NIRVANA

Las calles en las que meé.
Benditas calles. Sagradas.
Todas las calles en las que meé en las noches rojas.
Las llevo en la sangre.
La calle Salamanca.
La calle Virgen de la Cabeza.
La calle de las Impertinencias.
Fui un héroe pagano.
Marqué mi ciudad.
Marqué mi provincia.
Y luego marqué España entera con mi impureza.
Meé en verjas.
En tapias.
En setos.
La calle Norte.
La calle de las Fresas.
La calle del Doctor García Donato.
Meé de pie bajo las estrellas
viendo mi aliento blanco e intocable subir al cielo como un ángel.
Meé entre los contenedores.
Entre los coches.
Entre la gente.
Meé en la rueda de un porsche y había un tío dentro
que se vino a por mí y quiso matarme
pero no pudo porque a mí no me mata ni Dios,
soy la prueba viviente.
La calle Brasil.
La calle Albacete.
La calle del Progreso.
Todas deberían figurar en las rutas urbanas para turistas.
Los taxistas deberían conocerlas de memoria.
Deberían llevar mi nombre, todas ellas.
Todas esas calles.
Todas aquellas calles en las que meé cuando era un perro joven
y aún no había olvidado que el mundo me pertenece.

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CANCIÓN DEL OESTE

De mi padre recordaré los zapatos. Supongo que también la mala hostia, la ausencia, la risa, y el avistamiento de aquel ovni de plata sobre el pantano de Mequinenza. Sí, puede, o puede que no. Pero lo que tengo claro es que de mi padre recordaré los zapatos, sus zapatos siempre relucientes. De mi padre recordaré las mañanas de los sábados, cuando sacaba del armario aquella caja de madera oscura y se ponía a cepillarlos par tras par: los marrones, los negros y otros para los que no encuentro color salvo el naranja y que sin embargo no lo eran. Lo hacía como un auténtico profesional, como un auténtico limpiabotas sentado en un taburete bajo en mitad del salón mientras el sol del futuro entraba arrollador por la ventana. De mi padre recordaré sus trajes, ni caros ni baratos pero siempre perfectos, como a medida. Solo se los quitaba cuando se metía en la cama. Jamás vi a mi padre en batín en el sofá, jamás lo vi en chándal fregando los platos. Lo hacía todo de traje. Cada hombre tiene su propia manera de estar cómodo consigo mismo; la suya era el traje. Lógicamente aquello me resultaba rarísimo e inquietante. Ahora, en cambio, lo encuentro brillante y genuino como cualquiera de las rarezas que me hechizan de la gente. Ahora, en cambio, me gustaría tener un traje solo para poder darle una sorpresa a mi padre. Para plantarme en su casa hecho un gentleman y ser por un rato el espejismo de su juventud. Lo que pasa es que soy más de vaqueros. Eso sí, igual que mi padre, tampoco soy de esos que se enfundan el pijama nada más llegar a casa. Todo se hereda. O no. Yo qué sé. El caso es que no me desvisto hasta que me acuesto por fin a eso de las tres de la mañana. Y a veces ni entonces. A veces, y con mayor y mayor frecuencia, me tumbo en la cama perfectamente vestido y calzado. Por si tengo que salir corriendo por cualquier motivo. Por si en mitad de la noche, por ejemplo, mi padre necesita algo de mí. Cada hombre tiene su propia manera de estar en guardia.

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LA VIGÉSIMA CERVEZA DEL CÓNDOR VISIONARIO

Una serie rollo Narcos, pero de poetas. Una serie sobre los entresijos del tráfico de versos. Una serie sobre el sindicato nacional del crimen poético. Una serie sobre clanes de poetas luchando a muerte por hacerse con el control de la merca lírica. Una organización delictiva de poetas en cada punta del país, tratando de imponer su ley. El cártel poético del Mediterráneo, el cártel poético del Guadalquivir, el cártel poético de la Meseta, el cártel poético del Cantábrico. Una serie sobre poetas en guerra con poetas. Buah… se me hace la boca agua. Poetas entrando a tiro limpio en los recitales rivales. Poetas asaltando a sangre y fuego las librerías que colaboran con el enemigo. Poetas asediando editoriales, poetas atrincherados en editoriales. Poetas con fusiles parapetados en las azoteas, manteniendo a raya al invasor. Poetas untando a jurados de concursos o amenazándolos con eliminar a sus familias. Poetas hasta las cejas de poemas, poetas adictos a sus propios poemas patrullando las calles de la moralidad en camionetas equipadas con ametralladoras, en el salpicadero una figurita bamboleante de su santo patrón favorito: Santa Dickinson, San Bukowski, San Vilas, San Benedetti o incluso San Prado, San Marwan, Santa Srtabebi. Poetas en la estela de la estela de la estela de poetas. Poetas a la caza de quien se salte las reglas de la Familia. Poetas que distinguen entre Uno de los nuestros y uno de los otros. Poetas que hablan por teléfono con poetas, poetas que salen con poetas, poetas que se van de cervezas o de campin con poetas, poetas que se acuestan con poetas, poetas que procrean pequeños futuros grandes poetas. Poetas siempre con poetas. Poetas miembros de grupos de whatsapp llamados POETAS. Poetas que quieren ocupar las estanterías de la Fnac que ocupan otros poetas. Poetas enamorados de la endogamia propia, a la que llaman camaradería, poetas asqueados de la endogamia ajena, a la que llaman mamoneo. Poetas tan pagados de sí mismos que se tatuarían en la jeta su propia jeta. Poetas bien intencionados, poetas implicados, poetas solidarios, poetas respetuosos con el prójimo afín. Poetas educados. Poetas tan buenrolleros que te matarán si no lo eres. Poetas negociando de tapadillo con las autoridades su seguridad, su aceptación, su salvación, su funcionariado vitalicio en la burocracia de la poesía. Poetas delatando a poetas ante la DEA poética. Poetas a los que les viene muy bien la censura y la autocensura. Poetas que dicen usar la poesía para ser ellos mismos, cuando la poesía solo sirve, si es que sirve, para ser otro durante un rato. Poetas que creen que la poesía les hace especiales, cuando la poesía solo sirve, si es que sirve, para ser vulgar, para ser todos, para ser nadie. Poetas que proclaman la poesía como la verdad, su verdad, cuando la poesía solo es, si es que es, una sarta interminable de gloriosas mentiras. En resumen, una serie de poetas cosiéndose a balazos, aniquilándose hasta la extinción unos a otros, hermosa y absurdamente. Todos los poetas por fin muertos, sembrando la tierra de un silencio más bendito que el sol. End.

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CAMPING LOS MANANTIALES

Un túnel.
Y dentro del túnel un remolque anclado a un todoterreno.
Y dentro del remolque la intuición de un caballo negro.
Y dentro del caballo mucha sangre y un pequeño cerebro.
Y dentro del cerebro perplejidad y un breve relámpago.
Y dentro del relámpago calor y un túnel y un caballo, etc.
Eso soy.

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THE EMPIRE STRIKES BACK, SIEMPRE

El hombre caminaba por los pasillos del súper.
Llevaba una botella azul de lejía en la mano.
Arrastraba un poco una pierna, y hablaba solo.
Le seguí a cierta distancia durante un buen rato.
No dejó de hablar consigo mismo ni un segundo.
Le oí pronunciar las palabras Arroz y Guía Telefónica.
Le oí mascullar algo acerca de las obras municipales.
Le oí y vi reírse de algún secreto que cruzó su mente.
Había un aire de locura en todos sus movimientos.
Yo tenía los pelos de punta, estuve a punto de largarme.
Pero no me atreví; el hombre, el viejo, era mi padre.
Continué tras él, sigiloso, hasta el estante de cereales.
Estuvo ahí de pie diez minutos, mirando las cajas, absorto.
Hasta que de repente se volvió y me vio allí plantado.
Tardó algo más de la cuenta en reconocerme, pero lo hizo.
Si tuviera que apostar diría que se alegró de verme.
Luego se recompuso; se peinó, puso la espalda recta.
Se me acercó procurando mantener a raya la cojera.
Y me dijo: Eh, hijo, ¿qué cojones haces aquí?
Comprar, le contesté.
Ah, murmuró.
Y yo añadí: Sí.
Echamos a andar entre cientos, miles de productos.
Nos cruzamos con una mujer; se giró a mirarle el culo.
Y seguimos caminando a través del lujo de occidente.
Las hamburguesas están de oferta, me informó.
Bien, dije.

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POESÍA SOCIAL, Y ESO

Me gusta mirar los escaparates de las inmobiliarias de la zona cara.
Imagino que le compro un casoplón junto al mar a mi madre.
Y otro a mi padre en la sierra, con piscina cubierta y frontón.
Imagino que les compro un adosado a cada uno de mis hermanos
en alguna urbanización de esas con seguridad privada y cipreses.
Imagino sobre todo que le compro un palacete en el centro a mi amigo Pedro,
con mayordomo incorporado, una fuente en el patio llena de peces
y un sistema de luces que resalta los detalles tallados en la fachada.
Pedro lleva meses sin luz; esas cosas no solo salen en el telediario.
Pasa las noches con un transistor a pilas y una linterna de los chinos.
Pedro tiene cierto retraso y una madre alcohólica en las últimas.
Lo conozco desde los siete años; vivía y vive en el bloque de enfrente.
Este poema no pretende alcanzar ninguna aspiración estética.
Solo obedece a mi necesidad de sentir que hago algo por mi amigo.
Es un poema egoísta y rastrero, es un poema que no debería existir.
Pero existe.

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THE ROAD

Este es un poema para todos esos tipos que acuden solos a los garitos.

Sin mujeres, sin amigos.

Ya no son jóvenes.

Hace mucho tiempo que dejaron de ser jóvenes.

Pero todavía se duchan después de cenar y deciden que hoy también saldrán.

Merecen este poema.

Bailan solos en la pista.

Reponen fuerzas solos en la barra.

Y se adentran de nuevo en el gentío, solos.

Dan vueltas y vueltas por el local, buscando.

Sí, se merecen este poema o lo que sea.

Anoche vi a uno de ellos.

Todos hemos visto a alguno de ellos.

Este en concreto llevaba la camisa por dentro y mocasines.

Durante cinco minutos se quedó absorto mirando la bola de espejos.

Como en trance, como si estuviera contemplando a dios sobre su cabeza.

Con un güisqui en la mano.

Luego me despisté y lo perdí de vista.

Pero aquí está, capturado para la eternidad en esta disco.

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