PAJARITOS FRITOS

Y no sé por qué de repente me acuerdo de aquel bar de mala muerte en el centro. Estuve allí en dos ocasiones, ambas con mi padre. La primera un domingo por la mañana, cuando tenía nueve años. ¿Te apetece probar algo rico?, me preguntó. El bar estaba en una callejuela oscura por la que prácticamente no pasaba nadie. Era un semisótano; había que descender unos cuantos escalones hasta un descansillo y traspasar una cortinilla de macarrones rojos y amarillos para acceder al local propiamente dicho. Dentro el aire era caliente, denso; un humo blanquecino enturbiaba la luz de dos fluorescentes; no había mesas ni sillas, tan solo cuatro o cinco taburetes de madera a lo largo de una barra breve cuyo murete estaba revestido de azulejos amarillos con el dibujo de lo que parecía un canario sonriente repetido una y otra vez. La especialidad de la casa eran los pajaritos fritos. Los servían en una pequeña bandeja ovalada de aluminio desgastado formando un montoncito. Eran diminutos, los pájaros. Aún más sin cabeza ni patas; parecían pollos asados en miniatura, casi juguetes hiperrealistas. Pero eran de verdad, no había duda, porque brillaban empapados de aceite dorado, y todavía era posible oír el crepitar de la piel de alguno de ellos. Y además y sobre todo olían bien, olían demasiado bien para no ser reales. Aquel cuchitril entero olía de maravilla, un aroma suculento que abría el apetito. En cuanto cogí uno por el ala, sin embargo, supe que no iba a comérmelo. Ni siquiera era capaz de imaginarme haciéndolo. La sola idea de morder aquella pobre criatura me producía un espanto como nunca antes había sentido. Lo dejé en la bandeja. Mi padre me preguntó si ni siquiera pensaba probarlo. En realidad no fue una pregunta sino más bien una afirmación impregnada de condescendencia; había cierta resignación divertida en sus palabras, la constatación de una decepción prevista y asumible. Yo no dije nada. Me quedé allí de pie, mirando a un gato negro y gordo que dormitaba en un rincón y tratando de limpiarme la grasa de los dedos. Mientras, mi padre y un par de clientes comentaban que cuando me hiciera mayor, seguro, me encantarían los pajaritos fritos. Estaba confuso: no entendía por qué se mostraban tan convencidos. Y me aturdía también la envidia, como una marea lenta y triste: me sentía desplazado; por culpa de unos pajaritos me sentía lejos de mi padre, más de lo habitual, incluso. Tenía celos de la comunicación que había establecido tan sencillamente con aquellos hombres. Uno de ellos estaba desfigurado: tenía la cara pequeña y torcida, como si le faltaba un trozo de la mandíbula inferior, y probablemente así fuera. Del otro no recuerdo nada. Tampoco recuerdo cuántas servilletas llegué a usar intentando borrar aquel brillo pringoso de mis yemas… No había manera. Mi padre les tendió la bandeja y aceptaron gustosos la invitación. Podía oír el ruido de los frágiles huesos entre sus dientes. Sonaban como ramas secas. Y si por error los masticaban, como gravilla. Ruido de cosas muertas a mi alrededor mientras apuraba mi Mirinda de naranja. Arrojaban los restos a un cubo de plástico que había a sus pies. Acabaron con los pájaros en un par de minutos. El hombre sin cara, no obstante, reservó un ala para el gato. Se agachó y lo llamó, y el animal acudió sin prisa, casi desganado, como se ataca a una presa que no va a escapar, a un pájaro con las alas rotas. Olfateó brevemente el regalo, y se lo comió. Casi dos décadas después de aquella mañana, y por pura casualidad, mi padre y yo acabamos de nuevo en aquel bar. Esta vez sí, probé los pajaritos fritos. Me los comí todos, de hecho; él no tenía hambre, su enfermedad estaba ya muy avanzada. Te han gustado, ¿eh?, me dijo. Me sonreía como un niño. Así que le mentí. Diez días más tarde murió.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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