¿ESCRITOR?

No me extenderé demasiado. Por uno de esos milagros que a veces ocurren salí del trabajo antes de lo normal y me paré en la primera terraza a tomar una cerveza. Eran unos minutos regalados, un fallo del sistema; quería disfrutarlos al máximo. Una pareja de  gorriones llegó volando entonces. Aterrizaron cerca de mí y empezaron a picotear los fragmentos de cacahuete y restos de patatas fritas que sembraban el suelo entre las mesas. Se me ocurrió un cuento absurdo. En mi imaginación los pájaros tenían cabeza humana y mientras comían comentaban lo dura que era su vida. No te lo comas todo, le decía la hembra a su compañero, deja algo para llevar a los críos. Las palabras fluían hasta mi mente como un torrente blanco y espumoso, eran aguas desbordadas que se echaban sobre mí para que las recondujera y escribiera con ellas un buen cuento. Y lo hice. En mi cabeza, lo hice. Pero, bueno, he dicho que sería breve, así que esa historia la contaré en otro momento. Lo que ahora quiero decir es que allí, sentado en la terraza de un bar con el mono lleno de grasa mientras a mis pies los gorriones hablaban de sus problemas domésticos, tuve una revelación: yo era escritor. Quería contar cosas. Lo necesitaba. Daba igual lo que el mundo tuviera pensado para mí. Seguiría hurgando en motores para pagar el alquiler, no había problema. Pero nadie podría impedirme poner por escrito eso y cualquier cosa que se me ocurriera. Yo, sí, era un escritor. Era escritor. Fue un momento excelso. Me sentía tocado por los dioses. Fuerte. Indestructible. Capaz de todo. Orgulloso. Satisfecho. Feliz. Y pensé que la gente que me quería se alegraría por mí si pudiera sentir la alegría que en esos instantes estaba experimentando. Pensé en mis padres, mis hermanos, mis amigos, siempre preocupados por mí. Me habría gustado tanto que aparecieran en ese momento. Me habría encantado explicarles, quiero decir intentar explicarles lo maravillosamente que me sentía. Agradecerles su interés y decirles que estuvieran tranquilos, que todo estaba bien. Pero no aparecieron, claro. Y al poco los gorriones alzaron el vuelo y se perdieron de vista en el anochecer. La epifanía que había vivido fue perdiendo fuerza en mi interior hasta que acabó por desvanecerse en la media luz naranja de las farolas recién encendidas. ¿Escritor?, pensé, ¿yo? Claro que no. Solo era una de tantas personas a las que les encantaba escribir. Ni más ni, desde luego, menos. Y estaba bien que así fuera. Estaba realmente bien. Apuré la cerveza. Y me fui a casa.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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