El pez

Mi vecina murió hace una semana. Una señora mayor, sola y huidiza. Que yo sepa ni siquiera se colgó un cartel en el zaguán informando de su fallecimiento. Tampoco sé si tenía familia. Lo que puedo asegurar es que no le conocí ni una visita en diez años. Su compañía era un pececillo blanco y mofletudo. Dos o tres veces, al coincidir con la mujer en el rellano, pude verlo en su pecera sobre el mueble del recibidor. Siempre en el centro de la esfera, como la pupila en un ojo. Siempre mirándome, empapado de la tristeza de su casa. Por alguna razón su visión me incomodaba. En una ocasión, y sé que suena raro, tuve la certeza de que si seguía mirando a aquel pez de pronto empezaría a hablar. Y me diría cosas desagradables, cosas que no quería oír. Así que desde entonces evité hacerlo. De hecho, nunca más volví a pensar en el pez blanco. Hasta anoche, que no pude pegar ojo preguntándome qué habrá sido de él.

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Soñar con Foster Wallace

Anoche soñé con Foster Wallace. Soñé que me emborrachaba con el puto David Foster Wallace.
Estábamos en un bar muy amplio, vacío. Ni siquiera había camareros, pero aquello no suponía un problema porque bebíamos y bebíamos güisqui de vasos que se rellenaban solos.
Era una especie de club privado. Lujo rancio por todas partes: moqueta, madera oscura, cuero granate y mesas redondas con gruesos manteles blancos y copas de cristal tallado y grandes cubiertos de plata. Un banquete a la espera de comensales. El aire olía intensamente a langosta. Le pregunté qué iba a celebrarse allí.
–Absolutamente nada –me contestó.
Estábamos sentados en sendos butacones, mirando a través de una amplia cristalera. Nubes de tormenta a lo lejos, ese sol blanco que precede a la lluvia y el césped de un campo de golf hasta donde alcanzaba la vista, también desierto.
En cierto momento me daba cuenta de que David lucía la cabeza rapada. Ni siquiera llevaba su clásico pañuelo. No era que se hubiera afeitado; sencillamente de la frente hacia arriba su cráneo aparecía al descubierto. Yo quería preguntarle qué le había pasado, pero era un deseo vago, más curiosidad que auténtico interés. Lo que en realidad me apetecía era acariciarle el hueso; se veía tan terso, tan suave como una piedra de río. Pero no me atrevía; me preocupaba incomodarle.
Así que simplemente bebíamos en silencio con la mirada puesta en el mundo exterior. Entonces, sin volverse hacia mí, David me preguntó:
–¿Qué estás mirando?
Y yo le respondí:
–El paisaje.
–Sé más preciso, joder –se quejó David–. Qué estás mirando, ¿las nubes o el césped, la tormenta o el sol?
Aquello debía de ser un acertijo. Mierda… Foster Wallace se interesaba por mi visión del mundo y yo estaba tan borracho que no era capaz de articular palabra.
–No es el güisqui –decía entonces él, como si hubiera leído mis pensamientos–; sencillamente te asusta que tu respuesta no me agrade. Y no deberías. Nunca. Así que dime, ¿qué estás mirando exactamente?
–Los banderines de los hoyos –le contestaba al fin–. Cómo se mueven al viento.
Y al cabo de unos segundos añadí:
–Es extraño: cada uno de ellos apunta en una dirección diferente.
–Hmm… Interesante –murmuró David en voz baja. Al cabo me preguntó–: ¿Entonces no ves el árbol?
–¿El árbol? ¿Qué árbol? No hay ningún árbol ahí afuera.
–Oh sí, te aseguro que lo hay. Está ahí mismo, en el centro del green del hoyo 18. Es el árbol en el que me ahorqué. ¿No lo ves?
–No.
–Bien, en ese caso brindemos –sentenció David.
Se volvió hacia mí, hizo chocar su vaso con el mío y dijo:
–Brindemos porque estás vivo.
Me sonreía. Y su cráneo pelado se había vuelto de cristal; brillaba como una bombilla.

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Demasiado

Demasiado joven como para estar tan hecho polvo, y sin embargo lo está. Mi amigo, digo. Un ictus, le soltó el médico. La mitad izquierda paralizada para siempre. Demasiado hecho polvo como para ser tan joven. Todo el derecho a pasarse la vida maldiciendo su puta suerte. Y sin embargo su mensaje me llega puntual cada viernes por la tarde. Que si esta noche salimos o qué. Y paso a por él y le veo salir de su portal cojeando como un viejo y sonriendo como un niño. No sé cómo lo hace, no sé cómo lo consigue. Pero así es. Se sube al coche, pasa la muleta al asiento trasero y con su lengua de trapo, dice: Venga, tira. Y yo arranco. Ni él ni yo sabemos nunca dónde vamos, pero al final llegamos. Supongo que a veces lo único que importa es no quedarse demasiado quieto.

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La cúpula

Me gusta cuando llueve en esta ciudad.
Quisiera que diluviara a todas horas.
Recorrer contigo las calles lavadas.
Andar juntos sobre el agua de los charcos.
Refugiarme bajo tu paraguas azul,
esa cúpula que no sale en las guías turísticas.
Acogerme a sagrado en tu templo ambulante.

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A veces me digo

¿Sabes?
En realidad
quería ser jardinero,
quizá panadero, incluso apicultor,
cosas así, un trabajo pacífico y tranquilo,
tener la suerte de tener una habilidad sencilla,
ejercerla por mi cuenta y ganarme la vida con ella.

Cuidar del color y el perfume,
proporcionar alimento,
convertir en dulzura
el gran zumbido
del mundo.

En fin, hacer algo digno.
Ser un tipo decente.

A veces me digo que esto no es tan distinto.

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Hijos de Carver

El último sol de la tarde se encharcaba sobre el gres. Estaba releyendo Catedral. Tal vez esa sea la razón por la que lo hice. También llevaba unas cuantas cervezas, todo hay que decirlo. Fuera por lo que fuera, apuré la lata, dejé el libro sobre el brazo del sofá y me levanté. Fui directo a la cocina. El fregadero llevaba demasiado tiempo atascado. Y de pronto me urgía repararlo. Me quedé un rato mirando la pila. Toda aquella agua estancada, turbia, de color gris tormenta. Y, extrañamente, no cambié de idea. Estaba decidido a ponerme manos a la obra. Fui hasta el armario de los trastos y cogí la caja de herramientas. Ese peso entre las manos me hizo sentir poderoso. Allí dentro había todo lo necesario para solucionar aquel problema. Lo cual era mucho más de lo que podía decir de tantas otras cosas. Puse a Johnny Cash en el reproductor y volví a la cocina. Abrí la portezuela del mueble y me metí de espaldas bajo el fregadero con una llave inglesa, una garrafa de agua vacía y una linterna entre los dientes. Aquel hueco oscuro olía a detergente y humedad. Y echado boca arriba respiré hondo lo uno y lo otro mientras pensaba cómo arreglar aquel desastre. El móvil empezó a sonar entonces en el salón. Seguro que era Lucía, para decirme que se le había complicado el trabajo, que no la esperara para cenar, que hoy también llegaría tarde. Lucía, Santa Lucía, patrona de los ciegos y de los que no quieren ver. Pero yo de repente veía, volvía a ver con total claridad. Que se lo pasara bien. Que se divirtiera. Yo estaría aquí, en casa, intentando con todas mis fuerzas empezar a hacer las cosas bien. Me sentía igual que un personaje de Raymond Carver, amenazado y esperanzado a un tiempo. Sobrepasado y al borde de la nada, incapaz de asegurar mi destino, pero decidido a retomar mi rumbo. A intentarlo, al menos. Quizá cuando ella vuelva, me dije, encuentre un motivo para volver a estar orgullosa de mí. Como antes. Y tarareando Hurt, empecé a trabajar.

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El converso

Sábado por la mañana.
Camino desorientado a través del parking del centro comercial.
Sótano 2, inmenso y gris verdoso.
Vapores de aceite y gasolina emanan del asfalto.
Suben, llenan mis pulmones y enturbian la luz de los fluorescentes.
Hay gente por todas partes.
La gran mayoría, se diría, se siente relativamente a gusto.
Y absolutamente todos parecen saber bien adónde se dirigen.
Se acentúa mi sensación de deriva espacio-emocional.
La angustia me posee.
¿Es esto el infierno?
Probablemente.
El pavimento irradia un calor tropical aquí, en plena Europa.
Percibo la vibración de las calderas ahí abajo. Hirviendo. Trabajando.
Pero necesito nuevos calcetines de ejecutivo.
Así que me obligo a avanzar, con cuidado, entre los efluvios sulfurosos.
Me concentro en evitar tropezar en el hormiguero humano.
Miro mis pies, mi cerebro guía mis pasos uno a uno.
Sé que si cayera al suelo no tendría fuerzas para levantarme.
Pero una familia en concreto capta mi atención, no sé por qué.
Se trata de una familia media: padre, madre, dos niños.
Los críos compiten: a ver quién escupe más lejos.
La madre habla por el móvil. Algo sobre una tarta chantilly.
El hombre empuja un carro de Carrefour.
Su traqueteo es metálico.
Pienso en jaulas, mazmorras, criaturas atrapadas.
Espero la aparición de Satán en cualquier momento.
Es más, la deseo fervientemente.
El Averno necesita de un Príncipe para tener cierto sentido.

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