CAFÉ, COPA Y PURO PARA EL DEFENSOR DEL PUEBLO

Llamaron y, contra todo pronóstico, abrí. En el rellano, un jubilado doblado por la cintura se esforzaba en recuperar el resuello. Lucía un bigote preconstitucional, pero al mismo tiempo daba la sensación de ir a la moda; bastaba con mirarle las gafas. A sus pies descansaba una especie de pequeño ataúd oscuro, en posición vertical, que emitía un fuerte olor a barniz. Esperé a que el hombre se recompusiera. Siempre espero; me gusta darle a la gente la oportunidad de explicarse; a veces alguien la aprovecha. Fue el caso. Al final acertó a decirme su nombre, que como suele ocurrirme no retuve, y yo acerté a concentrarme lo suficiente como para entender que mi interlocutor pertenecía a algún tipo de congregación religiosa del barrio, al igual que doña no sé quién, mi vecina. Supuse que se refería a la señora de la puerta 21, una anciana con piernas de alambre y permanente naranja que gustaba de oír la televisión a todo volumen mañana, tarde y noche. Ahora, sin embargo, el silencio era absoluto tras la chapita del niño Jesús que decoraba su puerta. Mientras me hablaba, el hombre se sacó del bolsillo un pañuelo de tela granate con el que se secó la frente a base de leves toques. Me permití divagar un poco: a la menor ocasión me compraría un par de pañuelos a cuadros. Los llevaría siempre encima; imprimían distinción, un aire de respetable heroísmo, acababa de comprobarlo. Me visualicé enjugándome el sudor de la nuca, del cuello, de la cara en la parada del autobús, en la cola del súper, en el ascensor de la empresa. Me visualicé como un esforzado caballero. Puede que incluso les hiciera bordar mis iniciales. El hombre prosiguió con su explicación: había quedado con mi vecina en traerle la imagen de Nuestra Señora de… (dijo agachándose junto a la caja y abriendo la portezuela. Allí estaba la virgen, mirando con ojos místicos a las alturas: a mí), pues le correspondía el privilegio de custodiarla durante los siguientes dos meses. Pero por lo visto la mujer no estaba, y por lo visto al buen hombre no le apetecía volver a casa con la virgen a cuestas. Comprensible; la caja parecía de madera maciza, noble, y la virgen, si bien pequeña y pálida, se veía robusta y de calidad, incluso saludable. Así que al devoto se le había ocurrido llamar a mi puerta y preguntarme si le haría el inmenso favor de quedarme a cargo de Nuestra Señora hasta que mi vecina volviera. Faltaría más, respondí. Me dio las gracias y me tendió la mano, que le estreché enérgicamente decidido a transmitir responsabilidad y fiabilidad. Luego se dio la vuelta y empezó a bajar las escaleras, cojeando. Al cabo de unos pocos escalones se detuvo y volvió a subir. Se me olvidaba esto, dijo, y me entregó un pequeño estuche de piel con cierre de botón. Me dio de nuevo las gracias, y se fue. Me incliné sobre la caja y la levanté como pude. En efecto, pesaba. Pesaba mucho. Aquel jubilado debía de tener toda la fe que a mi me faltaba para haber sido capaz de transportar aquella virgen hasta mi casa. Le admiré en la privacidad de mi mente. Deposité la imagen en el primer sitio apto para ello que me ofreció mi piso: la encimera de la cocina, y me olvidé de ella a la espera de que mi vecina viniera a reclamarla. Pero no vino. Nunca vino. Quizá el hombre que me había confiado el cuidado de aquella virgen hubiera muerto de un infarto nada más desaparecer de mi vista. Quizá nadie supiera que la tenía yo. Cuando días después me crucé con mi anciana vecina no me hizo ningún comentario al respecto, y tampoco yo mencioné nada. De modo que aquí sigue la virgen, junto al microondas. A veces me planteo la posibilidad de devolverla, de explicar lo sucedido, pero me da la impresión de que la verdad sonaría poco creíble. Y además Nuestra Señora ya no es exactamente la que era cuando la acogí. El estuche contenía un pequeño cepillo. Le he cambiado el pelo; ahora está más guapa. Incluso le he recortado las puntas. Y cuando le pregunto si quiere volver al sitio que le corresponde y me mira con esos ojos extáticos, no hace falta que me diga nada más.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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