha
e ignorancia eternas.
Que alaben de por vida
a su ídolo de madera.
Bienaventurados sean
quienes defienden
la resurrección de la carne,
el producto sobrenatural,
el pez por el pez
y el pan por el pan.
Bienaventurados los que
predican el milagro,
el sinsentido, la demencia.
Al fin y al cabo cada cual
elige su mentira preferida.
Yo y unos cuantos -sí,
yo el primero- quisimos
creer que algo divino,
o por lo menos decente
y bueno en su esencia,
latía bajo nuestra piel
de cordero, lobo, cerdo.
Que habíamos venido
al mundo para algo más
que servir de alimento y
transporte para las pulgas.
Ahora me doy cuenta:
No hay idea más absurda.
Eso sí, con excepciones.
Con milagrosas excepciones.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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