Un buen final

Y un día
un lejano día
lo más tarde posible
poder decir que
incluso en las horas más bajas
la música sonaba alto para mí
y sobre mi cabeza
el hombrecillo bailaba
sonriente, seguro, burlón
con el fuego en sus pupilas
y de tanto en tanto se deslizaba
hasta mi oreja y susurraba mi nombre
decía: no te olvides nunca de quién eres
decía: todo esto, todo lo que ves,
es para ti
decía: aprovéchalo
Y un día
el último día
poder decir que así fue

Publicado en POEMAS | Deja un comentario

Ramón & Co. S.A.

De regreso del curro voy a ver si he cobrado
de una puñetera vez.
Día 8, el jodido retraso de la ett.
Entro en el cajero cansado y mal, aturdido,
cerca del k.o.
-todo ese estrés enturbiándome la mente-
y casi tropiezo con las mantas.
Dos hombres allí tendidos,
sus cabezas apenas visibles
asomando de las crisálidas de lana sucia.
Los miro fugazmente: canas, ojos viejos hundidos
en los pómulos desgastados.
Tendrán la edad de mi padre.
Alargo la zancada, supero los bultos
y meto la tarjeta en la máquina.
Buenas noches, dice entonces uno.
Buenas noches, digo mientras tecleo mi número pin.
Disculpe usted, sigue desde ahí abajo,
sé que esto no es plato de buen gusto.
Pulso Movimientos y saldo.
Venga, Ramón, interviene el otro,
deja en paz a este hombre.
Pero Ramón no se calla.
Sin rodeos dice:
Nunca pensamos que nos veríamos así.
Y debe de ser cierto,
porque hay un asombro triste en sus palabras.
Sí, he cobrado. Sacar xxx €. Presiono el botón táctil.
Su compañero insiste:
Déjalo, hombre, a nadie le interesan nuestras penas.
No sé qué decir pero digo:
Lo siento. Lo siento de verdad.
El cajero escupe los billetes en mis manos.
Mi mísero sueldo.
Mi techo de alquiler.
La gasolina para el Ibiza de tercera.
Todo un mes más de precariedad. Aleluya.
Y Ramón dice:
¿Tendría algo suelto para un café mañana?
Claro.
Me meto la pasta en el bolsillo,
menos un pequeño billete.
Me acerco a los hombres.
Me adentro en el hueco entre sus cuerpos.
Me agacho un poco y tiendo el dinero.
La mano que lo coge es de una blancura espectral
a la luz fluorescente del primer mundo,
que cae del falso techo con cruel nitidez quirúrgica.
Joder, dice el tal Ramón. Gracias.
Muchas gracias, dice su compañero.
Por qué es la respuesta que me viene a la mente.
Pero lo que contesto es de nada.
Y supongo que es la respuesta correcta.
De nada. No he hecho nada.
Nunca nada. Nada siempre.
Y entonces salgo de allí.
Cansado.
Mal.
Aturdido.
Cerca, muy cerca del k.o.
Pero aún en pie.

Publicado en POEMAS | Etiquetado , , | Deja un comentario

La increíble historia de un caballo viejo

Alguien dijo que llevaba tres días allí, el caballo, en la poza.
Lo encontramos por casualidad.
Métete por ahí, dijiste, te vendrá bien dormir un rato.
Así que di un volantazo y cogí el camino de tierra.
Eran las cuatro de la tarde, el sol como una fragua. Miles de insectos chirriaban alrededor.
Detuve el coche bajo un manojo de árboles raquíticos, tostados.
Entonces lo vimos, en aquella charca turbia, pestilente. El caballo. Negro.
Bajamos del coche, nos acercamos despacio a través del calor sofocante.
Ya ni siquiera tenía fuerzas para relinchar,
la grupa, el vientre, el lomo, todo él sumergido
salvo la caña de la pata delantera izquierda, que asomaba desde la rodilla y se apoyaba en la orilla fangosa,
y la cabeza, los ojos enjambrados de moscas y la boca resollando contra el barro.
Es un caballo viejo, nos dijo un tipo que pasaba por allí,
el mismo que nos informó que su tormento duraba ya tres días.
Es muy viejo, dijo mientras los tres mirábamos al animal hundido,
ya no sirve ni para arrastrar su sombra.
En fin, sentenció el hombre, es triste pero ha llegado su hora.
Le lanzaste una mirada que habría aniquilado a todo un ejército.
Luego la posaste de nuevo en el caballo y respiraste hondo.
El tipo se limitó a darnos las buenas tardes y siguió su camino.
Sabía que ibas a decirlo, así que no me sorprendió oírtelo:
No podemos dejarlo ahí.
Aparté los ojos del caballo para ponerlos en ti.
Tenías los brazos en jarra y el ceño fruncido, la vista en la bestia. Añadiste:
No podemos, sencillamente. Tenemos que sacarlo. Y lo sabes.
Entonces te acercaste a la charca, te acuclillaste junto al caballo y le acariciaste la testuz.
Yo fui al coche, abrí el maletero y busqué aquella cuerda que había dentro cuando lo compré de segunda mano,
una vieja cuerda de escalada, azul eléctrico.
No estaba seguro de que la conserváramos.
Cada vez que la veía pensaba en deshacerme de ella.
Era posible que la hubiera tirado hacía tiempo.
Pero allí estaba, al fondo, polvorienta y algo deshilachada entre trapos manchados de grasa.
Experimenté una sensación extraña al cogerla: se me erizó el vello de los brazos.
Y pensé que era como si la cuerda hubiera estado esperando la ocasión de volver a ser útil.
Tonterías, me dije, cerré el maletero y me giré para mirarte.
Seguías al borde de la poza, de espaldas a mí, acariciando al caballo.
Bajo el sol cegador la escena me pareció de otro mundo y de otro tiempo,
algo así como un fotograma quemado por el tiempo.
Supe que nunca olvidaría ese momento: tú, el caballo moribundo, la charca negruzca y el verano abrasándolo todo.
Bueno… Subí al coche, maniobré para ponerlo de culo a la ciénaga, y di marcha atrás despacio.
Me detuve a unos metros del borde, donde la tierra aún no era barro.
Bajé y te mostré la cuerda.
Esto es lo que hay, te dije.
Y tú: bien, intentémoslo.
Quisimos pasar la cuerda bajo el pecho del caballo. Pero era imposible:
el agua era totalmente negra y además el lodo la había espesado hasta convertirla en una masa viscosa;
no había forma de lanzar la cuerda por debajo del cuerpo sumergido del caballo.
Muy pronto vimos claro que la única opción consistía en atarla a su cuello.
Y eso hicimos. La anudamos lo más abajo posible, para evitar lastimarlo en la medida de lo posible.
Pero sabíamos muy bien que corríamos el riesgo de estrangularlo.
Además el pobre animal estaba agotado. El agua limpia de sus ojos perdía brillo por momentos. Las moscas se la bebían.
Cuando cerramos la cuerda en torno a su cuello reunió sus últimas fuerzas para revolverse penosamente.
Lanzó una coz con su pata libre. Me rozó el pómulo con el casco; todavía conservo la cicatriz, finísima.
Después solté cuerda y fui hasta la parte trasera del coche,
y até el otro extremo lo más fuerte que pude al pivote para el remolque que no teníamos.
Di un par de tirones para comprobar que estaba bien anclada.
Vamos, dijiste con voz ansiosa, date prisa.
Tranquila, respondí, y me senté al volante.
Me di cuenta de cuánto estaba sudando al apoyarme en el respaldo.
Abrí la guantera, cogí el cúter y me lo guardé en el bolsillo de atrás del pantalón.
Luego encendí el motor, metí primera y aceleré poco a poco.
La cuerda se tensó por completo enseguida.
La chapa del coche crujía y chirriaba por todas partes. Sonaba como una enorme lata de Coca-cola retorcida.
Pero desde la poza me llegaban con nitidez los quejidos del pobre bicho.
Bufaba ahogadamente, y de tanto en tanto emitía un chillido agudo espeluznante.
Para, para, gritaste de pronto.
Eché un vistazo al retrovisor. Tenías las manos en la cabeza y dabas saltos de impotencia.
Entonces te arrodillaste un instante junto al animal, le tocaste las orejas y le dijiste algo.
Y viniste corriendo, te acodaste en mi ventanilla y dijiste:
se le ha subido hasta la garganta; se está asfixiando.
Pero no hay otra manera, te repliqué, es mejor arriesgarse. Y empecé a pisar de nuevo el acelerador.
No, espera, gritaste.
Miraste unos segundos alrededor en busca de inspiración. Y de pronto se te iluminaron los ojos.
Espera, repetiste, espera, ¿me oyes?
Y echaste a correr a través de aquel secarral requemado.
Cien, doscientos metros, hasta lo que me pareció una valla de madera desvencijada, alta y despintada.
Probablemente la pared de una vieja edificación.
El caso es que te liaste a golpes con ella. Te vi empujarla, darle patadas, incluso embestirla con el hombro.
Y al final uno de los tablones acabó por soltarse y caer al suelo.
Corriste de vuelta arrastrando aquel pedazo de madera más alto que tú a una velocidad increíble.
Fuiste directa a la charca y hundiste en ella un extremo del tablón,
clavándolo justo debajo del vientre del caballo.
Y empezaste a hacer palanca sentándote, saltando y volviendo a sentarte sobre el extremo opuesto.
Dale, me gritaste sin siquiera mirarme. Dale fuerte.
Te obedecí. Pisé a fondo el acelerador pero el coche no avanzó ni un palmo.
Las ruedas patinaban sobre el polvo rojizo. El motor aullaba. El chasis crujía. Todo crujía.
Empezaba a creer que el coche se partiría en dos en cualquier momento,
cuando de golpe salió proyectado varios metros hacia adelante, como liberado de un ancla.
Frené y bajé rápidamente.
Supuse que la cuerda se habría roto.
Pensé incluso que encontraría el parachoques trasero y quién sabía qué más cosas arrancados, en el suelo.
Pero nada de eso. A través de la polvareda, lo vi: el caballo.
Yacía de costado a unos cuantos pasos de la ciénaga.
No podía creerlo; lo habíamos logrado.
Corté la cuerda con el cúter y corrí hasta allí. Tú ya estabas agachada a su lado.
Respira, me dijiste, está vivo.
Estabas llorando de alegría. La sonrisa más grande que jamás te había visto brillaba en tu cara.
Y seguías sonriendo cuando te volviste hacia mí y me besaste fuerte en los labios.
Cuando te apartaste vi la sangre de mi barbilla resplandecer en la tuya.
Y recordando mi herida me sentí más vivo que nunca. Más fuerte y valiente. Capaz de todo.
Quise explicarte todo eso que me estaba pasando por la cabeza,
pero entonces el caballo empezó a agitarse.
Nos incorporamos y retrocedimos unos pasos.
Lo vimos luchar por levantarse. Tenía el costado que nos era visible extrañamente hinchado. Supuse que estaba enfermo.
Pero cómo intentaba levantarse, con todas sus fuerzas.
Vamos, viejo, le animé, un último esfuerzo.
Y tras un buen puñado de tentativas, lanzando un relincho agónico que acalló a las cigarras, lo consiguió.
Se quedó de pie frente a nosotros, mirándonos fijamente, con las patas temblando bajo se peso.
Así pudimos comprobar que la rara hinchazón afectaba a ambos costados.
Parecía una especie de armadura, pero su aspecto era viscoso, blando. Como el de una crisálida.
¿Qué le pasa?, te oí.
Pensé en algo horrible, en un tumor gigante. Pero te respondí: será barro. Apelmazado.
No, replicaste, no es solo eso. Es barro y algo más.
Y tenías razón.
Porque de repente el caballo, sacudiéndose el pelaje como lo haría un perro que quisiera secarse, nos dejó ver su secreto.
La coraza voló por los aires ametrallando el paisaje y a nosotros de pegotes de fango.
Y un par de alas inmensas, traslúcidas, como de murciélago surgieron de sus flancos.
El tiempo las había apolillado en sus bordes.
Efectivamente, aquel caballo y sus alas eran viejos, muy viejos.
Sin dejar de mirarnos, el animal las batió varias veces, fuerte, cada vez más fuerte.
Después, las abrió en toda su envergadura. Cinco o seis metros.
Un viento repentino las hinchó. Como un barco que desplegara todo su velamen, así sonó aquella imagen.
Y un segundo después aquel caballo viejo, aquella criatura imposible, se elevaba en el aire sin pájaros del campo abrasado.
Permaneció unos segundos a unos veinte metros de altura,
el sol eclipsado como un disco pálido a través del filtro oscuro de sus alas.
Luego, echó a volar hacia el oeste, o tal vez el norte.
Y en silencio contemplamos cómo se alejaba hasta que lo perdimos de vista.
Fue un espectáculo irrepetible. Un instante tan especial que decidimos no contárselo nunca a nadie.
Fue, en definitiva, un momento mágico.
Y lo mejor es que no fue el único que vivimos juntos. Lo mejor es que ni siquiera fue el mejor.
Ojalá aún te acuerdes de alguno.

Publicado en PROSAS | Deja un comentario

Catarata

Quiero escribir un poema sobre una catarata
escribir un poema sobre un árbol cayendo por ella
garganta de espuma abajo en medio de ese rugido
verlo hundirse bajo la avalancha de agua
lamentar otra vez el destino ahogado de las cosas
y recuperar la esperanza al verlo emerger de pronto
romper la superficie con violencia
con la desesperación y el ansia de los náufragos
de vuelta a la luz y al aire para los que nació
cerca, todavía muy cerca del telón de fondo
ese estruendo que todo lo traga
que puedes llamar catarata o puedes llamar ####
ver el tronco cabecear en el oleaje
la corriente arrastrándolo a la orilla
justo hasta mis pies contra todo pronóstico
Y quiero descubrir una inscripción en su madera lavada
hecha por alguien río arriba
bosque adentro
tiempo atrás
Un extraño al que jamás conoceré
tal vez alguien que ya ni exista
Pero alguien
Y su mensaje aquí y ahora en mi orilla del universo
como un milagro pero humano
Un mensaje robado al olvido

Publicado en POEMAS | Deja un comentario

Los gatos del cementerio

Ellos lo saben.
Han visto tantas veces
el cincel y el pequeño martillo
centellear fuego frío al sol poniente.
Solo
los gatos
te han visto
como un delincuente,
como un muerto viviente
deambulando entre los nichos,
los ojos rojos de sal e insomnio,
arrancando -clanc-clanc- el crucifijo
de esa lápida blanca.
No soportas que duerma con ese tipo.
Tan demacrado.
Tan callado.
Tan frío.
No, ni hablar,
este no es su sitio,
te repites mientras escondes
la figurilla en el forro del abrigo
y te encaminas al contenedor de siempre.
Y los gatos maúllan a tu espalda
fuerte, fuerte,
cada vez más fuerte.
Condenados a guardar tu secreto.

Publicado en POEMAS | Etiquetado , , | Deja un comentario

Dioses de la Guerra

Anut, madre de los dioses,

oh, Anut, amante del cielo.

Ares: fuerza bruta, violencia, tumulto.

Señor de la confusión.

Badb, mujer-cuervo de la guerra.

Ek-Chuah, el de la mandíbula rota,

el portador de la lanza.

Huitzilipochtli, colibrí del sur,

el de la cresta verde,

el del cetro de fuego.

Karttikeya, el venenoso,

el de seis cabezas,

devorador de recién nacidos.

Tyr, el manco,

el que pasea al lobo gigante.

Sekhmet, la terrible,

señora de la venganza.

Ellos antes,

ellos entonces,

y nosotros aquí y ahora:

flamantes dioses de la guerra.

Sin fieles,

sin himnos,

sin ofrendas.

Sin tierra prometida.

Solo con sangre en las manos

y sangre en los dientes.

Dos estatuas de bronce

ahumado por el fuego

de este templo en ruinas

al que solíamos llamar casa.

Nosotros,

caídos del pedestal del tiempo.

Sin lugar en los libros de historia.

Testigos solitarios de nuestra leyenda.

Tú y yo:

heridos por el filo de las lenguas

como vulgares mortales.

Malheridos,

pero aún dioses.

Únicos y verdaderos dioses del amor

y de la guerra.

Publicado en POEMAS | Deja un comentario

Error del sistema

Hay días en los que la luz del sol
reverbera ahí arriba y en las fachadas de los edificios
y en los charcos, los contenedores, los parterres de rosas
y en realidad en todas partes
como el esmalte en la porcelana china,
como ese resplandor impreciso en los frescos de Ghiotto,
como la risa en los ojos de los niños de pecho.
Y esos días te sientes casi orgulloso de estar vivo,
de poder contemplar el espectáculo,
de ser un elegido,
un superviviente tras millones de años de evolución
y dos o tres cataclismos cósmicos realmente terribles.
Y entonces miras al cielo mientras hinchas tus pulmones
y ves pasar ese avión
y observas su estela inmaculadamente blanca
y perfectamente recta desde la nada hacia la nada
cortando el cielo precioso e inabarcable
tan azul como el decorado de aquella obra de teatro
que una vez vimos juntos,
¿recuerdas?,
una cosa horrible y sin sentido en realidad
pero qué me gustó estúpidamente
por el solo hecho de verla sentado contigo.
Y con la vista en el triste rastro pálido del avión
piensas:
Joder, ese telón flotante,
este escenario,
esta gran cúpula de la vida
debería dar cobijo a mejores espectáculos.
Más sinceros,
Más intensos,
Más divertidos,
Más profundos,
Más trágicos,
Mejores.
Más humanos.
Y te preguntas también cómo coño es posible
que ese hombre del cielo
o joder, esa mujer de las alturas,
en fin, quienquiera que sea el piloto de ese avión,
a los mandos de un milagro metálico volante
de quinientas toneladas
propulsado por cien mil litros de queroseno,
bien, cómo cojones es posible
que resista la tentación de jugar un poco,
hacer un par de loops,
fingir una caída en picado
para recuperar el control en el último momento
y dar una pasada rasante sobre la ciudad
tan cerca de nuestras cabezas que nos despeine
y nos vuelva locos
y nuestros ojos lloren por culpa del aire desbocado
pero también, al menos los de unos pocos,
de alegría.

Publicado en POEMAS | Deja un comentario