URNA

Una vez anduve
diez kilómetros
campo a través
con una
bolsa de doritos
que se me habían
antojado
en una mano
y una urna
funeraria
bajo el otro brazo.

Un rato antes
la había
encontrado
-estoy hablando
de la urna-
en el suelo
del aseo
de la gasolinera
de la salida
44.

Serían las once
de la noche.

Las cenizas
de su interior
eran blancas,
muy blancas,
luminosas.

Parecían
querer elevarse
hacia los fluorescentes.

Lo que estoy
tratando de decir,
creo,
es que si unas cenizas
pudieran cantar
aquellas
habrían cantado
como los ángeles,
y no me preguntéis
por qué estoy
seguro de ello.

Total:

tuve que llevármela.

Me resultaba
extraño
y muy inmoral
o como poco
descortés
abandonarla allí,
entre los orines
de cientos
de conductores.

Y me parecía
una locura
dejarla bajo
la custodia
de Fabián,
el colgado
del mostrador.

Además,
también es cierto,
no me apetecía
una mierda
volver a casa,
y mucho menos
solo.

Así que
lavé la urna
en el lavabo
con jabón de manos
y,
como he dicho,
me largué de allí
con ella.

Primero
pensé en
llevármela a casa,
pero me pareció
arriesgado
caminar veinte minutos
por el arcén
portando
los restos fúnebres
de un desconocido.

De modo que
me adentré en el
sotobosque
que se extendía
desde la parte
de atrás
de la gasolinera y,
simplemente,
eché a andar
sin rumbo.

Eso seguí haciendo
durante unos
minutos.

Luego vi cómo
a lo lejos,
sobre un risco,
parpadeaban
las luces
blancas y rojas
de una antena
de telefonía.

Decidí
que era un destino
tan bueno
como cualquier otro
para mi paseo.

Enfilé hacia allí.

Joder,
aquel trasto
estaba más lejos
de lo que había
supuesto.

Tuve que atravesar
un pequeño valle
por el que
discurría
un riachuelo.

Después el terreno
por fin
empezó a inclinarse.

Las luces
centelleaban
sobre mí cabeza
en lo alto
de un montículo
pedregoso.

Por suerte
un sendero
zigzagueaba
a lo largo
de la ladera.

Media hora
más tarde
me encontraba
al pie de la antena.

Estaba en
una diminuta
explanada
polvorienta.

Unos cuantos pinos
se alzaban
desde el mismo borde
del precipicio.

Sus raíces
sobresalían
de la pared
de la montaña
como dedos nudosos
y retorcidos
que se aferraran
desesperadamente
a la tierra.

Me senté allí,
los pies colgando
en el abismo.

Y mientras
me comía los doritos
hablé un rato
con quienquiera
que ocupara
la urna.

Se le daba bien
conversar.

Escuchaba
con educación
y no decía
gilipolleces.

En cierto momento
vimos dos conejos
corretear
ahí abajo.

Eran de un azul
espectral
a la luz de las estrellas.

Uno perseguía al otro.

Le dio alcance.

Y copularon
en la noche
durante cuatro
segundos.

Me pareció
un certero resumen
de la vida.

Después,
en un impulso,
le conté
a la urna
lo del accidente.

Lo del atropello.

No se lo había
dicho a nadie.

Guardó silencio,
pero me dio
la impresión
de que las cenizas
se revolvían
incómodas
en su recipiente.

Quién no
lo habría hecho.

Al cabo
de un rato
me despedí
de la urna.

La dejé allí,
bajo los árboles.

Volví a casa
sintiéndome
ligeramente
mejor.

Y llamé a la policía.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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