EL SIDECAR

No sabría decir cuánto tiempo hacía que no veía un sidecar y allí estaba aquel, blanco como un huevo, como un gran huevo de dinosaurio acoplado a una moto negra brillante como el vinilo, y parecía hablarme, el sidecar, parecía cantarme: Vamos, ven, es ahora o nunca. Así que fui.

Me acerqué y lo acaricié. Qué suave era. Suave como el metal, el plástico, la fibra de vidrio o lo que fuera el material de que estaba hecho. Miré a ambos lados de la acera. Estaba repleta de conciudadanos. Eran las siete de la tarde y la gente iba y venía móvil en mano, gafas de sol, auriculares, pertrechada con todo lo necesario para evadirse un rato del mundo. Nadie parecía fijarse en mí. Rectifico: nadie se fijaba en mí, circunstancia esta que aproveché para poner en práctica mi propio e improvisado plan de fuga de mi lunes, de mi vida. Introduje mi maletín en un contenedor de recogida de ropa cercano, volví donde la motocicleta y de un salto me colé en el habitáculo. Haciendo gala de unas envidiables e insospechadas dotes para el contorsionismo, logré acomodarme sobre la alfombrilla del breve suelo. Me tapé precipitada y como buenamente pude con una manta no muy limpia pero opaca al fin y al cabo que encontré bajo el asiento. Y me quedé allí, quieto como una piedra sudorosa y caliente.

Confieso que entonces me asaltó una ligera desazón, no tanto por el hecho probable de que me descubrieran como por el de no tener ni puñetera idea del destino que me esperaba en caso de que la motocicleta llegara a ponerse en marcha. Me sentía como un pionero de la carrera espacial en plena cuenta atrás, a punto de ser lanzado a lo desconocido en una cápsula poco y mal testada. Pronto, sin embargo, retomé el control de mis nervios. Y gracias al sol declinante que se filtraba tibio y amable a través de la manta, y diría que también al aletargador tufo a aceite industrial que despedía la misma, acabé quedándome traspuesto. Hasta que el rugido del motor me despertó abruptamente. El sidecar entero vibraba, yo vibraba, una poderosa sacudida de emoción recorría todo mi cuerpo. Y por fin, a los pocos segundos, percibí que el vehículo se ponía en movimiento. Podía oír el ruido del tráfico a mi alrededor, podía sentir las fuerzas de la física tirando de mí en cada curva, cada frenazo, cada acelerón. Un rato después la calma se instaló. Salvo el del motor de la motocicleta, no se escuchaba ningún otro sonido cerca. Los movimientos bruscos también habían cesado. Supe que habíamos abandonado la ciudad y que avanzábamos a velocidad constante por la carretera, rumbo a quién sabía dónde. Así que allí estaba yo, viajando de polizón hacia universos ignotos a través de la luz tamizada del atardecer, dispuesto a colonizar horizontes inexplorados, dispuesto a renacer. Exacto: renacer, porque entonces tuve claro que, más que como un astronauta, me sentía como un espermatozoide. Un espermatozoide de setenta kilos propulsado hacia una nueva vida en mi flamante útero rodante. Y me invadió un sentimiento para cuya definición mi cerebro solo fue capaz de encontrar una palabra: libertad.

Calculo que una media hora después nos detuvimos. Por encima del motor al ralentí oí lo que me pareció el traqueteo de una persiana automática que subía. Luego la moto avanzó de nuevo unos pocos metros, muy despacio, hasta un espacio donde la penumbra del atardecer fue sustituida por el blanco resplandor de la luz artificial, donde el vehículo volvió a pararse. Entonces el motor se apagó, y deduje que por fin había llegado a mi nuevo mundo. El repentino silencio actuó como un estimulante de mi sentido del oído. Escuché, esta vez con total nitidez, el ruido de la persiana al descender y su lento y pesado choque contra el suelo. Escuché cómo quienquiera que me hubiera conducido hasta allí extraía las llaves del contacto y descabalgaba de la moto. Escuché, con el corazón en un puño, cómo se quitaba el casco y lo dejaba sobre el asiento del sidecar, a un palmo de donde yo yacía enroscado como una culebra bajo la manta. Cada sonido estaba magnificado por un eco seco, inmediato, que reforzó la idea que intuitivamente me había formado de encontrarme en un garaje. Entonces habló. Me refiero al conductor de la moto, un hombre, que dijo con voz neutra: Hola. Por un momento pensé que se dirigía a mí. Creo que hasta di un respingo. Pero enseguida, con más fuerza, añadió: ¿Cariño? Una voz de mujer le contestó desde lejos, amortiguada por varios tabiques: Hola, me meto en la ducha. Y el hombre musitó para sí mismo: Vale. Oí sus pasos alejándose de la moto y percibí que se apagaba la luz. Luego escuché el abrirse y cerrarse de una puerta. Y luego nada.

Permanecí un buen rato agazapado en mi escondrijo, totalmente inmóvil en la oscuridad, alerta, en guardia, atento al menor signo de actividad a mi alrededor. Cuando estuve convencido de que me encontraba solo, reuní valor y fuerzas y empecé a maniobrar para salir del sidecar. Fue complicado. Fue duro y doloroso. Estaba entumecido y se me habían dormido ambas piernas y el brazo izquierdo. Así debía de ser un parto desde el punto de vista de la criatura, pensé todo el tiempo mientras luchaba por desenredar mi propio cuerpo. Al fin, sacudiendo la cabeza, logré sacarla de la manta. Respiré profundamente. Sabía, por el discurrir del trayecto, que no había subido un solo metro con respecto al nivel de mi punto de partida. Pero el aire que hinchó mis pulmones me resultó limpio y sanador como el de la alta montaña, y me dio la energía necesaria para seguir trabajando en mi liberación. Cinco minutos más tarde resbalaba por el lateral del sidecar hasta quedar tendido boca arriba en el suelo, tan jadeante como exultante, libérrimo. Cuando hube recuperado el aliento y el riego sanguíneo de mis miembros me levanté y barrí con la mirada la penumbra que me rodeaba.

Tal y como había supuesto me hallaba en un garaje. No un garaje comunitario, sino uno privado, de planta rectangular y más espacioso que cualquiera de los pisos de alquiler en los que había vivido. En un extremo, un ventanuco apaisado de cristal translúcido dejaba entrar la poca luz que todavía bañaba la estancia. Pude así observar que había un cortacésped en un rincón junto a la persiana, en el otro una manguera enrollada, y que las paredes de los lados largos estaban recorridas por sendas mesas de trabajo perfectamente despejadas. Era, en fin, el típico garaje que tantas veces había visto en películas norteamericanas. Y es que aquel lugar era de hecho mi Nuevo Mundo, mi América, y yo un Colón del tercer milenio. Al fondo, una estantería atestada de cajas se alzaba hasta el techo dejando un estrecho paso a su derecha. Me acerqué y tras ella descubrí un espacio con una pileta, un váter y un catre, en el que me dejé caer y me quedé dormido al instante.

Me despertó el ajetreo típico de cualquier hogar de buena mañana. Idas y venidas apresuradas en la casa, el correr de la ducha, el ring de un microondas. Me pegué instintivamente a la pared, seguro de que de un momento a otro la puerta que conectaba la casa con el garaje se abriría y el propietario de la moto y de todo lo demás entraría, notaría algo extraño y descubriría fácilmente mi presencia. Pero no fue así. Al poco rato escuché cómo la pareja salía de la casa y subía a un vehículo, aparcado en otro garaje o en el camino de entrada o donde fuera. En un alarde de valentía salí del catre y entreabrí el ventanuco lo justo para ver, más allá de una sección de cuidado césped y un seto de espléndidos rosales, cómo un todoterreno Volvo gris perla con dos cabezas en los asientos delanteros abandonaba la parcela a través de una verja de hierro forjado que se abrió y se cerró a su paso con mecánica diligencia.

Por supuesto, extraño e invasor como me sentía en aquel garaje, mantuve mis sentidos alerta por si quedaba alguien más en el domicilio, pero por alguna razón estaba íntimamente convencido de mi soledad, lo cual me permitió alcanzar un aceptable nivel de relajación. Aproveché para salir del, digamos, “trasgaraje” e inspeccionar mis nuevos dominios. Para mi alborozo, bajo una de las mesas de trabajo descubrí un pequeño frigorífico que la noche anterior me había pasado inadvertido. En su interior encontré un amplio surtido de botellas de agua y cervezas, así como algún refresco. Cogí una lata de cocacola y la apuré de un solo trago. Enseguida, junto al frigorífico, un armario blanco me reveló sus tesoros: botes y más botes de Nutella, tetrabricks de zumo y leche, todo tipo de latas de conservas y una infinidad de cajas de pan tostado, además de vasos, platos y cubiertos de plástico. Desayuné de todo un poco sentado en una silla giratoria que había allí, bañado por el sol recién nacido que se colaba a través del ventanuco, sintiéndome como un pionero, como un superviviente: audaz y capaz de todo. Después guardé la basura en una bolsa de Mercadona que encontré en la estantería y volví al camastro, donde pasé buena parte del día planificando cómo hacer de aquel chalé mi domicilio estable.

Para empezar era preciso estudiar en profundidad los hábitos de, por decirlo de alguna manera, mis caseros. Ese día regresaron al anochecer, juntos en el coche en el que se habían ido por la mañana. Durante los dos días siguientes sus horarios y movimientos en la casa fueron idénticos a los de mi primera jornada en su compañía. De modo que, la mañana del viernes, en cuanto hubieron abandonado el chalé, me sentí lo bastante seguro como para abrir la puerta interior del garaje y aventurarme a explorar la vivienda y, si todo iba bien, sus alrededores. En primer lugar atravesé un cuarto en el que una lavadora y una secadora me vieron pasar de puntillas como un par de cíclopes robóticos y cómplices. Después accedí a la casa propiamente dicha. Recorrí con rapidez y gran atención el parqué de pasillos y habitaciones decoradas con relativo gusto y, era indudable, grandes cantidades de dinero. Gracias a una fotografía enmarcada averigüé que la pareja había contraído matrimonio siete años y medio antes y pude poner cara a mis anfitriones. Eran considerablemente parecidos a la imagen que me había creado de ellos durante los días anteriores. Por resumirlo: ni él ni ella tenían nada de especial, no eran ni guapos ni feos, ni gordos ni flacos. Eran como cualquiera, y, por lo tanto, impredecibles: bien podrían, me dije, guardar un revólver bajo la almohada o un cadáver en el armario, de modo que subí las escaleras y registré su dormitorio.

No encontré ningún arma ni ningún difunto en la habitación, lo cual me hizo sentir absurdamente confiado, como si ese simple hecho constituyera una garantía de mi integridad jurídico-física. Supongo que, sencillamente, necesitaba creer que estaba a salvo, que lo que estaba haciendo no era una locura ni mucho menos un delito. Y a fe que lo logré. Tanto es así que, se podría decir que en un intento de demostrarme a mí mismo seguridad y solvencia, entré en el cuarto de baño anejo al dormitorio marital y defequé magníficamente en una taza de váter rosa. Después volví abajo y deambulé por el resto de habitaciones, el salón y la gigantesca cocina como si todo cuanto veía me perteneciera por derecho, incluso el gato que apareció de repente por una puerta dándome un susto de muerte, y al que decidí llamar Perro.

Estaba acariciando en medio del salón a mi flamante mascota cuando oí que alguien entraba en la casa. No encontré a mi alcance otro escondite que el que ofrecía en un rincón un saludable ejemplar de tronco del Brasil, tras el que me parapaté más por vergüenza que otra cosa, sin albergar la menor esperanza real de no ser descubierto. Enseguida una mujer entró con resolución en la habitación. Dejó una mochila sobre la mesa principal y se echó en el inmenso cheslón de piel beige. Alargó el brazo hasta una mesita de metal dorado adyacente a uno de los laterales del sofá, cogió el teléfono y marcó mientras procedía a descalzarse cada pie con el otro. Yo temblaba como un pimpollo al viento. Soy yo, dijo la buena señora al aparato, y quienquiera que estuviera al otro lado de la línea escuchó pacientemente durante hora y media las quejas de la mujer acerca de los dueños de la casa. En su opinión, y cito, la mujer era una pija de tres pares de cojones y él un tarugo pero muy tarugo. Estaba hasta las narices de las chorradas de uno y otro. Que no limpio bien las porcelanas, va y me dice la tía el otro día, ¿te lo puedes creer? En fin, esa era la línea discursiva de la empleada doméstica, que se fue extremando paulatinamente durante la conversación hasta que, en el clímax de su indignación, decidió que hoy no pensaba limpiar ni un puto plato; más aún: se iba, se iba ahora mismo, que se jodieran esos dos capullos.

Cinco minutos más tarde, en efecto, la señora se iba de la casa dando un portazo y yo, entumecido por tanto rato de inmovilidad pero profundamente aliviado tras superar sano y salvo tan crítico trance, abandonaba mi escondrijo, salía al jardín y me tiraba de cabeza a la imponente piscina que estaba seguro iba a encontrar allí afuera. Era finales de octubre. El agua estaba fría y algo turbia. Se notaba que hacía ya un tiempo que nadie se había preocupado de su mantenimiento. No me importaba en absoluto. Aquello seguía siendo una piscina. Aquello seguía siendo agua, y resplandecía al sol como el ojo azul de dios.

Nadé, no sé, cincuenta plácidos largos entre hojas secas y cadáveres de insectos. Mis músculos agradecieron el ejercicio. Mis órganos vitales también. Todo mi cuerpo cantaba. Luego salí del agua y me tumbé en el borde de la piscina. Me sequé al sol como un lagarto monstruoso y blanco. Nunca me había sentido más humano. Yo, la lagartija que se cuela en tu casa, elevada a su máxima potencia. Yo, la lagartija total. Definitivamente, me dije, aquella casa me gustaba. Aquello, sí, era un hogar. Podría vivir allí toda la vida. Así que, lógicamente, insisto: lógicamente, entré en el chalé, me puse algo de ropa de mi casero y me largué. Quizá volviera de visita algún día, más probablemente alguna noche, pero ya había comprobado lo que quería comprobar.

Con unos mocasines, unas bermudas blancas y un polo verde pistacho callejeé por la urbanización. En cierto momento un coche de seguridad privada se detuvo a mi lado. Un hombre con ojos de sapo me miró de arriba abajo. Le di los buenos días, tardes ya, y seguí mi camino entre tapias y setos de cipreses. No me lo impidió. Un rato después llegué a una rotonda y me puse a hacer autoestop. Nadie me recogió. Tomé la carretera y eché a andar por el arcén. Me sentía tan majestuoso como cualquiera de esas torres de alta tensión que se perdían campo adentro.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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