TRABAJO

En el dos mil y pico trabajé en el puerto durante una temporada, en una empresa que se dedicaba a la gestión de mercancías, aunque el logo en inglés decía algo mucho más elaborado, en un tono casi literario.

Era una subcontrata de una subcontrata de, creo, otra subcontrata. En definitiva, un caos.

Las dependencias estaban en el extremo de una gigantesca dársena, una explanada en la que se alzaban torres y más torres de contenedores, auténticos muros, joder, murallas de metal oxidado amarillo, rojo, azul.

El primer día el jefe me condujo por aquel laberinto de  calles hasta una especie de caseta de chapa como esas que hay al pie de los edificios en construcción y me dijo: Bueno, este es tu sitio.

El aire se colaba por todas partes. Hacía un frío de cojones dentro de aquella casucha, en pleno invierno, a dos palmos del mar.

No sabría explicar en qué consistía mi trabajo. Por resumirlo, mi función era la de organizar papeles. Porque la caseta estaba llena de archivadores, cajas y carpetas repletas de facturas, recibos y demás documentos.

Nadie me dijo qué criterio usar para imponer un poco de orden. Simplemente: Oye, arregla un poco esto.

Tras unos días de desbordamiento y sufrimiento cristiano ante tal tarea, decidí improvisar. Empecé a clasificar los papeles por colores. Amarillo, rosa, verde, todos muy pálidos.

Yo pensaba que en cualquier momento algún empleado sensato abriría la portezuela de mi cubículo y me echaría a patadas. Pero nada de eso. Transcurrieron un par de semanas  antes de que el jefe decidiera asomar la nariz por mis dominios. Después de echar un vistazo a las estanterías, me dijo: Muy bien, chaval, esto ya es otra cosa; sigue así. Y se fue por donde había venido.

No volví a verlo nunca. Nadie más vino a controlar mi trabajo. Lo cual, claro, era en gran medida una bendición, pero también es cierto que por momentos me causaba una sensación de desconcierto, casi desasosiego. Me sentía olvidado allí dentro,  como si el mundo hubiera decidido concederme aquel retiro para ahorrarse los problemas que le pudiera causar.

No tenía contacto con el resto de trabajadores. De vez en cuando me asomaba por el ventanuco solo para comprobar si había gente ahí afuera. Y sí, la había, y los empleados se movían de aquí para allá como si supieran adónde se dirigían.

Recuerdo también que una mañana el timbrazo del teléfono rompió mi monotonía. Fue un momento milagroso, me sentí casi como llamado por los dioses, entre otras cosas porque no sabía de la existencia del aparato. Estaba en lo alto de un armario. Justo cuando di con él dejó de sonar. Supongo que se habría tratado de un error.

En fin, estuve en aquel curro algo más de  cuatro meses, al final de cada cual recibí mi sueldo tan puntual como incomprensiblemente para mí.

Y habría seguido allí, lo admito, de no ser por lo que sucedió a mediados de mayo. Aquel día por fin hacía buen tiempo, y como hacía ya meses que tenía la oficina perfectamente ordenada, decidí abrir la puerta y sentarme en el tranco para broncearme un poco.

En eso estaba cuando de repente una sombra se cernió sobre mí. Levanté la mirada y ahí arriba, eclipsando el sol, suspendido de una gigantesca grúa, se balanceaba un enorme contenedor de China Shipping.

Hostia puta, justo sobre mi caseta, sobre mis ordenadas estanterías. Sobre mi trabajo. Exactamente sobre mí, joder.

Ni siquiera me asusté. Lo que me invadió fue algo parecido a la estupefacción. Quién sabía cuántas veces me había sobrevolado uno de aquellos mastodontes. Y, sobre todo, si llegaba a caerme encima, ¿qué diría la gente de mí? Sí, se pasaba el día ahí, en su caseta, no puedo decirle más, lo siento, ni siquiera sabía su nombre.

De pronto lo vi claro: era hora de largarse. Y eso hice.

Aunque lo cierto es que esa sensación de no saber muy bien qué hacer ni cómo ni por qué me ha acompañado luego de empleo en empleo.

Así que, en respuesta a su pregunta, eso es para mí el trabajo: un misterio.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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