Ya

El temporal que llevaban días anunciando en las noticias por fin había llegado a la ciudad. Y la había azotado con auténtica furia.
Desde su oficina en la planta 20 del edificio Edificio había pasado buena parte de la tarde contemplando el espectáculo de la tormenta.
El viento había derribado una grúa enfrente, y la M del McDonald’s yacía en el suelo. La rampa de entrada al parking de la esquina tan pronto tragaba como vomitaba largas lenguas de agua sucia. Los árboles grandes habían sido arrancados, los pequeños se combaban al viento, deshojados. Algunas cornisas se habían desprendido. Las sirenas de policía y bomberos creaban esferas de color en la lluvia gris.
Le resultaba extraño presenciar todo ese caos desde el silencio de su despacho, solo roto por el zumbido estático del ordenador. Pero sobre todo le parecía algo hermoso, algo digno de ver, más grandioso que el sol. Enseguida, sin embargo, se avergonzó de pensarlo.
Ahora, de vuelta del trabajo, lo peor había pasado.
El vendaval había amainado, pero todavía llovía con intensidad. El tráfico no fluía bajo los últimos relámpagos. Muchos semáforos habían desaparecido. Los que aún seguían en pie no funcionaban.
En cierto momento le pareció reconocer a su padre empapado bajo la lluvia, delante del escaparate de una floristería, con un niño con capucha cogido a su mano, sus ojos inmensos y limpios brillando en la penumbra.
Un autobús se había interpuesto entonces entre ellos. Cuando volvió a tener ángulo de visión ya no había nadie en la acera.
En cualquier caso, era él, era su padre. Estaba seguro, pero no se lo diría a nadie porque le contestarían que su padre había muerto hacía más de cinco años.
Se miró en el espejo retrovisor. Le picaban los ojos, pequeños, hinchados y rojos. Tardó unos segundos en entender que estaba llorando. Se secó con los puños de la camisa y, venciendo la tentación de reclinar el asiento, apagar el motor y quedarse ahí echado hasta que alguien competente y a ser posible amable viniera a por él y lo pusiera a salvo, continuó su camino de todos las noches.
Cuando por fin aparcó frente a su casa no supo si alegrarse o entristecerse de encontrarla en pie, intacta. Lo único que podía pensar era que si la vida le tenía reservado algo importante, fuera maravilloso o terrible, tenía que dárselo ya.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Ya

  1. Los días de tormenta, en cualquier parte del mundo, suelen suceder cosas extrañas… No sólo porque el clima esté raro, lo estamos todos por igual.

    Saludos

    J.

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