C.C.

Y de pronto en el c.c. se me hizo urgente y moralmente obligatorio dar con el responsable del hilo musical y matarlo o al menos darle una buena paliza y sí o sí arrancarle las orejas a modo de castigo por esa lluvia ácida que los altavoces vertían en nuestros inocentes oídos así que me puse a recorrer las galerías arriba y abajo sin descanso pero nada, ni rastro, incluso pregunté a un seguridad que me respondió que no podía facilitarme esa info, dijo info, lo prometo, y además me llamó Caballero, sin duda, pensé, aquel hombre debía de tener algún tipo de tara, razón por la que me apiadé de él e incluso le di las gracias y seguí la busca por mi cuenta y al final localicé una especie de puerta secreta o como mínimo camuflada en una pared entre la tienda de Desigual y la zapatería Ulanka y empujé y gloriosamente se abrió ante mí mostrándome un pasillo largo y enmoquetado de un color azul cielo en el que me adentré con cierta ansiedad pero también con una decisión y una claridad de ideas que hacía mucho que no experimentaba dejando atrás la puerta de RRHH, la de DPTO. MORAS, la de MANTENIMIENTO y otra que me desconcertó durante un segundo en la que un cartelito idéntico a los de las otras decía Dra. Canales (Psiq-Psic) y en la que estuve tentado de entrar y tumbarme en el diván que imaginaba dentro pero no lo hice, tenía una misión, así que seguí avanzando y por fin encontré una puerta cuyo cartel rezaba IMAG. Y SONIDO, respiré hondo, le di una patada y entré dispuesto a todo solo para comprobar de inmediato que allí no había nadie, de hecho casi no había nada, tan solo un portátil, por supuesto Apple, sobre un diminuto escritorio, y di media vuelta y deshice el camino a lo largo del pasillo un poco más aturdido y desorientado que de costumbre, qué difícil era todo, pensaba, qué difícil era hacer bien cualquier cosa en la vida, y por eso cuando pasé frente a la puerta de la Dra. Canales entré como quien busca refugio, como entra en un albergue un peregrino con los pies en carne viva, solo que lo que a mí me escocía y sangraba era el cerebro y aún me sangró más al ver que también este despacho estaba vacío a excepción de una planta artificial de aspecto cansado que llegaba casi hasta el techo, le dije Hola y ya solo acerté a dejarme caer en una silla plegable de escay negro, porque por supuesto no había allí diván ni nada parecido, en la que estuve esperando la llegada de la doctora unos breves instantes hasta que enseguida se abrió la puerta violentamente y no fue una mujer, estoy seguro al 99 por 100, quien saltó sobre mí, me inmovilizó boca abajo en el suelo, me clavó la rodilla en medio de la columna vertebral y me esposó las manos a la espalda y no me dio buenos consejos ni tampoco drogas o amor, que viene a ser lo mismo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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