Navegador

Un amigo me dio aquel trasto, me refiero al navegador. Me dijo que se había comprado uno nuevo. Le di las gracias y lo guardé en la guantera.
Al domingo siguiente, cuando iba a lavar el coche, me acordé de él. Lo cogí y lo examiné durante un rato. A punto estuve de tirarlo por la ventanilla; al fin y al cabo me conozco la ciudad como la palma de mi mano y ningún viaje entraba en mis posibilidades. Pero por alguna razón cambié de opinión y contra todo pronóstico conseguí instalarlo. 
Decidí probar qué tal funcionaba. El cacharro me solicitó que introdujera mi DESTINO. Pensé un poco y  sin demasiada fe, la verdad, acabé introduciendo EL PARAÍSO. Para mi sorpresa el aparato reconoció de inmediato la dirección. En un instante calculó la ruta hacia el sueño de todo hombre. Resultó que el Paraíso estaba a tan solo 53,4 kilómetros. Dios, era maravilloso. Y además me llegaba el diésel. Así que me dispuse a obedecer las instrucciones de la pantalla como si se tratara de la mismísima palabra de Dios. Sí, seguí la flecha verde sintiendo el fervor crecer en mí a cada metro, como un flamante devoto, como un judío recién convertido. 
Mi Moisés tecnológico me condujo sin vacilar a través de un desierto de invernaderos transgénicos, polígonos de uralita, campos polvorientos y pueblos semiabandonados hasta la periferia de una ciudad de tercera sembrada de enormes rotondas. 
La última de ellas me encauzó a una recta final de 800 metros que desembocaba en un recinto amurallado por pequeños cipreses sobre cuya entrada porticada un cartel anunciaba en gigantescas letras verdes: EL PARAÍSO.
Lo había conseguido. Mientras recorría triunfal los últimos metros me entraron ganas de gritar aleluya, y lo hice. No cabía en mí de gozo cuando me detuve ante la barrera blanquirroja que había entre dos garitas y bajé del coche dispuesto a levantarla.
–¡Eh, tú! –gritó una voz entonces.
Miré a mi alrededor. Un hombre muy corpulento de uniforme trotaba directo hacia mí. Me pareció que se estaba subiendo la bragueta. 
–Buenos días –le dije sonriente cuando llegó a mi lado.
–¿Qué cojones estás haciendo? 
Me sorprendió un poco su brusquedad, pero estaba tan feliz que decidí pasarla por alto. Amablemente le expliqué: 
–Disculpe usted, solo quiero entrar al Paraíso. 
–Otro con la misma gilipollez… Venga, no me toques los huevos y tira por donde has venido.
–Oiga, señor Custodio, permítame decirle que esas no son formas para alguien de su cargo.
Por alguna razón incomprensible el hombre se tomó realmente mal mis palabras. Me cogió en volandas y me metió en mi coche.
–Te he dicho que arreando si no quieres que te dé de hostias y además llame a la policía. 
Quise replicar, pero fue separar los labios y que aquel celoso guardián me propinara un humillante bofetón en la mejilla izquierda. Dudé por un momento si poner la otra. Decidí abstenerme; mi recién adquirida fe se escapaba de mí a borbotones.
En fin, sí, me di por vencido. Metí la marcha atrás y me alejé con pesar del Paraíso. Me dio tiempo a ver unas cuantas casitas blancas ajardinadas y un puñado de coches de alta gama que brillaban al sol como descomunales lingotes de metales preciosos multicolores. Unos niños que paseaban a sus caniches se habían acercado al rumor del altercado. Eran rubios como ángeles, y me miraban con una indiferencia espeluznante. El aire que entraba por la ventanilla olía a jazmín y barbacoa y contenía también un leve matiz sintético, como de goma o caucho.
Lo respiré hondo, maniobré y puse rumbo a casa jurándome no contarle nunca a nadie que el Paraíso no existe.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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