Fuerza

Y en el mal trotar
de aquel perro azul por el arcén
cojo
sucio
cansado
hambriento
–el hocico rastreando el polvo
mientras las estrellas ardían—
reconocí de pronto la esencia de lo humano

No lo conseguiría, estaba claro
no llegaría adonde quería
andaría perdido
pobre animal
pero andaría al filo de la cuneta
Por eso en vez de suerte le deseé fuerza

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Los motivos

Ojalá
nunca sepas
por qué ese niño
pelirrojo descubre
la colonia de termitas
en la viga maestra de la
hermosa casa de madera
donde vive con sus padres, y
no se lo cuenta, sino que pide a
sus dioses infantiles que la plaga
crezca y crezca hasta que el techo
se desplome,
las paredes
se derrumben
y una chispa
entre las ruinas
alumbre una
llama y esa
llama origine
un incendio
que ilumine
la noche y
reduzca su
desgracia
a cenizas.

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India

A la India, dijo,
a encontrarse a sí misma.
Obviamente no lo consiguió.
Nunca había salido de España;
era imposible que se hubiera perdido allí.
Pero dio con un italiano de aspecto simpático.
Algo es algo, supongo.
Alessandro Arcobaleno. 32 años.
Lleva un plato en el lóbulo izquierdo,
del tamaño de mi cenicero.
Ahora viven en Avilés.
Acabo de verlo en su Facebook.
En la foto de perfil acarician a un delfín.
Me pregunto si se acordará de nuestro gato.
En fin, brindo por ellos.
¿Qué voy a hacer?

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Poesía

Esta noche.
Revolviendo la estantería.
No encuentro mi libro de Gary Snyder.
Maldita sea…
Me voy a la cama.
Y ahí está:
abierto sobre su pecho dormido.
El mejor lugar.
Bendita sea.

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El pez

Mi vecina murió hace una semana. Una señora mayor, sola y huidiza. Que yo sepa ni siquiera se colgó un cartel en el zaguán informando de su fallecimiento. Tampoco sé si tenía familia. Lo que puedo asegurar es que no le conocí ni una visita en diez años. Su compañía era un pececillo blanco y mofletudo. Dos o tres veces, al coincidir con la mujer en el rellano, pude verlo en su pecera sobre el mueble del recibidor. Siempre en el centro de la esfera, como la pupila en un ojo. Siempre mirándome, empapado de la tristeza de su casa. Por alguna razón su visión me incomodaba. En una ocasión, y sé que suena raro, tuve la certeza de que si seguía mirando a aquel pez de pronto empezaría a hablar. Y me diría cosas desagradables, cosas que no quería oír. Así que desde entonces evité hacerlo. De hecho, nunca más volví a pensar en el pez blanco. Hasta anoche, que no pude pegar ojo preguntándome qué habrá sido de él.

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Soñar con Foster Wallace

Anoche soñé con Foster Wallace. Soñé que me emborrachaba con el puto David Foster Wallace.
Estábamos en un bar muy amplio, vacío. Ni siquiera había camareros, pero aquello no suponía un problema porque bebíamos y bebíamos güisqui de vasos que se rellenaban solos.
Era una especie de club privado. Lujo rancio por todas partes: moqueta, madera oscura, cuero granate y mesas redondas con gruesos manteles blancos y copas de cristal tallado y grandes cubiertos de plata. Un banquete a la espera de comensales. El aire olía intensamente a langosta. Le pregunté qué iba a celebrarse allí.
–Absolutamente nada –me contestó.
Estábamos sentados en sendos butacones, mirando a través de una amplia cristalera. Nubes de tormenta a lo lejos, ese sol blanco que precede a la lluvia y el césped de un campo de golf hasta donde alcanzaba la vista, también desierto.
En cierto momento me daba cuenta de que David lucía la cabeza rapada. Ni siquiera llevaba su clásico pañuelo. No era que se hubiera afeitado; sencillamente de la frente hacia arriba su cráneo aparecía al descubierto. Yo quería preguntarle qué le había pasado, pero era un deseo vago, más curiosidad que auténtico interés. Lo que en realidad me apetecía era acariciarle el hueso; se veía tan terso, tan suave como una piedra de río. Pero no me atrevía; me preocupaba incomodarle.
Así que simplemente bebíamos en silencio con la mirada puesta en el mundo exterior. Entonces, sin volverse hacia mí, David me preguntó:
–¿Qué estás mirando?
Y yo le respondí:
–El paisaje.
–Sé más preciso, joder –se quejó David–. Qué estás mirando, ¿las nubes o el césped, la tormenta o el sol?
Aquello debía de ser un acertijo. Mierda… Foster Wallace se interesaba por mi visión del mundo y yo estaba tan borracho que no era capaz de articular palabra.
–No es el güisqui –decía entonces él, como si hubiera leído mis pensamientos–; sencillamente te asusta que tu respuesta no me agrade. Y no deberías. Nunca. Así que dime, ¿qué estás mirando exactamente?
–Los banderines de los hoyos –le contestaba al fin–. Cómo se mueven al viento.
Y al cabo de unos segundos añadí:
–Es extraño: cada uno de ellos apunta en una dirección diferente.
–Hmm… Interesante –murmuró David en voz baja. Al cabo me preguntó–: ¿Entonces no ves el árbol?
–¿El árbol? ¿Qué árbol? No hay ningún árbol ahí afuera.
–Oh sí, te aseguro que lo hay. Está ahí mismo, en el centro del green del hoyo 18. Es el árbol en el que me ahorqué. ¿No lo ves?
–No.
–Bien, en ese caso brindemos –sentenció David.
Se volvió hacia mí, hizo chocar su vaso con el mío y dijo:
–Brindemos porque estás vivo.
Me sonreía. Y su cráneo pelado se había vuelto de cristal; brillaba como una bombilla.

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Demasiado

Demasiado joven como para estar tan hecho polvo, y sin embargo lo está. Mi amigo, digo. Un ictus, le soltó el médico. La mitad izquierda paralizada para siempre. Demasiado hecho polvo como para ser tan joven. Todo el derecho a pasarse la vida maldiciendo su puta suerte. Y sin embargo su mensaje me llega puntual cada viernes por la tarde. Que si esta noche salimos o qué. Y paso a por él y le veo salir de su portal cojeando como un viejo y sonriendo como un niño. No sé cómo lo hace, no sé cómo lo consigue. Pero así es. Se sube al coche, pasa la muleta al asiento trasero y con su lengua de trapo, dice: Venga, tira. Y yo arranco. Ni él ni yo sabemos nunca dónde vamos, pero al final llegamos. Supongo que a veces lo único que importa es no quedarse demasiado quieto.

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