Soñar con Foster Wallace

Anoche soñé con Foster Wallace. Soñé que me emborrachaba con el puto David Foster Wallace.
Estábamos en un bar muy amplio, vacío. Ni siquiera había camareros, pero aquello no suponía un problema porque bebíamos y bebíamos güisqui de vasos que se rellenaban solos.
Era una especie de club privado. Lujo rancio por todas partes: moqueta, madera oscura, cuero granate y mesas redondas con gruesos manteles blancos y copas de cristal tallado y grandes cubiertos de plata. Un banquete a la espera de comensales. El aire olía intensamente a langosta. Le pregunté qué iba a celebrarse allí.
–Absolutamente nada –me contestó.
Estábamos sentados en sendos butacones, mirando a través de una amplia cristalera. Nubes de tormenta a lo lejos, ese sol blanco que precede a la lluvia y el césped de un campo de golf hasta donde alcanzaba la vista, también desierto.
En cierto momento me daba cuenta de que David lucía la cabeza rapada. Ni siquiera llevaba su clásico pañuelo. No era que se hubiera afeitado; sencillamente de la frente hacia arriba su cráneo aparecía al descubierto. Yo quería preguntarle qué le había pasado, pero era un deseo vago, más curiosidad que auténtico interés. Lo que en realidad me apetecía era acariciarle el hueso; se veía tan terso, tan suave como una piedra de río. Pero no me atrevía; me preocupaba incomodarle.
Así que simplemente bebíamos en silencio con la mirada puesta en el mundo exterior. Entonces, sin volverse hacia mí, David me preguntó:
–¿Qué estás mirando?
Y yo le respondí:
–El paisaje.
–Sé más preciso, joder –se quejó David–. Qué estás mirando, ¿las nubes o el césped, la tormenta o el sol?
Aquello debía de ser un acertijo. Mierda… Foster Wallace se interesaba por mi visión del mundo y yo estaba tan borracho que no era capaz de articular palabra.
–No es el güisqui –decía entonces él, como si hubiera leído mis pensamientos–; sencillamente te asusta que tu respuesta no me agrade. Y no deberías. Nunca. Así que dime, ¿qué estás mirando exactamente?
–Los banderines de los hoyos –le contestaba al fin–. Cómo se mueven al viento.
Y al cabo de unos segundos añadí:
–Es extraño: cada uno de ellos apunta en una dirección diferente.
–Hmm… Interesante –murmuró David en voz baja. Al cabo me preguntó–: ¿Entonces no ves el árbol?
–¿El árbol? ¿Qué árbol? No hay ningún árbol ahí afuera.
–Oh sí, te aseguro que lo hay. Está ahí mismo, en el centro del green del hoyo 18. Es el árbol en el que me ahorqué. ¿No lo ves?
–No.
–Bien, en ese caso brindemos –sentenció David.
Se volvió hacia mí, hizo chocar su vaso con el mío y dijo:
–Brindemos porque estás vivo.
Me sonreía. Y su cráneo pelado se había vuelto de cristal; brillaba como una bombilla.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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