El converso

Sábado por la mañana.
Camino desorientado a través del parking del centro comercial.
Sótano 2, inmenso y gris verdoso.
Vapores de aceite y gasolina emanan del asfalto.
Suben, llenan mis pulmones y enturbian la luz de los fluorescentes.
Hay gente por todas partes.
La gran mayoría, se diría, se siente relativamente a gusto.
Y absolutamente todos parecen saber bien adónde se dirigen.
Se acentúa mi sensación de deriva espacio-emocional.
La angustia me posee.
¿Es esto el infierno?
Probablemente.
El pavimento irradia un calor tropical aquí, en plena Europa.
Percibo la vibración de las calderas ahí abajo. Hirviendo. Trabajando.
Pero necesito nuevos calcetines de ejecutivo.
Así que me obligo a avanzar, con cuidado, entre los efluvios sulfurosos.
Me concentro en evitar tropezar en el hormiguero humano.
Miro mis pies, mi cerebro guía mis pasos uno a uno.
Sé que si cayera al suelo no tendría fuerzas para levantarme.
Pero una familia en concreto capta mi atención, no sé por qué.
Se trata de una familia media: padre, madre, dos niños.
Los críos compiten: a ver quién escupe más lejos.
La madre habla por el móvil. Algo sobre una tarta chantilly.
El hombre empuja un carro de Carrefour.
Su traqueteo es metálico.
Pienso en jaulas, mazmorras, criaturas atrapadas.
Espero la aparición de Satán en cualquier momento.
Es más, la deseo fervientemente.
El Averno necesita de un Príncipe para tener cierto sentido.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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