364 DÍAS MAÑANA, TARDE Y NOCHE FRENANDO EL SONIDO DE LA EXISTENCIA

Un citroen AX, gris. Ese era el coche de Ramiro. Ese era nuestro coche, de hecho, el coche de todo el grupo, porque ninguno de los demás tenía uno a los dieciocho. Ramiro lo había tenido fácil: una especie de herencia: dos años antes su hermano se había suicidado sentado al volante de ese mismo AX. En algún lugar entre los arrozales. A diez minutos de casa. A pleno sol. Cuando Ramiro hablaba del asunto siempre incidía en ese detalle: a pleno sol. Y yo me imaginaba a su hermano muy quieto, muy sereno y muy muerto en el asiento del conductor. Iluminado sin contemplaciones por la luz del día. Como una fotografía sobreexpuesta. Un mal recuerdo. Quemado. Inservible. El caso es que por alguna razón sus padres decidieron conservar el coche. Supongo que tiene que ser jodido mandar al desguace el último lugar en el que ha estado tu hijo. Supongo que tiene que ser tan jodido o más tener el coche de tu hijo muerto aparcado enfrente de casa, echarle gasolina, darle de vez en cuando una vuelta para que no se quede sin batería. Verlo todos los días, en definitiva. Lo que no supongo, porque lo sé, es que el aquel citroen acabó siendo el coche de Ramiro, el coche del grupo. Los fines de semana nos apretujábamos en su interior y nos íbamos de fiesta. Ramiro no permitía que nadie se sentara al volante. Daba igual lo colocado que estuviera; solo él podía conducirlo. Y lo hacía a toda hostia. Con furia y el carné de conducir de su hermano en la visera, siempre bajada. La foto de su hermano ahí, delante de su cara, mirándole a los ojos. Retándole. Yo estaba absolutamente convencido de que nos mataríamos en aquel coche. De que al día siguiente saldríamos en el telediario. Y no me importaba gran cosa porque me lo pasaba bien a bordo de aquel AX siniestro. Me lo pasaba mejor que en cualquier otra parte del mundo. Pero no nos matamos. Lo más que nos pasó fue que un amanecer nos quedamos tirados en la avenida de Catalunya, a diez minutos de casa. A Ramiro le cambió la cara. Se le llenó de terror, lo vi. Intentó arrancar el coche desesperadamente. Le dio decenas de veces al contacto, como un loco. Bajad a empujar, cabrones, nos gritó. Y lo hicimos. Con todas nuestras fuerzas empujamos el citroen cien metros y luego otros tantos a través de la brisa luminosa de la mañana. Pero no arrancó. Al final conseguimos aparcarlo de mala manera en una especie de descampado. Ramiro tardó media hora en bajarse del coche. Cuando lo hizo parecía muy cansado. Tenía la mirada de esos veteranos de guerra que nunca he visto. Parecía capaz de la salvajada más alucinante. Pero solo respiró hondo y dijo: Vamos a tomar una birra. Así que echamos a andar hacia la avenida. Al cabo de unos metros Ramiro se dio la vuelta y volvió al coche. Abrió la puerta. Cogió el carné de su hermano. Lo miró unos segundos a la luz única de Valencia. Y se lo guardó en el bolsillo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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