ACARICIAR MONTREAL

Abro los ojos y la intensidad de la luz que entra por la ventana no deja lugar a dudas: mierda, he vuelto a quedarme dormido. Quería aprovechar la mañana. Buscar ofertas de trabajo en Internet, incluso salir a patear la ciudad y entregar algunos currículums en mano, como en los viejos tiempos. Vamos, empezar a poner un poco de orden en la medida de lo posible, a retomar las riendas de mi vida. Nuestra vida. Poder irme a la cama con la tranquilizadora sensación de estar INTENTÁNDOLO. ¿Sabéis a qué me refiero? Pero, bueno: otro día será. Mañana. Mañana sin falta.

Tengo excusa, eso sí. Por una parte, es sábado. Pero además y sobre todo anoche Eva sufrió otro de sus episodios. Así es como los llama el especialista. Se pasó toda la noche levitando en su cuarto. Todavía no está acostumbrada. Me preocupaba que se enredara con el cable de la lámpara -no hace mucho nos llevamos un buen susto-, así que cada dos por tres iba a ver cómo se encontraba.
Normalmente flota a media altura. Entonces me resulta fácil cogerla y volver a meterla en la cama despacio, con delicadeza, para que no se despierte. Pero a veces, como anoche, la cosa se complica. Se eleva y eleva hasta chocar contra el techo. Todos esos chichones en su bonita frente, todas esas magulladuras en las rodillas, las raspaduras en la barbilla, ¿a qué coño pensáis que se deben? Como esa zorra del quinto que me amenazó con denunciarme… ¿Creéis que se me ocurriría ponerle la mano encima a mi niña? Cabrones… Qué culpa tengo yo… Es el médico el que dice que nada de sujetarla a la cama, que nada de acolchar el techo, que nada de dormir a su lado, abrazándola, reteniéndola. Que lo último que la niña necesita es sentirse cómoda y segura al levitar. Debe, explica el doctor, concebir su enfermedad como un enemigo contra el que luchar. Puede que ahora le tenga miedo, pero es una fase necesaria en la lucha contra su problema. Después, siempre según el especialista, vendrá la fase de odio. Y será entonces cuando empiece el verdadero combate. Algunos niños se han curado por sí solos, gracias -no hay otra manera de explicarlo- a su fuerza de voluntad. No es habitual, es cierto, pero hay que mantener abierta la puerta a esa posibilidad. De modo que tenemos que dejar que Eva aprenda a convivir con su levitación y esperar la suerte de que su organismo encuentre por sí mismo el modo de desarticular el puto CILS (Child Involuntary Levitation Syndrome).
Bueno, decía que hay noches en que la levitación de Eva se sale un poco de madre y la pobre acaba estando más tiempo en el aire que en la cama. El proceso es:
1. Empieza a agitarse en sueños. Bracea y patalea hasta deshacerse de su edredón.
2. Sus pies empiezan a elevarse, como si alguien tirara hacia arriba de sus tobillos.
3. Luego la parte superior del cuerpo se separa de la cama, hasta que piernas, tronco y cabeza se alinean en paralelo al colchón, aproximadamente a un metro de altura sobre el mismo.
4. Entonces el cuerpo inicia un ascenso uniformemente acelerado que termina con Eva impactando, normalmente de bruces, contra el techo.
Bien, anoche esto ocurrió siete veces.
Cuando el golpe la despierta empieza a gritar, aterrada. Y yo voy corriendo a su habitación, me subo en la escalera plegable de dos peldaños, levanto los brazos y espero que ella se agarre a mis manos. Porque eso también es importante según el médico y todos los foros de Internet que suelo visitar: cuanto antes aprenda a desenvolverse por el techo antes empezará a perderle el miedo a la levitación. Y desde luego no soy quién para poner en entredicho la opinión de tanta gente cualificada por formación y/o experiencia, pero tengo que decir que me sigue resultando raro ver a mi niña reptar por el techo como una lagartija. Su precioso pelo negro como tentáculos en suspensión alrededor de su cabecita, igual que si estuviera a gravedad cero en una nave espacial. O igual que si estuviera sumergida en una piscina de agua invisible, ahogándose. Sí, me sigue resultando raro, no logro acostumbrarme. Joder, es raro de la hostia, y aún a veces me produce escalofríos verla así.
Repito: anoche siete veces, siete, en unas pocas horas. El estrés, las náuseas, la desorientación, los vómitos. Una paliza para cualquiera, imaginad hasta qué punto para una niña tan pequeña.
En uno de sus vuelos golpeó la estantería con el pie y la bola del mundo luminosa que su madre le envió por su último cumpleaños se hizo pedazos contra el suelo. El mayor del tamaño de Bulgaria. Eso la puso triste. Lloró ahí arriba. Sus lágrimas cayeron sobre mí como una lluvia salada y diminuta. Me pidió perdón aferrada al riel de las cortinas. Lo siento, papá, lo siento mucho. Dijo que le encantaba su bola del mundo porque le gustaba “acariciar Montreal” antes de dormirse. Allí, nos lo había dicho el especialista, había un hospital en el que podían operarla. Los mejores expertos en levitación involuntaria. Pero, claro, la intervención costaba un ojo de la cara. Pobre Eva, ¿por qué habrá tenido que pasarle a ella? Busqué Canadá a lo largo y ancho del suelo. Di con algunos fragmentos, pero de Montreal ni rastro.
Eran más de las seis cuando la bajé del techo por última vez y la metí en la cama. Decidí que por esa noche ambos habíamos tenido suficiente. Me acosté de lado a su espalda, respirando su sudor dulce y su miedo. Posé la mano sobre su pequeño hombro. Pensé en el médico, pensé en todos los comités de expertos en levitación diciéndome lo contraproducente que tal cosa era, que así no le hacía ningún bien a mi hija. Y apreté el puño de mi mano libre: los mataría a todos. Al cabo conseguí calmarme. Le di las buenas noches a Eva. Se quedó dormida al instante, agotada. Y aquí sigue. Su respiración es tranquila, profunda y pura. Perfecta. Llena de vida. Como la de cualquier niño sano. Sin CILS, ni cáncer.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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