MIRAGE MENTAL

DEP Richard “Old Man” Harrison

He vuelto a engancharme a La Casa de Empeños. Lo encuentro haciendo zapin y quedo atrapado.
Me gusta el tipo con botas de serpiente que se planta en la tienda para deshacerse del uniforme de marine de su padre.
Me flipa la señora de noventa años que llega al parquin de visitantes dispuesta a vender su Cadillac rosa del 58.
Me alucina el chaval que quiere desprenderse de la colección de cromos de béisbol de su hermano muerto.
Me vuelve loco toda esa gente que regatea por rentabilizar su vida.
Me encanta ese programa, sí, y me fascinan sus protagonistas: Rick, Corey, Chumlee y el Viejo.
Entre los cuatro deben de pesar dos mil quinientos kilos. Sus sonrisas tienen un aire a la de las ballenas beluga.
Viendo el programa se diría que se pasan el día en la tienda, pero ni de coña.
Me los imagino en la piscina de su mansión, flotando panza arriba en colchonetas bajo el sol de Las Vegas. Y acierto.
Me los imagino en chanclas hablando por teléfono con su agente mientras la carne humea en la barbacoa. Y acierto.
Me los imagino firmando autógrafos en centros comerciales a lo largo y ancho de Nevada. Y acierto.
Me gustaría ser su primo de Chicago o de Miami. Me gustaría ser parte de esa familia. Porque son una familia.
El Viejo el abuelo-padre, Rick el padre-hijo, Corey el nieto-hijo. Chumlee es un amigo de Corey, una especie de mascota del clan.
Me gustaría poder llamar a La Casa de Empeños y preguntar por mi tío Rick, decirle que voy a ir de visita.
Me gustaría pasar la tarde jugando al golf en el desierto con Corey y Chumlee y ser el más flaco cuando me presentaran a sus amigas.
Me gustaría camelarme al Viejo. Decirle: Abuelo, joder, estírate, que vas a ser el más rico del cementerio.
Me gustaría que me diera un préstamo de veinte mil de los grandes y un abrazo.
Y desaparecer.

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VÚELAME LOS SESOS O LLAMARÉ A LA POLICÍA

Enviar mi poema Matusalén drástico a Residencia Montebello Johanneswerk. Box-22, C/ Sierra Bernia Nº 34, 03530 La Nucia. Alicante.
Enviar mi poema Deconstrucción de todo armamento ninja a Wallmart Supercenter. 2320 Bob Bullock Loop, Laredo, TX 78043, EE.UU.
Enviar mi poema Recuerdo de Sanxenxo al Banco Central Europeo. Sonnemannstrasse 20. D-60314 Frankfurt-am-Main. Deutschland.
Enviar mi poema Soundtrack de este mundo a la Federación de Asociaciones de Coros y Danzas de España (FACYDE). Paseo Fotógrafo Verdú, 8 2º B. 30002 Murcia.
Enviar mi poema Sufro a medias la pureza de lo humano a la Congregación de Religiosas Esclavas de María Inmaculada e Hijas de Santa Teresa de Jesús. Calle Balmes, 27. Valencia.
Enviar mi poema Trescientos napos a Grupo Renault. 13-15, quai Le Gallo, 92512 Boulogne-Billancourt Cedex – Francia.
Enviar mi poema Plato combinado 7 al Celler de Can Roca. Carrer de Can Sunyer, 48, 17007 Girona.
Enviar mi poema El surf sin parafernalias a la Fédération Internationale de Football Association. FIFA-Strasse 20, P.O. Box 8044 Zurich, Switzerland.
Enviar mi poema Dejé todo mi imperio a Díaz a la Casa de Su Majestad el Rey de España. Palacio de La Zarzuela. Carretera del Pardo s/n 28071 Madrid.
Enviar mi poema La novia vieja a Resort Grand Bahia Principe Turquesa. Carr. El Macao – Arena Gorda, Punta Cana 23000, República Dominicana.
Enviar mi poema El sueño de una hermandad de motoristas al Club de senderismo Pirineos. Calle de San Lorenzo, 9. Zaragoza.
Enviar mi poema Actualización crucial del futuro a Penguin Random House Grupo Editorial. Travessera de Gràcia, 47-49, 08021 Barcelona.
Enviar mi poema Hundimiento del cielo de Luisiana al Departamento de Economía de la Universidad de Oxford. Oxford OX1 2JD, Reino Unido.
Enviar mi poema El corazón de los buzos a medianoche a la Japan Aerospace Exploration Agency. 〒101-8008 Tokyo, Chiyoda, Kanda Surugadai, 4−6 御茶ノ水ソラシティ
Enviar mi poema Venganza de Dios a la española a Demoliciones ZABAR. Calle Cólquide, 6, 28231 Las Rozas. Madrid.
Enviar mi poema Teletransportación desde la morgue del condado al Central Republican Hospital. 29 Vazha Pshavela Ave, T’bilisi, Georgia.
Enviar mi poema El montaje del director hará justicia a Walt Disney Studios. 500 S Buena Vista St, Burbank, CA 91521, EE.UU.
Etcétera.
Que algún subalterno abra las cartas, lea mis poemas por encima, muy por encima, y no entienda nada.

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ALELUYA FINAL DE LA RECONQUISTA

Este es el poema que me sobrevivirá.
El poema que alguien leerá por casualidad durante siglos pongamos una vez al año:
Mi haka sentimental de aborigen de España, la que se canta a gritos con el ceño fruncido.
Y dice así:
Oh, madre, tenías mala cara el ochenta por ciento del tiempo. Pretérito imperfecto.
Pero yo, el elegido, te veía sonreír a traición por las mañanas, con el café. Te veía reírte a carcajadas hasta encharcar el suelo azul.
No había motivo para ello; eso era lo mejor. Ocurría como el amanecer: porque sí.
Muchos decían que estabas loca. Eran los tiempos en que la mayoría siempre tenía razón. Así que lo estabas: loca.
No me importaba. Prendías fuego a las cosas con cierta frecuencia. Las cortinas de la cocina, los cojines del sofá, el felpudo.
Tu fama corría como la pólvora por todo el bloque, por todo el barrio. No te dejaban entrar en el Mercadona de Calixto III.
Mi fama corría como un galgo rabioso. Yo era el hijo de la loca en el colegio, en la carnicería, en la farmacia.
Mientras tanto España y yo crecíamos. A ella le salían las caderas, las tetas; a mí me salían pelos en los huevos. Estábamos condenados a gustarnos y odiarnos.
Era emocionante volver a casa del instituto. Era una aventura diaria, aprendí a verlo así. Nunca sabía qué sorpresa me aguardaba.
Te gustaba tirar cosas por la ventana. Tu secador, tus ceniceros, aquel pequeño televisor en blanco y negro. Dinero.
Un martes arrojaste por la ventana billetes y monedas por un importe equivalente al de dos de las mensualidades que nos pasaba mi misterioso padre desde el norte de Francia.
También leías y releías el Quijote. Aquella edición antigua de tu abuelo. 1928. Decías que era la única y verdadera Biblia. Me despertabas en plena noche para que escuchara a Cervantes.
Madre, la policía nos tuteaba, sabía todo sobre nosotros. Llamaban a la puerta acompañados de algún vecino. Echaban un vistazo y se largaban. Nos sentíamos La Resistencia. Éramos más listos que nadie.
Me puse a trabajar a los 18. Tardé cinco meses en reunir las cien mil pesetas de aquel Renault 5. Los domingos íbamos a la playa, al monte, cualquier espacio abierto. Te relajaba.
En tus temporadas de paz tu mirada parecía un embalse lleno hasta los topes. Me pedías perdón. Cocinabas canelones. Dormías de ocho a ocho. Hablabas de residencias.
Al final tu primo de Teruel logró mover los hilos que llevaba toda la vida diciendo intentar mover, y te consiguió una plaza temporal en un lugar llamado Los pinos.
Efectivamente los había: ni más ni menos que tres, tres pinos en la trasera del edificio, junto a unos columpios y una subestación eléctrica.
También había un zumbido perpetuo en el aire. Desde que lo escuché me imagino que tu cabeza debía de sonar así por dentro.
Poco después empezaste a adelgazar. Terminaste pesando 40 kilos, terminaste asombrosamente calva.
Ahora vivo a 700 kilómetros de tu tumba. De vez en cuando pienso y siento que te abandoné. De vez en cuando pienso y siento que me abandonaste tú.
Pero la verdad es que estoy ahí dentro contigo, tras el ladrillo de España. Soy la cesárea en tu vientre. Y tú el costurón en mi cerebro. Empate.

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EL EPISODIO PERDIDO DE LA MATERIA

Estimado Javier Rangel Gil, Javi,

Recuerdo la piedra con que te saqué un ojo en 1988, jugando.

Pienso en ella en los momentos más extraños, de repente.

Pienso en ella mientras me pruebo unos vaqueros en el Springfield.

Pienso en ella mientras me compro lo Esencial de Ginsberg.

Pienso en ella mientras caen las Torres Gemelas.

Pienso en esa piedra en los momentos más comunes, igual que respiro.

Pienso en ella mientras hablo con Vodafone para darme de baja.

Pienso en ella mientras veo la predicción del tiempo.

Pienso en ella mientras me lavo la cabeza.

Tío, pienso en esa piedra a todas horas, en todas partes. Sueño con ella.

Javi: soy esa piedra.

Llevo treinta años siendo esa piedra.

Recuerdo cuando la cogí de entre el polvo del descampado; era pequeña, del tamaño de un guisante.

Recuerdo cuando la cargué en el tirachinas.

Recuerdo aquel cuello de botella, aquel globo, un globo rojo; conservo la tensión de su pellizco entre mi pulgar y mi índice.

Recuerdo cuando apunté hacia ti. La atención con que lo hice, la premeditación.

Luego dije que no, claro.

Dije que estábamos jugando, y era cierto.

Pero también era y es cierto que disparé a dar. A dar donde más doliera.

Me gustaría ofrecerte un porqué. He intentado explicármelo doce mil veces.

Pero no hay porqué, tan solo hay qué: disparé y te vacié el ojo.

Al principio pensé que estabas de broma. No podía creérmelo. Al principio, solo al principio.

En fin.

A veces miro tu facebook, tus fotos.

Me gusta que sonrías en las gradas del Coliseo.

Me gusta que tengas dos hijas y una moto de agua.

Me gusta que mires con determinación a la cámara.

Javi, tío, no sabes las horas que paso contemplando tu ojo de cristal, tan discreto, tan verosímil.

En cierto sentido es mi mejor poema.

¿Te das cuenta, Javi? Tu ojo de cristal te sobrevivirá cuando mueras.

Javi, en tu ataúd, con el tiempo, solo quedará esa esfera preciosa.

Y entre mis cenizas, te lo prometo, encontrarán una piedra.

Tu viejo amigo,

Iván Rojo.

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TUYO, BILL

Me dijo que sus poemas eran como sus hijos.

Dio un trago a su cerveza y añadió:

De hecho, mis poemas son mis hijos.

Había orgullo en sus palabras. Supe que hablaba en serio.

Me quedé unos segundos callado al otro lado de la mesa,
asintiendo y pensando en un documental que había visto hacía poco,
sobre Chernobyl.

Esa misma tarde yo había eliminado catorce de los míos.

Catorce poemas borrados de la faz de la tierra.

Por un instante
me visualicé degollando a catorce niños en lo alto de un monte.

Me pareció una imagen demasiado grandilocuente para un martes.

Miré el reloj. Ya eran las diez.

Solo quería volver a casa y ver la tele hasta las tantas.

Hacer acopio de munición.

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CONDUCIENDO

El bróker cayendo de cabeza desde la torre norte de las gemelas.
Paul Gascoigne embutido en una camiseta de tirantes con lamparones.
Poli Díaz, sin más.
Roberto Bolaño dos días antes de morir, pensando que le apetece comer fresas.
Mi padre con el fémur hecho trizas viendo el europeo sub-17.
John Cazale peinándose la cabeza a lo Poe para acudir a su primer casting.
Mi hermana enganchada a los tranquilizantes, amando la vida.
Lovecraft enamorado, salidísimo, virgen.
Todos lo que en la oficina sueñan con ser Charles Bukowski.
El augurio del cadáver de la última esperanza blanca.
Así los poemas, todos los poemas, uno tras otro.
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EL OTRO LADO DE UN PURASANGRE ESTUPENDO

Una madre rusa con tigres en el pelo
que vaya a clases nocturnas de inglés y de informática,
que tararee nanas asiáticas y a los Beatles,
que sepa por sus rodillas el tiempo de mañana,
una madre rusa con una vida laboral intensa,
taxista, carnicera, vendedora de biblias, modista,
una madre rusa con salud de acero y tres crímenes a sus espaldas,
una madre rusa que se quedó preñada en la estación de autobuses,
una madre rusa más fuerte que el Lokomotive de los setenta,
una madre rusa a quien mentir por Skype desde Barcelona,
desde Detroit, desde Caracas, “Todo bien, madre, ¿y tú?”.
Una madre rusa que siempre tenga vodka helado y dos vasos a mano,
y un concepto del amor cruel, sanguinario. ¿Hay algo mejor?

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