LA FURGONETA QUE ME TRAÍA EL LIBRO DE GINSBERG ESENCIAL SE METIÓ LA HOSTIA EN CARMONA A LAS 12:03

Yo en cambio no tenía pueblo.
Es algo de lo que me acuerdo en verano: no tengo pueblo.
De chaval me hacía sentir raro y un poco avergonzado.
El barrio se quedaba desierto, los amigos se iban a sus pueblos.
Les parecía lo más normal del mundo. A mí me parecía una putada.
Recuerdo cuando se lo pregunté a mi padre. Serían las cuatro de la tarde. 38 grados.
Recuerdo cuando se lo pregunté a mi padre: ¿Por qué no tenemos pueblo?
Sí que tenemos, me respondió, lo que no tenemos es casa en el pueblo.
Me contó que mi abuelo la había perdido hacía 40 años en una partida de póquer.
Me contó que aquella noche su padre perdió también todos los ahorros.
Me contó que tuvieron que venirse a la capital a trabajar de pellejeros con el tío Silvestre.
Me contó que mi abuela había jurado no volver a pisar el pueblo, que le daba vergüenza.
Y me contó que tampoco me perdía nada, que el pueblo eran cuatro calles y un barucho.
Me contó más cosas por el estilo durante un buen rato. Al final ni le oía.
Solo podía pensar en lo importante:
1. En aquella partida de póquer.
2. En aprender a jugar al póquer.
3. En esperar la revancha.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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