CHARLES, CHARLES Y EL AMOR

CHARLES BAUDELAIRE

Una carroña

Recuerda lo que vimos, alma mía,
esa mañana de verano tan dulce:
a la vuelta de un sendero una carroña infame
en un lecho sembrado de guijarros (…)

Y, sin embargo, tú serás igual que esta basura,
que esta horrible infección,
¡estrella de mis ojos, sol de mi naturaleza,
tú, mi ángel y mi pasión! (…)

Entonces, oh belleza mía, di a los gusanos
que te comerán a besos,
¡que he guardado la forma y la esencia divina
De mis amores descompuestos!

CHARLES BUKOWSKI

Para Jane

225 días bajo la hierba
y sabes más que yo.

hace mucho que te has quedado sin sangre,
eres leña seca en una cesta.

¿es así como son las cosas?

en esta habitación
las horas del amor
aún hacen sombras.

cuando te fuiste
te llevaste casi
todo.

me arrodillo por las noches
ante tigres
que no me dejan tranquilo.

lo que fuiste
no se repetirá.

los tigres me han encontrado
y no me importa.

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SUEÑOS DE TRENES, de Denis Johnson

«Grainier vivió más de ochenta años, hasta bien entrada la década de 1960. Durante su vida viajó en dirección oeste hasta quedarse a siete kilómetros del Pacífico, aunque jamás llegó a ver el océano, y en dirección este hasta la población de Libby, que ya estaba a sesenta kilómetros dentro de Montana. Tuvo una única amante su mujer, Gladys—, fue propietario de media hectárea de tierra, dos yeguas y un carromato. Jamás se emborrachó. Jamás adquirió un arma de fuego ni habló por teléfono. Viajó habitualmente en tren, muchas veces en automóvil y una vez en avioneta. Durante la última década de su vida vio la televisión siempre que iba por el pueblo. Jamás averiguó quiénes eran sus padres y no dejó ningún heredero».suenos-de-trenes

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GUERRACIVILANDIA EN RUINAS, de George Saunders

-¿Me odias? –pregunta Freeda.
-No –le digo–. De verdad que me lo pasé bien la noche que salimos juntos.
-Dios, yo no –dice ella–. Todo el mundo nos miraba sin parar. Me provocaba malestar el que pensaran que estaba contigo de verdad. ¿Me entiendes?
No se me ocurre nada que decir, de forma que asiento. Luego me retiro a mi cubículo con los ojos húmedos para divertirme un rato con las facturas. No soy un mal tipo. Solo me gustaría dejar de tener esperanzas. Me gustaría poder decirle a mi corazón: Ríndete. Quédate solo para siempre. Siempre te quedará la ópera. Siempre te quedará el bizcocho de ángel y los niños del vecindario cantando villancicos y la imagen de las hojas en otoño sobre un tejado mojado. Pero no. Mi corazón es una especie de pescador idiota e insaciable.

 

saunders2(Fragmento del relato “El presidente de doscientos kilos”)

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HOGUERA

No señales.

No hurgues en la herida.
No hagas leña del árbol caído.
Lo enseñan en la escuela,
te lo repiten desde la cuna hasta
la tumba.
Pero
¿qué hay de quien nace para olfatear
la sangre?
Para acercarse
como un animal atraído por
la luz
a la hoguera
donde el hombre se retuerce en llamas.
Para marcar el lugar
y escarbar en las cenizas
bajo una luna indiferente
a nuestras vidas,
en busca de supervivientes.
¿Qué hay de ese?

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URNA

Una vez anduve
diez kilómetros
campo a través
con una
bolsa de doritos
que se me habían
antojado
en una mano
y una urna
funeraria
bajo el otro brazo.

Un rato antes
la había
encontrado
-estoy hablando
de la urna-
en el suelo
del aseo
de la gasolinera
de la salida
44.

Serían las once
de la noche.

Las cenizas
de su interior
eran blancas,
muy blancas,
luminosas.

Parecían
querer elevarse
hacia los fluorescentes.

Lo que estoy
tratando de decir,
creo,
es que si unas cenizas
pudieran cantar
aquellas
habrían cantado
como los ángeles,
y no me preguntéis
por qué estoy
seguro de ello.

Total:

tuve que llevármela.

Me resultaba
extraño
y muy inmoral
o como poco
descortés
abandonarla allí,
entre los orines
de cientos
de conductores.

Y me parecía
una locura
dejarla bajo
la custodia
de Fabián,
el colgado
del mostrador.

Además,
también es cierto,
no me apetecía
una mierda
volver a casa,
y mucho menos
solo.

Así que
lavé la urna
en el lavabo
con jabón de manos
y,
como he dicho,
me largué de allí
con ella.

Primero
pensé en
llevármela a casa,
pero me pareció
arriesgado
caminar veinte minutos
por el arcén
portando
los restos fúnebres
de un desconocido.

De modo que
me adentré en el
sotobosque
que se extendía
desde la parte
de atrás
de la gasolinera y,
simplemente,
eché a andar
sin rumbo.

Eso seguí haciendo
durante unos
minutos.

Luego vi cómo
a lo lejos,
sobre un risco,
parpadeaban
las luces
blancas y rojas
de una antena
de telefonía.

Decidí
que era un destino
tan bueno
como cualquier otro
para mi paseo.

Enfilé hacia allí.

Joder,
aquel trasto
estaba más lejos
de lo que había
supuesto.

Tuve que atravesar
un pequeño valle
por el que
discurría
un riachuelo.

Después el terreno
por fin
empezó a inclinarse.

Las luces
centelleaban
sobre mí cabeza
en lo alto
de un montículo
pedregoso.

Por suerte
un sendero
zigzagueaba
a lo largo
de la ladera.

Media hora
más tarde
me encontraba
al pie de la antena.

Estaba en
una diminuta
explanada
polvorienta.

Unos cuantos pinos
se alzaban
desde el mismo borde
del precipicio.

Sus raíces
sobresalían
de la pared
de la montaña
como dedos nudosos
y retorcidos
que se aferraran
desesperadamente
a la tierra.

Me senté allí,
los pies colgando
en el abismo.

Y mientras
me comía los doritos
hablé un rato
con quienquiera
que ocupara
la urna.

Se le daba bien
conversar.

Escuchaba
con educación
y no decía
gilipolleces.

En cierto momento
vimos dos conejos
corretear
ahí abajo.

Eran de un azul
espectral
a la luz de las estrellas.

Uno perseguía al otro.

Le dio alcance.

Y copularon
en la noche
durante cuatro
segundos.

Me pareció
un certero resumen
de la vida.

Después,
en un impulso,
le conté
a la urna
lo del accidente.

Lo del atropello.

No se lo había
dicho a nadie.

Guardó silencio,
pero me dio
la impresión
de que las cenizas
se revolvían
incómodas
en su recipiente.

Quién no
lo habría hecho.

Al cabo
de un rato
me despedí
de la urna.

La dejé allí,
bajo los árboles.

Volví a casa
sintiéndome
ligeramente
mejor.

Y llamé a la policía.

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ACARICIAR MONTREAL

Abro los ojos y la intensidad de la luz que entra por la ventana no deja lugar a dudas: mierda, he vuelto a quedarme dormido. Quería aprovechar la mañana. Buscar ofertas de trabajo en Internet, incluso salir a patear la ciudad y entregar algunos currículums en mano, como en los viejos tiempos. Vamos, empezar a poner un poco de orden en la medida de lo posible, a retomar las riendas de mi vida. Nuestra vida. Poder irme a la cama con la tranquilizadora sensación de estar INTENTÁNDOLO. ¿Sabéis a qué me refiero? Pero, bueno: otro día será. Mañana. Mañana sin falta.

Tengo excusa, eso sí. Por una parte, es sábado. Pero además y sobre todo anoche Eva sufrió otro de sus episodios. Así es como los llama el especialista. Se pasó toda la noche levitando en su cuarto. Todavía no está acostumbrada. Me preocupaba que se enredara con el cable de la lámpara -no hace mucho nos llevamos un buen susto-, así que cada dos por tres iba a ver cómo se encontraba.
Normalmente flota a media altura. Entonces me resulta fácil cogerla y volver a meterla en la cama despacio, con delicadeza, para que no se despierte. Pero a veces, como anoche, la cosa se complica. Se eleva y eleva hasta chocar contra el techo. Todos esos chichones en su bonita frente, todas esas magulladuras en las rodillas, las raspaduras en la barbilla, ¿a qué coño pensáis que se deben? Como esa zorra del quinto que me amenazó con denunciarme… ¿Creéis que se me ocurriría ponerle la mano encima a mi niña? Cabrones… Qué culpa tengo yo… Es el médico el que dice que nada de sujetarla a la cama, que nada de acolchar el techo, que nada de dormir a su lado, abrazándola, reteniéndola. Que lo último que la niña necesita es sentirse cómoda y segura al levitar. Debe, explica el doctor, concebir su enfermedad como un enemigo contra el que luchar. Puede que ahora le tenga miedo, pero es una fase necesaria en la lucha contra su problema. Después, siempre según el especialista, vendrá la fase de odio. Y será entonces cuando empiece el verdadero combate. Algunos niños se han curado por sí solos, gracias -no hay otra manera de explicarlo- a su fuerza de voluntad. No es habitual, es cierto, pero hay que mantener abierta la puerta a esa posibilidad. De modo que tenemos que dejar que Eva aprenda a convivir con su levitación y esperar la suerte de que su organismo encuentre por sí mismo el modo de desarticular el puto CILS (Child Involuntary Levitation Syndrome).
Bueno, decía que hay noches en que la levitación de Eva se sale un poco de madre y la pobre acaba estando más tiempo en el aire que en la cama. El proceso es:
1. Empieza a agitarse en sueños. Bracea y patalea hasta deshacerse de su edredón.
2. Sus pies empiezan a elevarse, como si alguien tirara hacia arriba de sus tobillos.
3. Luego la parte superior del cuerpo se separa de la cama, hasta que piernas, tronco y cabeza se alinean en paralelo al colchón, aproximadamente a un metro de altura sobre el mismo.
4. Entonces el cuerpo inicia un ascenso uniformemente acelerado que termina con Eva impactando, normalmente de bruces, contra el techo.
Bien, anoche esto ocurrió siete veces.
Cuando el golpe la despierta empieza a gritar, aterrada. Y yo voy corriendo a su habitación, me subo en la escalera plegable de dos peldaños, levanto los brazos y espero que ella se agarre a mis manos. Porque eso también es importante según el médico y todos los foros de Internet que suelo visitar: cuanto antes aprenda a desenvolverse por el techo antes empezará a perderle el miedo a la levitación. Y desde luego no soy quién para poner en entredicho la opinión de tanta gente cualificada por formación y/o experiencia, pero tengo que decir que me sigue resultando raro ver a mi niña reptar por el techo como una lagartija. Su precioso pelo negro como tentáculos en suspensión alrededor de su cabecita, igual que si estuviera a gravedad cero en una nave espacial. O igual que si estuviera sumergida en una piscina de agua invisible, ahogándose. Sí, me sigue resultando raro, no logro acostumbrarme. Joder, es raro de la hostia, y aún a veces me produce escalofríos verla así.
Repito: anoche siete veces, siete, en unas pocas horas. El estrés, las náuseas, la desorientación, los vómitos. Una paliza para cualquiera, imaginad hasta qué punto para una niña tan pequeña.
En uno de sus vuelos golpeó la estantería con el pie y la bola del mundo luminosa que su madre le envió por su último cumpleaños se hizo pedazos contra el suelo. El mayor del tamaño de Bulgaria. Eso la puso triste. Lloró ahí arriba. Sus lágrimas cayeron sobre mí como una lluvia salada y diminuta. Me pidió perdón aferrada al riel de las cortinas. Lo siento, papá, lo siento mucho. Dijo que le encantaba su bola del mundo porque le gustaba “acariciar Montreal” antes de dormirse. Allí, nos lo había dicho el especialista, había un hospital en el que podían operarla. Los mejores expertos en levitación involuntaria. Pero, claro, la intervención costaba un ojo de la cara. Pobre Eva, ¿por qué habrá tenido que pasarle a ella? Busqué Canadá a lo largo y ancho del suelo. Di con algunos fragmentos, pero de Montreal ni rastro.
Eran más de las seis cuando la bajé del techo por última vez y la metí en la cama. Decidí que por esa noche ambos habíamos tenido suficiente. Me acosté de lado a su espalda, respirando su sudor dulce y su miedo. Posé la mano sobre su pequeño hombro. Pensé en el médico, pensé en todos los comités de expertos en levitación diciéndome lo contraproducente que tal cosa era, que así no le hacía ningún bien a mi hija. Y apreté el puño de mi mano libre: los mataría a todos. Al cabo conseguí calmarme. Le di las buenas noches a Eva. Se quedó dormida al instante, agotada. Y aquí sigue. Su respiración es tranquila, profunda y pura. Perfecta. Llena de vida. Como la de cualquier niño sano. Sin CILS, ni cáncer.

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Quizás

Llevo un buen rato

viendo a un halcón 

sobrevolar el área
de servicio N-34B
en absoluto silencio
tanto él allí arriba
como yo aquí abajo.

Y es lo mejor, porque
la voz del halcón
se llama gañido.

Una palabra fea
para un chillido feo.

Así que sí: mejor
no tener que usarla
en este poema.

Mejor solamente
ver volar al pájaro
elegante y callado
y perfecto en potencia.

A veces hay que
mantener la boca
cerrada.

Ahorrarle al mundo
la estridencia.

Quizás mañana
yo también lo logre.

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