SPACE INVADERS

Volvió de Costa Rica,
me refiero a mi amigo Peter,
con un reptil en un doble fondo de la maleta.
De todo esto hace años,
y supongo que te habrás dado cuenta de que hace años
todo era más fácil, mucho más.
Se trataba de un lagarto de un palmo y de un verde abrumador,
selvático,
un verde inconcebible para nuestros cerebros de barrio.
Al sol que calentaba la galería de mi amigo de nueve a once,
centelleaba como una esmeralda en el terrario.
No sé qué come,
me dijo la mañana que me lo enseñó.
Era una cuestión de difícil solución; no existía Google,
y si existía nos era igual de desconocido que Dios.
De momento le estoy dando panceta,
añadió;
parece que le gusta. Y espinacas.
Metí la mano y le acaricié la cabeza.
El bicho me mordisqueó el pulgar y se colocó sobre mi palma.
Sentí sus latidos lentos, sentí su vientre ni frío ni caliente, plástico.
Me recordó a la cara de mi madre en el último beso,
más tersa que en su puta vida.
Levemente turbado me quité de encima al lagarto.
Peter lo agarró, me pareció que le retorcía una pata.
El reptil se revolvió en vano.
Le he puesto Arturo,
me confesó con cierta vergüenza.
No me jodas…
Era el nombre de su padre.
Hacía una década que se había largado sin despedirse.
Nadie volvió a saber de él hasta aquella postal unos meses atrás.
Escribía desde Playa Flamingo.
Ven a verme cuando quieras,
le decía a su hijo,
aquí tienes tu casa, te pago el vuelo.
Fue lo que ocurrió.
Peter pasó en Costa Rica quince días,
su padre le pagó también el billete de vuelta.
Conoció a sus hermanos pequeños,
unos gemelos de siete años.
Aseguraba que el Pacífico no era para tanto,
un mar como cualquiera,
pero que la mujer de su padre era monumental.
Eso decía:
Monumental, tío.
Decía que no sabía por qué se había traído el lagarto.
Que lo había visto entre la espesura y sentido el impulso de cogerlo.
Para cuando perdí el contacto con Peter
Arturo era más largo que una pierna humana.
Se había adueñado de la casa.
Dormía sobre el televisor, comía macarrones y sardinas.
Pesaría veinte kilos.
Le faltaban casi todos los dedos y un ojo.
Cosas de mi madre…,
decía mi colega;
no lo soporta.
Pero era mentira. Lo sé.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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