Turno de noche

Turno de noche sin luna ni estrellas o tal vez sí pero invisibles desde la garita de la gasolinera.
Era un turno de noche como otro cualquiera, aburrido, triste, pesadamente somnoliento en una gasolinera olvidada de las rutas principales por culpa de algún plan de ordenación del territorio.
Una gasolinera de carretera secundaria, una gasolinera agonizante a medio camino entre dos pueblos abandonados a su suerte.
Una gasolinera en la que ya solo repostaban tractores de agricultores jubilados, acabados, y vespinos de adolescentes resignados a jamás empezar nada.
Pero aquella noche a eso de las tres una silueta surgió de la oscuridad, muy despacio.
Los neones blancos iluminaron la figura de aquel hombre. Su traje rasgado, una manga descosida a la altura del hombro, el polvo de los pantalones y la cara ensangrentada.
Avanzó cojeando hasta la ventanilla y balbuceó algo que no logré entender.
Seguí el protocolo de la empresa y le pregunté en qué podía ayudarle.
El hombre volvió a decir algo entre dientes, nada más que un tartamudeo en realidad.
Tampoco conseguí leer sus labios; miraba a su espalda cada pocos segundos, los músculos del cuello flacos y tensos como los de un pájaro caído en el suelo con un ala partida. Flacos y tensos y retorcidos como alambres, la cabeza vuelta hacia la oscuridad más allá de la burbuja de luz de la gasolinera, escrutándola. Como si esperara que algo terrible se abalanzara sobre él en cualquier momento.
Sí, y cómo le temblaban las manos, ahora me acuerdo, mugrientas y salpicadas de algo rojo oscuro, muy oscuro, negro.
Pero sobre todo recuerdo el miedo en sus ojos. Sencillamente estaba allí, dentro de él, dilatando sus pupilas, desorbitándole la mirada. Algo oscuro y denso tan visible como la telaraña de venillas rojas que se los inyectaban en sangre.
Yo no sabía qué cojones hacer. ¿En qué puedo ayudarle?, le pregunté de nuevo, más torpe pero más sinceramente que unos segundos antes. Pero esta vez ni siquiera me ofreció un susurro por respuesta.
Lo que ocurrió fue que de pronto el tipo empezó a aporrear desesperado el cristal, con todas sus fuerzas, con las palmas abiertas, con los puños cerrados, con la puta cabeza.
Sentí que se me erizaba el vello.
Era vidrio blindado, pero no pude evitar dar un paso atrás.
Al ver que retrocedía el hombre se puso a gritar. Un grito de enfado, de pura rabia al tiempo que arreciaban sus golpes contra la mampara protectora. Un grito de ira que sin embargo pronto se transformó en una especie de alarido de terror, de impotencia, de súplica. Un aullido lastimero, casi un llanto, que fue languideciendo a la vez que el hombre caía presa de un abatimiento, encorvaba la espalda y bajaba poco a poco la cabeza hasta apoyarla sobre el aluminio del mostrador, ya en el más absoluto silencio.
Y yo lo pensé, claro que lo pensé, por supuesto que pensé que debía abrir el candado de la puerta y dejar entrar a aquel tipo.
Pero no lo hice. También yo tenía miedo, porque nada asusta más a un hombre que otro hombre solo y desesperado.
Al cabo de un par de minutos el visitante se enderezó y me miró directamente a los ojos durante unos segundos que se me hicieron muy largos.
Ya no había nada alarmante en él. Al contrario, parecía sereno, lúcido, plenamente dueño de sus actos.
Sin decir una palabra dio media vuelta y se marchó por donde había venido, todavía cojeando, hasta que la oscuridad se lo tragó.
Yo me quedé en la gasolinera, inquieto, oyendo la voz de mi cabeza con mayor nitidez de la habitual. Puse la radio, pero no sirvió de nada. De alguna manera el mal que había querido dejar fuera al no abrirle la puerta a aquel hombre se las había ingeniado para entrar. Fue una noche larguísima. Interminable. Pero cuando vi el clarear sobre las montañas me olvidé de toda la historia.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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