Biografía del monstruo

Knock Nevis, hijo de la metalurgia y la ingeniería, de la sangre y el cerebro, del calor y el frío,
tras dos años de difícil gestación era 1981 cuando fuiste botado al mar en Oppama, Japón, en los astilleros de la Sumitomo Corporation, donde te bautizaron Seawise Giant. Ese fue tu primer nombre, el que te puso Tung Chao Yung, magnate de Hong Kong, tu primer propietario, también conocido como C. Y. Tung, que pidió a tus constructores que hicieran de ti el navío más grande fabricado. Más aún: el mayor objeto móvil construido por el hombre.
Y sí, lo fuiste. Bien que lo fuiste.
Destinado a ser el rey de los superpetroleros categoría ULCC (Ultra Large Crude Carrier), eras capaz de cargar 657.019 toneladas de crudo, la mayor capacidad de desplazamiento de la historia.
Cuentan que tu tamaño era tal que confundía por millares a las aves marinas, que, tomándote por islote, decidían hacer un alto en sus vuelos transoceánicos descansando un rato en tu feroz cubierta de hierro.
Tu elegante eslora de 458 metros, una manga de 69 y un imponente calado de nada menos que 24,6 metros que uno tras otro tras otros se hundían en el mar como un bisturí brutal, tan profundo que no podías atravesar el Canal de Suez, el de Panamá e incluso el de La Mancha sin cortar el fondo oscuro del océano.
Mil veces tuviste por ello que superar el Cabo de Hornos y otras muchas, todas, de las peores aguas del planeta. Y lo hiciste, irreductible, preciso, firme y veloz, alcanzando la velocidad punta de 15 millas náuticas por hora gracias a tu colosal turbina de 50.000 caballos de fuerza.
Conocedor de tu deber de superpetrolero, sabedor de tu polémico don-maldición, dejaste que los demás hablaran y te limitaste a cumplir tu destino. En incontables ocasiones completaste, a disgusto pero leal, la ruta petrolera que enlaza Oriente Medio con Estados Unidos. Hasta que en 1986 los amos decidieron utilizarte para transporte por las aguas de Irán durante su guerra contra el vecino. Y pagaste el precio del fuego hermano, que cayó del cielo, tu rival eterno. El espejo envidioso de tus dominios azules. Fue en el Estrecho de Ormuz donde los cazas iraquíes casi acaban contigo. A punto estuviste de ser hundido para yacer hasta la desintegración de la herrumbre en un fondo de aguas limpias y cálidas, estrellas de mar y peces de colores floreando por siempre tu tumba. Tal vez así lo habrías querido. Desde luego habría sido un final digno. Sin embargo, sobreviviste. Malherido, muy malherido y muy triste, pero sobreviste.
Entonces, 1989, fuiste comprado por la sociedad noruega KS-Company. Y te trasladaron a los astilleros Keppel de Singapur, donde fuiste reparado hasta quedar todo lo sano que puede quedar un melancólico veterano de guerra, e irónicamente te rebautizaron como The Happy Giant. Poco tiempo, no obstante, ostentaste este título feliz, alegre y bondadoso, pues la compañía noruega que te había rescatado del infierno iraní fue enseguida absorbida por la First Olsen Tankers, que decidió llamarte Jahre Viking.
Y fue con este temible nombre bárbaro, este nombre de despiadado jefe de horda nórdica, con el que más tiempo surcaste los mares con la panza llena hasta los topes de oro negro, suministrando vida y suciedad en cada puerto, despertando el amor incondicional de unos y el odio visceral de otros tantos.
Así siguió tu vida hasta que en 2004 fuiste enviado sin previo aviso al astillero Dubai Drydocks, rebautizado como Knock Nevis y rebajado a la humillante categoría de almacén flotante. De modo que es sin duda injusto que la Historia te recuerde por el infausto nombre con el que se te marcó durante estos últimos años de degradación, en que serviste como carguero de bajura en la costa de Qatar, en el campo petrolífero de Al Shaheen.
Pero aun así quiero decirlo. Aun así quiero decírtelo, aunque ya sea demasiado tarde:
Ave, Knock Nevis, criatura condenada antes de nacer a ser lo que fuiste. Señor absoluto de todos los monstruos marinos habidos e imaginados. Pudiste ser el gran destructor. El mesías de la devastación. Pudiste ser propagador de muerte y fuiste dador de vida. Cargaste y transportaste por el bien del progreso de mi especie fallida el denso fluido de tus entrañas renegridas a la fuerza. Pudiste derramar tu veneno frente a las costas de Alaska, en mitad del Caribe, sobre la barrera de coral australiana. Pudiste abrirte en canal entre deslumbrantes icebergs, pacíficas ballenas azules e inmensos bancos de atunes. Pudiste lavarte las tripas con purificadora agua salada. Habría sido lo justo. Lo merecías. Y no lo hiciste. Fuiste como las personas a las que tanto me gustaría conocer. Y no existen.
Ni siquiera lanzaste un pequeño vertido tóxico cuando una mañana tan cegadora como todas lo son en el Golfo Pérsico, te ordenaron poner rumbo hacia tu paredón particular. Tu cuerpo ya estaba viejo, despintado, mordido por el óxido. Pero tus motores gigantescos tampoco fallaron mientras te dirigías a tu cementerio. Navegaste hacia la muerte con pulso firme y preciso, con la serenidad del cansado. Sin honores. Sin siquiera palabras de gratitud. Fue en 2009, puerto de Alang, Gujarat, India, donde fuiste varado a propósito para tu desmantelamiento. Y no había allí ningún Turner para pintar tu final. Ningún auténtico romántico. Ya no los hay. Solo unas decenas de ecologistas apostados en la playa cercana rieron y cantaron y brindaron con cerveza caliente y bailaron sobre el techo de sus furgonetas Volkswagen mientras embocabas tu último puerto. Mientras morías. Tenías 28 años y muchos mares que surcar. En fin, será en otra vida. Ojalá.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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