SECRETO LENTO

De vuelta en el matadero despiecé un caballo. Lo trajo la percha, colgado por las patas.
Ya no tenía pelo, ya no tenía piel. Puro músculo.
Cabeza abajo a la luz fluorescente brillaba como un diamante extraño, un diamante gigantesco de 400 kilos.
Destellos rojos, destellos negros.
Brillaba como el corazón de dios en aquel horrible cuadro-holograma que mi abuela tenía en su dormitorio.
Cogí el instrumental y empecé a trabajar. Aquello me dolía más que estar vivo.
Coloqué sus trozos en diferentes cubetas que se llevó la cinta transportadora.
Me sentía como un emperador romano.
Un emperador loco que mandara cada extremidad de su enemigo a uno de los cuatro puntos cardinales.
Solo que yo no era un loco. Yo solo era yo. No tenía excusa. Ni la necesitaba.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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