ALELUYA FINAL DE LA RECONQUISTA

Este es el poema que me sobrevivirá.
El poema que alguien leerá por casualidad durante siglos pongamos una vez al año:
Mi haka sentimental de aborigen de España, la que se canta a gritos con el ceño fruncido.
Y dice así:
Oh, madre, tenías mala cara el ochenta por ciento del tiempo. Pretérito imperfecto.
Pero yo, el elegido, te veía sonreír a traición por las mañanas, con el café. Te veía reírte a carcajadas hasta encharcar el suelo azul.
No había motivo para ello; eso era lo mejor. Ocurría como el amanecer: porque sí.
Muchos decían que estabas loca. Eran los tiempos en que la mayoría siempre tenía razón. Así que lo estabas: loca.
No me importaba. Prendías fuego a las cosas con cierta frecuencia. Las cortinas de la cocina, los cojines del sofá, el felpudo.
Tu fama corría como la pólvora por todo el bloque, por todo el barrio. No te dejaban entrar en el Mercadona de Calixto III.
Mi fama corría como un galgo rabioso. Yo era el hijo de la loca en el colegio, en la carnicería, en la farmacia.
Mientras tanto España y yo crecíamos. A ella le salían las caderas, las tetas; a mí me salían pelos en los huevos. Estábamos condenados a gustarnos y odiarnos.
Era emocionante volver a casa del instituto. Era una aventura diaria, aprendí a verlo así. Nunca sabía qué sorpresa me aguardaba.
Te gustaba tirar cosas por la ventana. Tu secador, tus ceniceros, aquel pequeño televisor en blanco y negro. Dinero.
Un martes arrojaste por la ventana billetes y monedas por un importe equivalente al de dos de las mensualidades que nos pasaba mi misterioso padre desde el norte de Francia.
También leías y releías el Quijote. Aquella edición antigua de tu abuelo. 1928. Decías que era la única y verdadera Biblia. Me despertabas en plena noche para que escuchara a Cervantes.
Madre, la policía nos tuteaba, sabía todo sobre nosotros. Llamaban a la puerta acompañados de algún vecino. Echaban un vistazo y se largaban. Nos sentíamos La Resistencia. Éramos más listos que nadie.
Me puse a trabajar a los 18. Tardé cinco meses en reunir las cien mil pesetas de aquel Renault 5. Los domingos íbamos a la playa, al monte, cualquier espacio abierto. Te relajaba.
En tus temporadas de paz tu mirada parecía un embalse lleno hasta los topes. Me pedías perdón. Cocinabas canelones. Dormías de ocho a ocho. Hablabas de residencias.
Al final tu primo de Teruel logró mover los hilos que llevaba toda la vida diciendo intentar mover, y te consiguió una plaza temporal en un lugar llamado Los pinos.
Efectivamente los había: ni más ni menos que tres, tres pinos en la trasera del edificio, junto a unos columpios y una subestación eléctrica.
También había un zumbido perpetuo en el aire. Desde que lo escuché me imagino que tu cabeza debía de sonar así por dentro.
Poco después empezaste a adelgazar. Terminaste pesando 40 kilos, terminaste asombrosamente calva.
Ahora vivo a 700 kilómetros de tu tumba. De vez en cuando pienso y siento que te abandoné. De vez en cuando pienso y siento que me abandonaste tú.
Pero la verdad es que estoy ahí dentro contigo, tras el ladrillo de España. Soy la cesárea en tu vientre. Y tú el costurón en mi cerebro. Empate.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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