El dragón

Han pasado décadas. Y hoy me encuentro de nuevo con aquella pequeña montaña rusa que a veces recalaba en el pueblo. Bueno, con lo que queda de ella. La estructura de madera blanca que aquellos hombres oscuros levantaban junto al río ahora yace medio derruida en un descampado de extrarradio. Manchada por el tiempo. Pasto de la carcoma y del progreso. Tan solo algunos maderos en pie, ásperos como menhíres, grises como enormes huesos dorsales surgiendo en abanico del suelo para alzarse en resignada vertical hacia el cielo del anochecer, casi a regañadientes. En fin, el espinazo de un monstruo de leyenda al que hubieran desenterrado de las profundidades de su sueño fósil para ser expuesto a la intemperie, a la cruel y disminuida luz del presente innegociable.
Es aquella montaña rusa, estoy seguro. No una muy parecida, ni siquiera una idéntica. Es la montaña rusa de mi infancia, y lo sé porque la monté muchas veces con los brazos levantados hacia el azul, sintiendo en las puntas de los dedos el tacto de un universo de infinitas posibilidades. El roce del futuro al alcance de la mano. Así que la reconocería en cualquier parte. Por ejemplo aquí, treinta años después, muerta en un solar polvoriento de la periferia de la tercera ciudad del país. Ahí está la taquilla desvencijada, medio aplastada como una lata usada. Y un poco más allá, como el cadáver reseco de una serpiente entre las malas hierbas, los rieles oxidados sobre los que en los buenos tiempos el trenecillo corría como un demonio intrépido. Y aquí, justo delante de mí, volcada sobre su lado izquierdo, la imponente cabeza roja de dragón que en su día fue la punta de lanza del convoy de vagonetas. Alguien o algo le arrancó los cuernos helicoidales en algún momento entre mi niñez y hoy. Alguien o algo pateó su hocico hasta reducir su sonrisa traviesa de colmillos blancos a una mueca desdentada. Alguien o algo grabó corazones, flechas, fechas, nombres y demás gilipolleces a punta de navaja en su frente aerodinámica. Y alguien o algo duerme ahora en el interior de ese cráneo, icono de mi mitología personal: dos pies roñosos encallecidos y una manta astrosa asoman por la abertura de la nuca y descansan sobre el polvo, inmóviles, se diría incluso que inertes de no ser por los ronquidos perfumados de vino de garrafa que surgen amplificados de la boca del monstruo, único vestigio de su aliento de fuego.
Ahí está todo eso -los restos de todo Aquello- y también la casa del terror que los feriantes montaban junto a la montaña rusa y en la que nunca me atreví a entrar. Ahí está la siniestra estructura de dos alturas, ligeramente inclinada hacia un costado pero todavía robusta recortándose contra el cielo amoratado de la noche en ciernes. Todas esas ventanas desnudas de la planta superior enmarcando una oscuridad aún más cerrada que el negro mate de la pintura de la fachada. Una negrura más intensa que la de la propia noche sin farolas que acaba de posarse sobre la ciudad. Y entonces un escalofrío largo y lento me repta por la espalda como una araña de hielo negro: la mortal certeza de que lo que fue ya nunca será. Es triste, pero no tengo miedo. El dragón murió hace mucho tiempo. Exactamente el mismo que hace que no lo necesito. Así que me aparto de su cadáver y echo a andar hacia la casa, decidido a registrarla palmo a palmo.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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