MI 11 DE SEPTIEMBRE

La peluquería de mi seudotío Sebas se llamaba Peluquería Sebas (Niños y Caballeros). Era diminuta, lo que no obstaba para que un frigorífico lleno de botellines de el Águila ronroneara en el mejor rincón del local. De chaval me gustaba pasarme por allí por las tardes y ver cómo mi seudotío -aunque en realidad le llamaba tío- cortaba el pelo a los viejos del pueblo. Porque por la peluquería no aparecía ningún niño aparte de mí, y no sé si los hombres que se dejaban caer en el butacón, siquiera alguno de ellos, eran caballeros. Desde luego, insisto, todos eran viejos. O tal vez no lo fueran. Puede que solo me lo parecieran porque yo por entonces era alucinantemente joven. No sé. Lo que sí tengo claro es que en su mayoría eran prácticamente calvos. Lo cual me fascinaba. Aquellos hombres no necesitaban un corte urgente de pelo. Eran viejos que iban a la peluquería a hablar con mi tío mientras este, entre trago y trago de cerveza, les retocaba simbólica y parsimoniosamente las patillas o la nuca con los ojos entornados tras el humo del cigarrillo. Como es natural, me parecía que mi tío Sebas tenía el mejor trabajo del mundo. Tan jodidamente bueno que ni siquiera parecía un trabajo. Por todo ello, le admiraba. Y además siempre me daba algo de pasta. Yo no los conocía de nada, me refiero a los clientes, a los viejos, porque solo iba al pueblo dos semanas en agosto, así que por supuesto no recuerdo sus nombres, pero sí unas cuantas de las cosas que oí entre las paredes azulejadas de aquella peluquería. Frases. Buenas frases, sólidas como sillares, duraderas como el olor a Varon Dandy. En cambio mi tío Sebas nunca decía gran cosa, pero escuchaba con una dignidad majestuosa, casi celestial. Asentía de vez en cuando, despacio y serio, siempre los ojos entreabiertos o entrecerrados, atentos o distraídos. Era imposible saber si le interesaba lo que oía o le importaba un huevo. Espero que se electrizara como yo cuando una vez un hombre pelirrojo pero calvo dijo: “Necesito una estrella de siete puntas”. Una vez un hombre calvo pero con pelo negrísimo dijo: “La bicha se la está comiendo hasta el hueso”. Una vez un hombre absolutamente calvo dijo: “Más allá de La Torre todo está muerto”. Una vez un hombre calvo pero con canas dijo: “Lo que de verdad importa cabe en un saco, una persona cabe en un saco, ¿sí o no?”. Sea como sea, lo que digo es que allí y así empezó todo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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