LA CHICA DE LA GASOLINERA Y BRITISH PETROLEUM

Hola.

Deja el boli y la libreta
sobre el mostrador,
y contesta:

Hola.

10 de diésel,
ahí, en el ibiza blanco.

Teclea en la caja
registradora.

De pronto me apetece
comer algo.

Y una bolsa de doritos.

Se vuelve para cogerla
de la estantería.

El tiempo justo
para permitirme echar
un vistazo a la hoja:

los primeros versos
de un poema que promete
llegar a ser realmente malo.

Sin embargo, aquí y ahora,
me parece una obra maestra.

Lo mejor que he leído
en tiempos.

Lo que quiero decir
es que es casi medianoche,
hace frío ahí afuera y
la chica no tendrá ni
20 años.

Intentarlo,
el solo hecho de intentarlo,
es un éxito
más deslumbrante que la

ex            plo             sión

si         mul         tá         ne          a

de    to   dos     los      de   pó   si   tos

de       Bri    tish      Pe    tro    leum

de         la         Tie        rra.

Y, no sé,
a lo mejor debería decírselo.

Pero en el fondo creo
que eso es algo que
cada cual ha de aprender
por su cuenta.

Y, la verdad:

yo todavía estoy en ello.

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CABEZAS HUECAS

Me acuerdo de mí por aquel entonces: Mickey Mouse de martes a domingo durante 6 horas.
Me recuerdo, sí, abrazando a niños y niñas medio cegado por los flashes, madres turgentes, ancianas de pelo violeta, no sé, veteranos de guerra, familias perfectas al completo posando a mi lado al pie del castillo de los cuentos de hadas.
Me suponía en el móvil de miles y miles de personas, yendo en sus bolsillos a todas partes. Me imaginaba en la carpeta Imágenes de todos los ordenadores de La Tierra. Me sabía en fotos enmarcadas sobre cómodas o colgadas de las paredes de casas de todo el mundo.
Me visualizaba intruso nocturno en cuartos infantiles de Ginebra, de Tokio, de Washington, de El Cairo, callado y atento, escuchando la serena respiración de los sueños del futuro.
Me recuerdo, sí, sonriendo monstruosamente dentro del disfraz sonriente.
Me recuerdo, hombre-rata durante todo el año 2014.
Y cómo todos nos quitábamos la máscara durante los 15 minutos de descanso para comer y beber algo. Goofy, Bestia, mi preciosa novia Minnie , etcétera. Sus descomunales cabezas huecas ahí, cercenadas sobre la mesa, todavía calientes entre cocacolas heladas y ensaladas de canónigos, manchadas de salsa barbacoa.
Me recuerdo muy bien, un mesías de peluche sin lengua (ni una palabra, no lo olvidéis, nos decía aquel gordo hijoputa, está terminantemente prohibido hablar) respirando la maría y el sudor de fieltro del tipo del turno anterior.
¿Qué queda de aquello? ¿Sirvió para algo ser como Dios, ser Dios, compartir altares de Ikea con Justin Bieber, Barbie y transformers a lo largo y ancho de los cinco continentes? Estar en todas partes y que nadie me viera. Conocer de primera mano la mugre de los váteres de Disneylandia y sacar así unos euros extra. Conocer la trastienda, la “traspiel”. Saberlo todo, ¿sirvió para algo? En días como hoy me esfuerzo en pensar que quizá para escribir un poco mejor. Pero lo cierto es que creo que no, que ni para eso. Digan lo que digan, el infierno no es el camino. Nunca.

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EL REGALO

Se levantó de la cama. Ella lo notó.
–¿Dónde vas?
–No puedo dormir.
–¿Estoy roncando?
–No –le mintió–. No tengo sueño, eso es todo.
–¿Qué hora es?
–Casi las dos.
–Vuelve a la cama.
–No, voy a ver la tele un rato.
–¿Estás bien?
Por toda respuesta se inclinó sobre su mujer. Quería darle un beso, un beso en los labios, pero no veía nada. Acabó besándole, le pareció, la punta de la nariz. Qué más daba. Le dijo:
–Duérmete.
Antes de salir del dormitorio los ronquidos de Elena volvían a romper la oscuridad.

Se había hecho la maleta. Una pequeña bolsa de viaje, en realidad, que había escondido en el armario del recibidor. Se quitó el pijama allí mismo, sin encender la luz. Se sobresaltó un poco, más por aprensión que por miedo, al ver su desnudez en el espejo de la parte interior de la portezuela: aquella silueta demacrada de color azul pálido al resplandor del alumbrado callejero que entraba exánime por la ventana de la cocina. Cada vez estoy más flaco, pensó, parezco un cadáver en calzoncillos. Era verdad; había perdido doce kilos en poco más de tres meses. También había perdido todo el pelo. Se pasó la mano por la cabeza. Aquel gesto se había convertido en una especie de tic. Cuando pensaba en su enfermedad, lo cual ocurría bastante a menudo, lógicamente, no podía evitar acariciarse el cráneo e intentar imaginar la forma, el color y el tamaño de lo que le estaba devorando el cerebro. En la imagen del tac no era más que un borrón, una mancha amorfa, algo así como una ameba evanescente e hiperdesarrollada. Le gustaría tanto poder mirar cara a cara a su tumor, ponerle rostro a su enemigo, al verdugo que iba a mandarlo a la tumba antes de cumplir los cuarenta. Sí, le causaba una curiosidad morbosa tener dentro esa bomba de relojería, tan cerca y a la vez tan condenadamente lejos (inoperable, les había informado el médico; seis meses, dos años, era difícil saberlo). Pasarse la mano por la cabeza era lo más parecido a encarar su destino que tenía posibilidad de hacer. Una manera de decir: sé dónde vives, cabronazo, sé lo que te propones, ven a por mí si tienes cojones. Pero además, sencillamente, le gustaba hacerlo. Era tan agradable al tacto, la piel de su cabeza. Era tan tersa. De una suavidad increíble. Más suave que el culito de un bebé, se sorprendió pensando, y por alguna razón recordó esa frase en boca de su madre, durante su infancia. De pronto sé sintió indefenso, como un niño pequeño. Estaba jodido, y la echaba de menos, la echaba muchísimo de menos. Incluso se le escapó un sollozo, que sonó como un golpe de tos y quiso reprimir demasiado tarde llevándose las manos abiertas a la boca, en un movimiento infantil que intensificó su sensación de desvalimiento. Pero, bueno, se dijo, ya estaba bien, no era el momento para eso. Era hora de sacudirse de encima la pena. Además, tenía un plan. Y pensaba llevarlo adelante hasta el final. No estaba todo perdido. No se rendiría sin pelear. Se secó los ojos con los pulpejos de las manos, sacó unos pantalones y un jersey de la bolsa y empezó a vestirse. Con toda la fe de la que era capaz, se dijo: seguramente ellos sabrán qué hacer conmigo; me ayudarán; seguro; tienen una tecnología apabullante; sí, seguro que sí. Sacó un papelito del bolsillo del pantalón y, como si se tratara de un objeto frágil y valiosísimo, lo posó con suma delicadeza sobre el mueble zapatero. Luego cerró la cremallera de la bolsa muy despacio para no hacer ruido, se la echó al hombro y, con más cuidado todavía, abrió la puerta de la casa, salió y la cerró a su espalda.

Era una noche fría, demasiado fría para ser primavera. Una noche tan gélida que se preguntó si no sería cosa suya. Salió de dudas cuando vio los triángulos de escarcha que crecían desde las esquinas del parabrisas del coche. Dejó la bolsa en el asiento del acompañante y estuvo un rato sentado al volante con el motor al ralentí y la calefacción puesta. A Elena no le iba a gustar aquello, rumiaba mientras observaba cómo el hielo se deshacía en el cristal. No le iba a gustar nada. Pero, por otro lado, creía que lo comprendería. Y esperaba y deseaba que así fuera. Cuando despertara y leyera la nota se pondría triste y furiosa, y no necesariamente por ese orden. Pero pronto acabaría por entender su decisión. Ella le quería. Habían tenido problemas últimamente, y desde luego oír de labios del doctor aquella condena a muerte no había contribuido a que las cosas mejoraran, pero se querían. Y estaba convencido de que marcharse era lo mejor que podía hacer por los dos. Era, de hecho, lo único que podía hacer. Su última bala. El cangrejo le pinzó entonces por ahí dentro, como dos dedos por encima de la oreja derecha y un poco hacia atrás. Dolía mucho cuando al hijoputa le daba por entretenerse con los nervios de esa parte de su cabeza. Dolía horrores, por no hablar de los espasmos faciales que le producía. En un par de ocasiones se había mordido la lengua hasta hacerla sangrar. Por suerte esta vez no fue de las peores: un ataque nivel 5 sobre 10 según la escala que él y su mujer habían acordado para que ella pudiera hacerse una idea de la gravedad de la situación puntual, ir a buscarle el calmante apropiado, llamar a una ambulancia. Y además, que es al fin y al cabo lo que cuenta en términos de sufrimiento, a los pocos segundos el dolor se había ido tan abruptamente como había llegado, sin dejar otra secuela que la visión un tanto borrosa en el ojo izquierdo. Nada nuevo, en todo caso. Así que se puso el cinturón de seguridad, metió primera y empezó a rodar por las calles del pueblo. Pilló en rojo uno de sus tres semáforos, y se detuvo, lo cual le hizo preguntarse qué pasaría si se lo saltara. Qué pasaría si se quitara el cinturón y topara con un control de carretera. Qué pasaría si le diera por beberse un litro de güisqui y se pusiera a hacer derrapes en la plaza mayor, justo en la puerta de la iglesia, mientras se cagaba en Dios por la putada que le había hecho. Los municipales y los guardia civiles de toda la comarca le conocían tan bien como a cualquier otro vecino, es decir: de toda la vida y perfectamente. Sabían que se estaba muriendo. Muchos de ellos irían a su entierro. O a su incineración, todavía no había decidido qué prefería. No se atreverían a multarle. No. Se mostrarían condescendientes, pacientes, comprensivos con él. No, más aún: piadosos, esa era la palabra. Podía, por tanto, hacer muchas cosas prohibidas al resto de la gente. Ser un desahuciado tiene sus ventajas, oh, sí, se dijo, ser un muerto viviente tiene sus privilegios, el mundo te concede ciertos caprichos. Lo que pasa, claro, es que cuando tienes los días contados no te apetece malgastarlos haciendo el capullo por ahí. Es mejor aprovecharlos con cabeza, de manera productiva. Marcarse un objetivo e invertir tus últimas fuerzas en alcanzarlo. Por eso, cuando el disco se puso en verde, reemprendió la marcha suavemente y recorrió la calle principal del pueblo respetando en todo momento el límite de velocidad. Además la neblina que se había instalado en su ojo izquierdo no terminaba de disiparse. Con su pensamiento, a veces, pasaba lo mismo.

El asunto había estado muy de moda allá por Semana Santa de 2017. Las luces llevaban meses surcando los cielos nocturnos de la zona. Él nunca se las había encontrado pero personas muy variadas y tan de fiar como cualquiera aseguraban haberlas visto. Se habían producido avistamientos en todos los pueblos del valle. Los diversos testimonios presentaban tanta información coincidente que solo cabían dos explicaciones: o se trataba de una confabulación vecinal de lo más heterogénea (niños, trabajadores del campo, el párroco de una aldea cercana, agentes de la ley) quién sabía con qué absurdo fin, o aquella gente decía la verdad. Si no recordaba mal, la cosa había saltado a los medios al producirse las desapariciones de un caballo, un par de vacas y unas cuantas cabras. Se habían desvanecido sin dejar rastro. Ni pisadas, ni huellas de vehículos, nadie había visto nada extraño. Los animales, simple y llanamente, se habían esfumado. Estaban ahí al anochecer y a la mañana siguiente, nada. Pero había más todavía: poco después algunos trigales empezaron a amanecer marcados con unos dibujos extraños. Las espigas, tumbadas y apelmazadas en senderos de dos metros exactos de anchura, trazaban figuras geométricas de diversa complejidad de decenas de metros de longitud o diámetro, que algunos aseguraban eran las señales que los motores de los platillos volantes dejaban cuando estos aterrizabqn. Hubo fotografías a vista de pájaro de estos campos en medios de difusión nacional. En una de ellas, publicada en El País, lo recordaba perfectamente, salían él y Elena recorriendo la curva superior de una b mayúscula descomunal. Deberíamos haberla recortado, pensó, era una bonita foto. Quizá lo habían hecho, no estaba seguro, ese era otro de los problemas que le causaba el cangrejo. Bueno. El no va más fue cuando un equipo de Cuarto Milenio se personó en el pueblo con la intención de investigar. Elaboraron y emitieron dos semanas más tarde un amplio reportaje. Iker Jiménez le narró a la audiencia los sucesos durante veinticinco minutos nada menos; no se hablaba tanto de la comarca desde los fusilamientos del cementerio durante la guerra. Pero de todo eso hacía ya casi un año, y la noticia había dejado de serlo.

Sin embargo, cuando en el hospital le dijeron al hombre que su vida había acabado, algo hizo clic en su cabeza. Durante las semanas siguientes, a escondidas de su mujer, dedicó buena parte de cada noche a recopilar cuanta información existía sobre el caso. Y estaba seguro de haber descifrado el patrón espacio-temporal de los aterrizajes ovni en la zona. Esa madrugada, no tenía la menor duda, una nave espacial se posaría en los campos de trigo de Carmina Gutiérrez, cuatro kilómetros al norte del pueblo. Y él estaría allí, esperando a los extraterrestres. Les contaría su historia. Se lo contaría todo, desde cuántas veces había visto E.T., su película favorita, hasta que ellos, fueran quienes fueran, vinieran de donde vinieran, eran su última esperanza. Les pediría que le sacaran aquella mierda de la cabeza. Les suplicaría que le curaran. Les diría que, por favor, su hija iba a necesitar un padre, que tenía derecho a un padre. Les diría que le gustaría tanto verla crecer sana y feliz. Sería un buen padre para ella, el mejor, lo sabía. Nacería dentro de cuatro meses. Iba a llamarse Paula. Todo eso les diría, y cualquier otra cosa que se le ocurriera. Y ellos le escucharían con atención y tras debatirlo brevemente le sonreirían y le invitarían a subir a la nave. Una vez dentro le conducirían a un quirófano ultramoderno y antes de que pudiera darse cuenta, sin mediar bisturíes, sin sangre, le habrían curado. Luego, quizá, le revelaran algún misterio cósmico mientras le daban una vuelta por el sistema solar, algo que pudiera hacer avanzar a la Humanidad, si hay agua en Europa, el modo de terraformar Marte. Sí, ¿por qué no? Tal vez, incluso, decidieran enseñarle el lugar del que venían. Estaba preparado para todo. Tenía dos mudas en la bolsa.

La noche era clara. Una suave brisa limpiaba el aire. No había luna, pero las estrellas brillaban más que nunca que pudiera recordar. Aquel remoto esplendor azul eléctrico vibrando ahí arriba, silencioso e inmenso. Ante sus ojos el asfalto serpenteaba plateado de frío. Y el trigo cimbreaba a ambos lados de la carretera. Imaginó miles de esbeltas bailarinas hawaianas que le daban la bienvenida a un nuevo mundo. Bajó la ventanilla. Quería respirar todo aquello, apresar el paisaje y el momento en su interior.

Unos cientos de metros antes de llegar a su destino apagó las luces. Inclinado sobre el volante, despacio, a 30 km/h., contempló la Vía Láctea. Cómo resplandecía. Si hasta hace un instante las estrellas brillaban ahora, sobre la oscuridad terrestre, se habían multiplicado por mil y eran absolutamente deslumbrantes. Muchas de ellas parpadeaban, era como si le hicieran guiños amables, bondadosos, sabios. Tuvo la certeza de que sí, iba a conseguirlo. Todo iba a salir bien. Sacó el coche a la cuneta y condujo por el polvo hasta detenerse al pie de una higuera. Apagó el motor, cogió la bolsa del asiento de al lado y salió a la intemperie. El frío le abrazó de inmediato. Le apeteció fumarse un cigarrillo. Por supuesto el médico le había dicho que debía dejar el tabaco, pero lo había hecho sin demasiado énfasis. A fin de cuentas no era eso lo que iba a matarlo. Encontró un paquete de Fortuna blando arrugado en la guantera. Había un cigarrillo aplastado y torcido en su interior. Lo enderezó y se lo encendió apoyado en el capó, disfrutando del calor del motor mientras escrutaba el cielo en busca de luces extrañas. Nada fuera de lo normal se movía ahí arriba. Las estrellas giraban lentamente, y las luces rojas y blancas de un avión pasaron calladamente y se perdieron al norte. Apuró el cigarrillo y consultó su reloj: las dos y treinta y cinco. No había de qué preocuparse; con contadas excepciones los avistamientos tenían lugar entre las tres y las cuatro de la madrugada.

Al cabo de unos minutos avanzaba a través del trigal de la señora Gutiérrez. Las espigas estaban frías como agujas, le pinchaban en el dorso de las manos. El viento mecía el cereal, que emitía ruidos prolongados parecidos al retorcerse de una cuerda. Según sus cálculos los visitantes tomarían tierra cuatrocientos metros campo adentro, ligeramente hacia el este. Había tomado la higuera como referencia. De vez en cuando se giraba a mirarla para comprobar si estaba caminando en línea recta y en la dirección correcta. Había recorrido más o menos la mitad de la distancia cuando le sorprendió un sonido extraño. Un ruido imprevisto y fuera de lugar. Algo con lo que no contaba y que hizo que se detuviera en seco y se agachara entre el trigo. No podía ser, se dijo. Pero enseguida volvió a oírlo. No había duda: se trataba de una risa. Aguzó el oído. No. Eran dos risas. Había dos personas en algún punto del trigal, cerca, muy cerca, murmurando y descojonándose. Tras unos momentos de desconcierto empezó a avanzar en cuclillas hacia las carcajadas. Unos metros más adelante dio con una franja de espigas aplastadas. La atravesó rápidamente, mientras su cerebro se esforzaba por atar cabos. ¿Había llegado tarde? ¿Los extraterrestres ya  se habían ido de regreso al espacio? Continuó su sigiloso avance por el cereal y entonces, a través de una danzarina cortina de espigas, los vio. Agachados en el centro de un círculo perfecto de trigo aplanado, frente a frente, estaban los gemelos Mazo. Unos metros más allá, observó, había un enorme rodillo de madera. Los hermanos parecían estar manipulando un artefacto que reposaba en el suelo entre ellos, una especie de aeronave, un helicóptero, pequeño y negro. Se temió lo peor, y acertó. Desde su escondite vio cómo los gemelos se alejaban unos pasos de aquel trasto oscuro. Cómo se reían, los hijos de puta. Uno de ellos sostenía un voluminoso mando a distancia. Accionó una palanca y al instante el aparato empezó a zumbar, sus cuatro, cinco, no, seis hélices girando perfectamente acompasadas. De pronto un montón de luces se encendieron por todas partes en el chasis. Daban vueltas a toda velocidad, azules, verdes, rojas, amarillas. Parecían las luces de una pequeña bola de discoteca. Dios, porque eso precisamente eran. Brillaron hermosas cuando el trasto empezó a ganar altura. El misterio estaba resuelto. Un rodillo, un dron y el sistema de luces de la discomóvil del pueblo, eso era todo cuanto aquel par de cabrones habían necesitado para fabricar el ovni que iba a salvarle la vida. Se recostó en la tierra usando la bolsa a modo de almohada. Las puntas de las espigas enmarcaban un retal de cielo plagado de estrellas. De vez en cuando el dron lo atravesaba centelleando multicolor. Se quedó allí quieto y callado contemplando el espectáculo hasta que los putos gemelos se cansaron de su juego, recogieron sus cosas y se largaron. Todavía permaneció un buen rato tumbado en el trigal, sintiendo cómo el frío se le metía dentro, los ojos fijos en la serenidad galáctica, oyendo su imponente silencio. Estar muerto debe de parecerse bastante a esto, pensó. Ojalá, añadió en voz alta.

Al volver a casa cogió la nota que había dejado sobre el mueble, se la guardó en el bolsillo y se dirigió directamente al dormitorio. Elena seguía durmiendo. Roncaba. Era precioso oírla, era precioso adivinarla en la penumbra de la estancia. Era maravilloso sentir que estaba allí. Ni siquiera se quitó la ropa. Rebozado de hierba y agujas se acostó junto a su mujer. Ella, de nuevo, percibió sus movimientos. Y habló:
–Huele raro. Como a tierra.
Él no dijo nada.
–¿Estás bien? –preguntó la mujer.
–No. Pero no pasa nada. ¿Y tú?
–Más o menos igual.
El hombre le posó la mano sobre el vientre.
–Estaréis bien –dijo–. Estaréis de maravilla. Tranquila.
–¿De verdad lo crees?
–Por supuesto. Eso también me lo regalarás. Como todo lo demás.

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EL PRONÓSTICO

El chino está montando la terraza.
Después de las mesas y las sillas
empieza a sacar una a una
las bases de cemento de las sombrillas.
El cielo no pinta bien.
Y en la radio he oído: fuertes lluvias.
Se lo digo.
Deja el pedrusco en el suelo
y levanta la vista hacia las nubes.
Me contesta que no,
que aquí siempre nos equivocamos.
Y tiene razón.

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PAJARITOS FRITOS

Y no sé por qué de repente me acuerdo de aquel bar de mala muerte en el centro. Estuve allí en dos ocasiones, ambas con mi padre. La primera un domingo por la mañana, cuando tenía nueve años. ¿Te apetece probar algo rico?, me preguntó. El bar estaba en una callejuela oscura por la que prácticamente no pasaba nadie. Era un semisótano; había que descender unos cuantos escalones hasta un descansillo y traspasar una cortinilla de macarrones rojos y amarillos para acceder al local propiamente dicho. Dentro el aire era caliente, denso; un humo blanquecino enturbiaba la luz de dos fluorescentes; no había mesas ni sillas, tan solo cuatro o cinco taburetes de madera a lo largo de una barra breve cuyo murete estaba revestido de azulejos amarillos con el dibujo de lo que parecía un canario sonriente repetido una y otra vez. La especialidad de la casa eran los pajaritos fritos. Los servían en una pequeña bandeja ovalada de aluminio desgastado formando un montoncito. Eran diminutos, los pájaros. Aún más sin cabeza ni patas; parecían pollos asados en miniatura, casi juguetes hiperrealistas. Pero eran de verdad, no había duda, porque brillaban empapados de aceite dorado, y todavía era posible oír el crepitar de la piel de alguno de ellos. Y además y sobre todo olían bien, olían demasiado bien para no ser reales. Aquel cuchitril entero olía de maravilla, un aroma suculento que abría el apetito. En cuanto cogí uno por el ala, sin embargo, supe que no iba a comérmelo. Ni siquiera era capaz de imaginarme haciéndolo. La sola idea de morder aquella pobre criatura me producía un espanto como nunca antes había sentido. Lo dejé en la bandeja. Mi padre me preguntó si ni siquiera pensaba probarlo. En realidad no fue una pregunta sino más bien una afirmación impregnada de condescendencia; había cierta resignación divertida en sus palabras, la constatación de una decepción prevista y asumible. Yo no dije nada. Me quedé allí de pie, mirando a un gato negro y gordo que dormitaba en un rincón y tratando de limpiarme la grasa de los dedos. Mientras, mi padre y un par de clientes comentaban que cuando me hiciera mayor, seguro, me encantarían los pajaritos fritos. Estaba confuso: no entendía por qué se mostraban tan convencidos. Y me aturdía también la envidia, como una marea lenta y triste: me sentía desplazado; por culpa de unos pajaritos me sentía lejos de mi padre, más de lo habitual, incluso. Tenía celos de la comunicación que había establecido tan sencillamente con aquellos hombres. Uno de ellos estaba desfigurado: tenía la cara pequeña y torcida, como si le faltaba un trozo de la mandíbula inferior, y probablemente así fuera. Del otro no recuerdo nada. Tampoco recuerdo cuántas servilletas llegué a usar intentando borrar aquel brillo pringoso de mis yemas… No había manera. Mi padre les tendió la bandeja y aceptaron gustosos la invitación. Podía oír el ruido de los frágiles huesos entre sus dientes. Sonaban como ramas secas. Y si por error los masticaban, como gravilla. Ruido de cosas muertas a mi alrededor mientras apuraba mi Mirinda de naranja. Arrojaban los restos a un cubo de plástico que había a sus pies. Acabaron con los pájaros en un par de minutos. El hombre sin cara, no obstante, reservó un ala para el gato. Se agachó y lo llamó, y el animal acudió sin prisa, casi desganado, como se ataca a una presa que no va a escapar, a un pájaro con las alas rotas. Olfateó brevemente el regalo, y se lo comió. Casi dos décadas después de aquella mañana, y por pura casualidad, mi padre y yo acabamos de nuevo en aquel bar. Esta vez sí, probé los pajaritos fritos. Me los comí todos, de hecho; él no tenía hambre, su enfermedad estaba ya muy avanzada. Te han gustado, ¿eh?, me dijo. Me sonreía como un niño. Así que le mentí. Diez días más tarde murió.

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QUÉ BIEN, QUÉ SUERTE

El conductor del coche fúnebre,
apoyado en el capó encerado,
se fuma un Lucky en el parquin
del centro comercial mientras
habla por el móvil con Vodafone.

Algún problema con la factura.

Me voy a cagar en tus muertos,
grita, pásame con un superior.

Qué bien he hecho decidiendo
salir de la cama esta mañana.

Qué suerte no haberme perdido
este espectáculo sin parangón.

La vida, en todo su esplendor.

Y no va con sarcasmo. Lo juro.

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EL SAPO (CHARLES SIMIC)

Durante un tiempo mis amigos
no me verán en la ciudad.
No iremos por las calles
bien entrada la noche
llamándonos a gritos, señalando
tal o cual vista espléndida
o aterradora, tanto
que cómo darle nombre a la carrera.

Paso unos días en el campo.
Me pongo en pie temprano,
oigo los pájaros
que saludan el día
y cuando callan
oigo las hojas en el viento;
abundan aquí tanto
como allá en tu ciudad las multitudes.

Dios nunca hizo un día tan hermoso,
me dijo una vecina.
Luego se fue y yo me senté a la sombra
y me quedé rumiando aquello.
Un sapo salió entonces de la hierba
y, viendo que era inofensivo,
saltó sobre mi pie rumbo al estanque.

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