Austin – Fresno

Hace unos diez años.
En Estados Unidos.
Un bus interestatal
en trayecto,
no recuerdo,
digamos de Austin a Fresno,
hace una parada técnica
en mitad de la noche.
Y lo normal:
unos siguen durmiendo,
otros se desperezan,
bajan a tomar un café,
fumarse lo que puedan,
estirar las piernas,
escapar por unos minutos
del olor a zapato sudado
y moqueta recalentada.
Y de pronto
alguien ve algo sospechoso
en ese chico oriental
del fondo.
Koreano, decía el periódico.
Algo raro en sus ojos
y en su manera de mascar
y mascar y mascar emitiendo
tímidos gemidos de placer.
Entonces, supongo,
algún valiente decide acercarse.
Y ve el cuerpo de otro joven
en el asiento de delante del koreano,
desmadejado sobre la butaca,
vencido contra la ventanilla.
Y ve que no tiene cabeza.
Y enseguida
distingue el brillo
alrededor de los labios del asiático,
el brillo rojo oscuro,
muy oscuro, casi negro
a la luz de la luna menguante.
Y luego el valiente ve
la cabeza en el regazo del monstruo.
Y por último
cómo este la levanta entre sus manos,
se la lleva a la boca
y le arranca otro pedazo de mejilla
de un mordisco.
Me impresionó mucho aquella noticia.
Esa sensación que siempre he tenido.
En el pupitre del colegio,
en el asiento del bus,
en la cola del banco,
en el trabajo
en la cama, contigo al lado.
En todas partes. En el mundo.
La sensación de que en cualquier momento
alguien te puede cortar el cuello.
Por nada en especial.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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