Dos piedras

Un poco hartos de todo saltamos de noche la valla del zoo como si aún fuéramos ágiles, valientes, como si aún fuéramos jóvenes, e hicimos lo que teníamos que hacer:
ir al foso de los leones y arrojar nuestros corazones.
Golpearon el suelo con ruido viscoso.
Una vieja leona se levantó en la explanada. Era fabulosamente azul bajo las estrellas. Pareció pensárselo un rato, sopesar la situación, valorar si merecía la pena andar unos metros para ver qué eran aquellas dos piedras blandas, negras, levemente calientes y temblorosas.
Al final se decidió y renqueó hasta nuestras vidas. Las olisqueó con desgana, primero la tuya, después la mía; incluso le dio un juguetón zarpazo a cada una.
Luego se quedó muy quieta unos segundos, hasta que levantó la cabeza hacia la noche, y bostezó.
Universos enteros cabían en sus fauces. Allí había sitio de sobra para nosotros.
Sin embargo la bestia tenía otra idea. Se dio media vuelta, volvió a su lugar en la explanada y se tumbó en la hierba oscura.
¿Significa esto que nadie nos quiere?, preguntaste.
Todavía, te contesté, solo significa que todavía no.
Y tenía razón. Ahora no recuerdas nada de esto, pero tenía toda la razón.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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