HOGUERA

No señales.

No hurgues en la herida.
No hagas leña del árbol caído.
Lo enseñan en la escuela,
te lo repiten desde la cuna hasta
la tumba.
Pero
¿qué hay de quien nace para olfatear
la sangre?
Para acercarse
como un animal atraído por
la luz
a la hoguera
donde el hombre se retuerce en llamas.
Para marcar el lugar
y escarbar en las cenizas
bajo una luna indiferente
a nuestras vidas,
en busca de supervivientes.
¿Qué hay de ese?

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URNA

Una vez anduve
diez kilómetros
campo a través
con una
bolsa de doritos
que se me habían
antojado
en una mano
y una urna
funeraria
bajo el otro brazo.

Un rato antes
la había
encontrado
-estoy hablando
de la urna-
en el suelo
del aseo
de la gasolinera
de la salida
44.

Serían las once
de la noche.

Las cenizas
de su interior
eran blancas,
muy blancas,
luminosas.

Parecían
querer elevarse
hacia los fluorescentes.

Lo que estoy
tratando de decir,
creo,
es que si unas cenizas
pudieran cantar
aquellas
habrían cantado
como los ángeles,
y no me preguntéis
por qué estoy
seguro de ello.

Total:

tuve que llevármela.

Me resultaba
extraño
y muy inmoral
o como poco
descortés
abandonarla allí,
entre los orines
de cientos
de conductores.

Y me parecía
una locura
dejarla bajo
la custodia
de Fabián,
el colgado
del mostrador.

Además,
también es cierto,
no me apetecía
una mierda
volver a casa,
y mucho menos
solo.

Así que
lavé la urna
en el lavabo
con jabón de manos
y,
como he dicho,
me largué de allí
con ella.

Primero
pensé en
llevármela a casa,
pero me pareció
arriesgado
caminar veinte minutos
por el arcén
portando
los restos fúnebres
de un desconocido.

De modo que
me adentré en el
sotobosque
que se extendía
desde la parte
de atrás
de la gasolinera y,
simplemente,
eché a andar
sin rumbo.

Eso seguí haciendo
durante unos
minutos.

Luego vi cómo
a lo lejos,
sobre un risco,
parpadeaban
las luces
blancas y rojas
de una antena
de telefonía.

Decidí
que era un destino
tan bueno
como cualquier otro
para mi paseo.

Enfilé hacia allí.

Joder,
aquel trasto
estaba más lejos
de lo que había
supuesto.

Tuve que atravesar
un pequeño valle
por el que
discurría
un riachuelo.

Después el terreno
por fin
empezó a inclinarse.

Las luces
centelleaban
sobre mí cabeza
en lo alto
de un montículo
pedregoso.

Por suerte
un sendero
zigzagueaba
a lo largo
de la ladera.

Media hora
más tarde
me encontraba
al pie de la antena.

Estaba en
una diminuta
explanada
polvorienta.

Unos cuantos pinos
se alzaban
desde el mismo borde
del precipicio.

Sus raíces
sobresalían
de la pared
de la montaña
como dedos nudosos
y retorcidos
que se aferraran
desesperadamente
a la tierra.

Me senté allí,
los pies colgando
en el abismo.

Y mientras
me comía los doritos
hablé un rato
con quienquiera
que ocupara
la urna.

Se le daba bien
conversar.

Escuchaba
con educación
y no decía
gilipolleces.

En cierto momento
vimos dos conejos
corretear
ahí abajo.

Eran de un azul
espectral
a la luz de las estrellas.

Uno perseguía al otro.

Le dio alcance.

Y copularon
en la noche
durante cuatro
segundos.

Me pareció
un certero resumen
de la vida.

Después,
en un impulso,
le conté
a la urna
lo del accidente.

Lo del atropello.

No se lo había
dicho a nadie.

Guardó silencio,
pero me dio
la impresión
de que las cenizas
se revolvían
incómodas
en su recipiente.

Quién no
lo habría hecho.

Al cabo
de un rato
me despedí
de la urna.

La dejé allí,
bajo los árboles.

Volví a casa
sintiéndome
ligeramente
mejor.

Y llamé a la policía.

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ACARICIAR MONTREAL

Abro los ojos y la intensidad de la luz que entra por la ventana no deja lugar a dudas: mierda, he vuelto a quedarme dormido. Quería aprovechar la mañana. Buscar ofertas de trabajo en Internet, incluso salir a patear la ciudad y entregar algunos currículums en mano, como en los viejos tiempos. Vamos, empezar a poner un poco de orden en la medida de lo posible, a retomar las riendas de mi vida. Nuestra vida. Poder irme a la cama con la tranquilizadora sensación de estar INTENTÁNDOLO. ¿Sabéis a qué me refiero? Pero, bueno: otro día será. Mañana. Mañana sin falta.

Tengo excusa, eso sí. Por una parte, es sábado. Pero además y sobre todo anoche Eva sufrió otro de sus episodios. Así es como los llama el especialista. Se pasó toda la noche levitando en su cuarto. Todavía no está acostumbrada. Me preocupaba que se enredara con el cable de la lámpara -no hace mucho nos llevamos un buen susto-, así que cada dos por tres iba a ver cómo se encontraba.
Normalmente flota a media altura. Entonces me resulta fácil cogerla y volver a meterla en la cama despacio, con delicadeza, para que no se despierte. Pero a veces, como anoche, la cosa se complica. Se eleva y eleva hasta chocar contra el techo. Todos esos chichones en su bonita frente, todas esas magulladuras en las rodillas, las raspaduras en la barbilla, ¿a qué coño pensáis que se deben? Como esa zorra del quinto que me amenazó con denunciarme… ¿Creéis que se me ocurriría ponerle la mano encima a mi niña? Cabrones… Qué culpa tengo yo… Es el médico el que dice que nada de sujetarla a la cama, que nada de acolchar el techo, que nada de dormir a su lado, abrazándola, reteniéndola. Que lo último que la niña necesita es sentirse cómoda y segura al levitar. Debe, explica el doctor, concebir su enfermedad como un enemigo contra el que luchar. Puede que ahora le tenga miedo, pero es una fase necesaria en la lucha contra su problema. Después, siempre según el especialista, vendrá la fase de odio. Y será entonces cuando empiece el verdadero combate. Algunos niños se han curado por sí solos, gracias -no hay otra manera de explicarlo- a su fuerza de voluntad. No es habitual, es cierto, pero hay que mantener abierta la puerta a esa posibilidad. De modo que tenemos que dejar que Eva aprenda a convivir con su levitación y esperar la suerte de que su organismo encuentre por sí mismo el modo de desarticular el puto CILS (Child Involuntary Levitation Syndrome).
Bueno, decía que hay noches en que la levitación de Eva se sale un poco de madre y la pobre acaba estando más tiempo en el aire que en la cama. El proceso es:
1. Empieza a agitarse en sueños. Bracea y patalea hasta deshacerse de su edredón.
2. Sus pies empiezan a elevarse, como si alguien tirara hacia arriba de sus tobillos.
3. Luego la parte superior del cuerpo se separa de la cama, hasta que piernas, tronco y cabeza se alinean en paralelo al colchón, aproximadamente a un metro de altura sobre el mismo.
4. Entonces el cuerpo inicia un ascenso uniformemente acelerado que termina con Eva impactando, normalmente de bruces, contra el techo.
Bien, anoche esto ocurrió siete veces.
Cuando el golpe la despierta empieza a gritar, aterrada. Y yo voy corriendo a su habitación, me subo en la escalera plegable de dos peldaños, levanto los brazos y espero que ella se agarre a mis manos. Porque eso también es importante según el médico y todos los foros de Internet que suelo visitar: cuanto antes aprenda a desenvolverse por el techo antes empezará a perderle el miedo a la levitación. Y desde luego no soy quién para poner en entredicho la opinión de tanta gente cualificada por formación y/o experiencia, pero tengo que decir que me sigue resultando raro ver a mi niña reptar por el techo como una lagartija. Su precioso pelo negro como tentáculos en suspensión alrededor de su cabecita, igual que si estuviera a gravedad cero en una nave espacial. O igual que si estuviera sumergida en una piscina de agua invisible, ahogándose. Sí, me sigue resultando raro, no logro acostumbrarme. Joder, es raro de la hostia, y aún a veces me produce escalofríos verla así.
Repito: anoche siete veces, siete, en unas pocas horas. El estrés, las náuseas, la desorientación, los vómitos. Una paliza para cualquiera, imaginad hasta qué punto para una niña tan pequeña.
En uno de sus vuelos golpeó la estantería con el pie y la bola del mundo luminosa que su madre le envió por su último cumpleaños se hizo pedazos contra el suelo. El mayor del tamaño de Bulgaria. Eso la puso triste. Lloró ahí arriba. Sus lágrimas cayeron sobre mí como una lluvia salada y diminuta. Me pidió perdón aferrada al riel de las cortinas. Lo siento, papá, lo siento mucho. Dijo que le encantaba su bola del mundo porque le gustaba “acariciar Montreal” antes de dormirse. Allí, nos lo había dicho el especialista, había un hospital en el que podían operarla. Los mejores expertos en levitación involuntaria. Pero, claro, la intervención costaba un ojo de la cara. Pobre Eva, ¿por qué habrá tenido que pasarle a ella? Busqué Canadá a lo largo y ancho del suelo. Di con algunos fragmentos, pero de Montreal ni rastro.
Eran más de las seis cuando la bajé del techo por última vez y la metí en la cama. Decidí que por esa noche ambos habíamos tenido suficiente. Me acosté de lado a su espalda, respirando su sudor dulce y su miedo. Posé la mano sobre su pequeño hombro. Pensé en el médico, pensé en todos los comités de expertos en levitación diciéndome lo contraproducente que tal cosa era, que así no le hacía ningún bien a mi hija. Y apreté el puño de mi mano libre: los mataría a todos. Al cabo conseguí calmarme. Le di las buenas noches a Eva. Se quedó dormida al instante, agotada. Y aquí sigue. Su respiración es tranquila, profunda y pura. Perfecta. Llena de vida. Como la de cualquier niño sano. Sin CILS, ni cáncer.

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Quizás

Llevo un buen rato

viendo a un halcón 

sobrevolar el área
de servicio N-34B
en absoluto silencio
tanto él allí arriba
como yo aquí abajo.

Y es lo mejor, porque
la voz del halcón
se llama gañido.

Una palabra fea
para un chillido feo.

Así que sí: mejor
no tener que usarla
en este poema.

Mejor solamente
ver volar al pájaro
elegante y callado
y perfecto en potencia.

A veces hay que
mantener la boca
cerrada.

Ahorrarle al mundo
la estridencia.

Quizás mañana
yo también lo logre.

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C.C.

Y de pronto en el c.c. se me hizo urgente y moralmente obligatorio dar con el responsable del hilo musical y matarlo o al menos darle una buena paliza y sí o sí arrancarle las orejas a modo de castigo por esa lluvia ácida que los altavoces vertían en nuestros inocentes oídos así que me puse a recorrer las galerías arriba y abajo sin descanso pero nada, ni rastro, incluso pregunté a un seguridad que me respondió que no podía facilitarme esa info, dijo info, lo prometo, y además me llamó Caballero, sin duda, pensé, aquel hombre debía de tener algún tipo de tara, razón por la que me apiadé de él e incluso le di las gracias y seguí la busca por mi cuenta y al final localicé una especie de puerta secreta o como mínimo camuflada en una pared entre la tienda de Desigual y la zapatería Ulanka y empujé y gloriosamente se abrió ante mí mostrándome un pasillo largo y enmoquetado de un color azul cielo en el que me adentré con cierta ansiedad pero también con una decisión y una claridad de ideas que hacía mucho que no experimentaba dejando atrás la puerta de RRHH, la de DPTO. MORAS, la de MANTENIMIENTO y otra que me desconcertó durante un segundo en la que un cartelito idéntico a los de las otras decía Dra. Canales (Psiq-Psic) y en la que estuve tentado de entrar y tumbarme en el diván que imaginaba dentro pero no lo hice, tenía una misión, así que seguí avanzando y por fin encontré una puerta cuyo cartel rezaba IMAG. Y SONIDO, respiré hondo, le di una patada y entré dispuesto a todo solo para comprobar de inmediato que allí no había nadie, de hecho casi no había nada, tan solo un portátil, por supuesto Apple, sobre un diminuto escritorio, y di media vuelta y deshice el camino a lo largo del pasillo un poco más aturdido y desorientado que de costumbre, qué difícil era todo, pensaba, qué difícil era hacer bien cualquier cosa en la vida, y por eso cuando pasé frente a la puerta de la Dra. Canales entré como quien busca refugio, como entra en un albergue un peregrino con los pies en carne viva, solo que lo que a mí me escocía y sangraba era el cerebro y aún me sangró más al ver que también este despacho estaba vacío a excepción de una planta artificial de aspecto cansado que llegaba casi hasta el techo, le dije Hola y ya solo acerté a dejarme caer en una silla plegable de escay negro, porque por supuesto no había allí diván ni nada parecido, en la que estuve esperando la llegada de la doctora unos breves instantes hasta que enseguida se abrió la puerta violentamente y no fue una mujer, estoy seguro al 99 por 100, quien saltó sobre mí, me inmovilizó boca abajo en el suelo, me clavó la rodilla en medio de la columna vertebral y me esposó las manos a la espalda y no me dio buenos consejos ni tampoco drogas o amor, que viene a ser lo mismo.

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CERTERO

Somos muy solitarios
y algo chapados a la antigua
pero escribimos versolibreclaro
en primera persona del plural presente
para hablar con valor del futuro
porque en el fondo nos da miedo
lo que se nos viene encima
y nos gustaría afrontarlo
de la mano de alguien corriendo por las calles
guiñando el ojo a las cámaras
de videovigilancia urbana
y sonriendo sonriendo sonriendo
para que si alguna vez
alguien quiere saber cómo acabó todo
nos vea en la pantalla
tan intrépidos y decididos
como nunca fuimos ni quisimos ser
es fácil de explicar y difícil de entender
es difícil de explicar y fácil de entender
queremos engañarlos a todos hasta el final
hasta el último momento
queremos que cuando se nos acuse del crimen
y el juez azul ordene exhumar nuestros restos
todo lo que encuentren en la caja
sea el índice y el corazón
con los que contamos la historia
de un tipo al que confundieron con nosotros
aunque en realidad no se parecía en nada
pues era un alma límpida
tan inofensiva como el sueño de un gamo
tan aburrida como una guerra
y tenía un estante de su discoteca
dedicado a la canción ligera
en fin alguien obviamente incapaz de esto
y de cualquier otra cosa
incapaz

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AHÍ FUERA

Llego del trabajo

Un gorrión
se ha colado en casa

Revolotea
frenético y precioso
entre las cuatro paredes

Choca contra todo

Descuelga
mi calendario
del año pasado

Se caga encima de la tele

Derriba nuestra foto
quiero decir mi foto de nosotros

Me pasa rozando la cabeza

se me ponen los pelos de punta
de miedo y de emoción

Un gorrión
es un ave imponente
una criatura maravillosa
un gorrión es un águila
si vuela en un
entresuelo de 30,2
metros cuadrados

Ojalá decida anidar aquí

Ojalá se quede para siempre

Necesito un poco de cielo
Me lo merezco

Luego le doy caza
más fácilmente de lo esperado

Sostengo su latido
en mis palmas ahuecadas

Acerco una silla a la pared

me subo

levanto las manos al ventanuco

Y lo suelto

Algo parecido, por cierto
a lo que hice contigo

aunque no tengas ni idea

Ambos estáis mejor
ahí fuera

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