FIN DEL MUNDO DESDE EL BALNEARIO

Esto es para ti, hombre sin cara que andas por la ciudad,

en realidad hombre con media cara, la mitad izquierda, porque tu perfil derecho simplemente no existe,

no sé cómo es posible, accidente, enfermedad, malformación, pero no está en su sitio, no está en ninguna parte,
en su lugar solo hay una honda cavidad de paredes carnosas, brillantes de humedad, de aspecto resbaladizo,
en su lugar no hay nada,
como si algún loco te hubiera clavado una pala en pleno rostro y hubiera empezado a cavar
llevándose el cincuenta por cien de tus rasgos,
un ojo, un pómulo, media mandíbula, prácticamente toda la nariz y media boca,
hombre de media cara, recuerdo nuestra primera vez, yo tendría diez años y tú el doble, un chaval,
se me escapó el balón y pasabas por allí, fue a parar a tus pies, llevabas unas J’Hayber,
ahora visualizo la escena y sé que intentaste desentenderte, escurrir el bulto,
pero no era posible, tenías la pelota y yo dije: Eh, la pelota,
tenías que devolvérmela, así que te giraste para enviármela de una patada,
entonces te vi y no te vi, te vi a medias,
eran las cinco de la tarde y pleno verano bajo los árboles del parque,
al principio pensé que se trataba de algún juego de luces y sombras, de algún efecto óptico,
pero enseguida comprendí, y se me pusieron los pelos de punta,
supongo que te diste cuenta,
desde ese día te he visto muchas veces, o quizá pocas, diez o doce en treinta años,
pero las recuerdo todas,
te he visto por el centro, alto y desgarbado y a buen paso, siempre con prisa y gafas de sol,
habitualmente de traje, tienes pinta de abogado humilde, tienes pinta de funcionario del catastro,
te he visto en el mercadona de la calle Cuenca comprando menestra congelada,
te he visto en el cine, hace cosa de un par de años, unas filas delante de mí
viendo cómo el oso intentaba comerse la cara de Leonardo Di Caprio en El Renacido,
te he visto siempre solo menos en una ocasión, en una terraza de Benimaclet, tomando una cerveza con tres hombres,
familia, amigos, compañeros de trabajo, no lo sé, fueran lo que fueran me alegré,
reíais, hablabais de fútbol,
escuché tu voz por fin, la voz líquida que salía de tu boca partida, me pregunté si también tendrías solo media lengua,
me pregunté cuántos apodos te habrían puesto a lo largo de la vida,
me pregunté cuánto amor habrías recibido, y quise creer en los milagros,
me pregunté si serías un buen tipo o un cabrón y no sé qué preferí,
porque no soy de los que se ablandan ante la gente marcada,
y te vi la semana pasada en la librería de El Corte Inglés de Colón,
pagando en caja un ejemplar de La Niña del Pelo Raro,
hombre de media cara, Foster Wallace está muerto, pero aquí estoy yo.
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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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