Hijos de Carver

El último sol de la tarde se encharcaba sobre el gres. Estaba releyendo Catedral. Tal vez esa sea la razón por la que lo hice. También llevaba unas cuantas cervezas, todo hay que decirlo. Fuera por lo que fuera, apuré la lata, dejé el libro sobre el brazo del sofá y me levanté. Fui directo a la cocina. El fregadero llevaba demasiado tiempo atascado. Y de pronto me urgía repararlo. Me quedé un rato mirando la pila. Toda aquella agua estancada, turbia, de color gris tormenta. Y, extrañamente, no cambié de idea. Estaba decidido a ponerme manos a la obra. Fui hasta el armario de los trastos y cogí la caja de herramientas. Ese peso entre las manos me hizo sentir poderoso. Allí dentro había todo lo necesario para solucionar aquel problema. Lo cual era mucho más de lo que podía decir de tantas otras cosas. Puse a Johnny Cash en el reproductor y volví a la cocina. Abrí la portezuela del mueble y me metí de espaldas bajo el fregadero con una llave inglesa, una garrafa de agua vacía y una linterna entre los dientes. Aquel hueco oscuro olía a detergente y humedad. Y echado boca arriba respiré hondo lo uno y lo otro mientras pensaba cómo arreglar aquel desastre. El móvil empezó a sonar entonces en el salón. Seguro que era Lucía, para decirme que se le había complicado el trabajo, que no la esperara para cenar, que hoy también llegaría tarde. Lucía, Santa Lucía, patrona de los ciegos y de los que no quieren ver. Pero yo de repente veía, volvía a ver con total claridad. Que se lo pasara bien. Que se divirtiera. Yo estaría aquí, en casa, intentando con todas mis fuerzas empezar a hacer las cosas bien. Me sentía igual que un personaje de Raymond Carver, amenazado y esperanzado a un tiempo. Sobrepasado y al borde de la nada, incapaz de asegurar mi destino, pero decidido a retomar mi rumbo. A intentarlo, al menos. Quizá cuando ella vuelva, me dije, encuentre un motivo para volver a estar orgullosa de mí. Como antes. Y tarareando Hurt, empecé a trabajar.

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El converso

Sábado por la mañana.
Camino desorientado a través del parking del centro comercial.
Sótano 2, inmenso y gris verdoso.
Vapores de aceite y gasolina emanan del asfalto.
Suben, llenan mis pulmones y enturbian la luz de los fluorescentes.
Hay gente por todas partes.
La gran mayoría, se diría, se siente relativamente a gusto.
Y absolutamente todos parecen saber bien adónde se dirigen.
Se acentúa mi sensación de deriva espacio-emocional.
La angustia me posee.
¿Es esto el infierno?
Probablemente.
El pavimento irradia un calor tropical aquí, en plena Europa.
Percibo la vibración de las calderas ahí abajo. Hirviendo. Trabajando.
Pero necesito nuevos calcetines de ejecutivo.
Así que me obligo a avanzar, con cuidado, entre los efluvios sulfurosos.
Me concentro en evitar tropezar en el hormiguero humano.
Miro mis pies, mi cerebro guía mis pasos uno a uno.
Sé que si cayera al suelo no tendría fuerzas para levantarme.
Pero una familia en concreto capta mi atención, no sé por qué.
Se trata de una familia media: padre, madre, dos niños.
Los críos compiten: a ver quién escupe más lejos.
La madre habla por el móvil. Algo sobre una tarta chantilly.
El hombre empuja un carro de Carrefour.
Su traqueteo es metálico.
Pienso en jaulas, mazmorras, criaturas atrapadas.
Espero la aparición de Satán en cualquier momento.
Es más, la deseo fervientemente.
El Averno necesita de un Príncipe para tener cierto sentido.

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Paseo

Desayuné tan mal como siempre
pero, no sé por qué, me supo mejor que nunca.
Fregué la taza y me duché sin prisas.
No por rutina, sino por placer.
Me vi resplandecer frente al espejo.
Brillaba. Estaba limpio. Era asombroso.
Después trabajé durante un rato.
No demasiado; un par de horas.
Y el resultado no me disgustó.
Esta tarde, me dije, lo mejoraré.
Y salí a dar una vuelta.
El sol de invierno era agradable.
Si las estrellas tuvieran boca
esa de ahí arriba me habría sonreído.
Paseé despacio sin rumbo fijo
pero seguro de llegar a buen lugar.
En cierto momento un perro se me acercó.
Un perro ni grande ni pequeño
ni especial en nada en absoluto
que vino directo hasta mí y ahí se quedó,
trotando a mi lado, tranquilo y contento,
como si acompañarme fuera lo más natural,
como si siempre hubiera deseado estar conmigo.
Bien, dejaría que se quedara hasta que quisiera.
La felicidad llevaba años rondándome,
y ahí venía de nuevo, decidida, incansable.
Esta vez no la echaría a patadas.

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Harapos

Hoy ha soplado fuerte el viento
y en el patio interior todas esas camisas
tendidas al sol
colgadas del abismo
tan blancas tan limpias y tan vacías
rellenas de aire
rellenas de nada
se agitaban como pidiendo auxilio
en gestos convulsos de impotencia
manoteos desmadejados
en su idioma mudo
el frufrú de las sábanas
el roce áspero del trapo
la caricia anticipada del sudario

Me ha atravesado un escalofrío
Y he salido a dar una vuelta
solo por cansarme un poco
por recordar que hay algo aquí dentro
Que aún no soy hueco que envolver en harapos

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Norte

1

Conduciendo de noche entre campos planos.
Rectángulos de oscuridad creciente hacia el horizonte.
En la radio una voz femenina habla de ingeniería genética.
La clonación. Las células madre.
Un sinfín de posibilidades.
La eternidad, dice la mujer, ni más ni menos.
Son las dos de la madrugada en mitad de la nada.

2

Vislumbro un destello carretera arriba.
Resulta ser una pequeña gasolinera.
Todo en ella parece sacado de los años ochenta.
Los dos surtidores, el cartel de cerrado,
el congelador en el exterior, con candado.
Un salto hacia atrás en el tiempo. Un desajuste.
Recuerdo el asiento trasero de la infancia.
Los viajes al norte sin saber qué era el norte.
La imposibilidad de coger el volante.
La sensación constante de incertidumbre.
Esa desorientación, igual que ahora.

3

Un neón parpadea en la techumbre de la gasolinera.
La edificación aparece y se esfuma ante mis ojos.
No sé de qué manera me gusta más lo que veo.
¿Soy feliz?, me pregunto.
Me respondo que sí.
Con reservas, pero me digo que sí.

4

Muchos kilómetros después la carretera se estrecha.
Un cercado flanquea mi camino.
Hay reses tras los maderos. Muchas reses.
Cabezas y cabezas de ganado, muy quietas.
Me miran con ojos tan oscuros que parecen huecos.
En la radio mencionan, claro, a la oveja Dolly.
Su lana. El color de su lana.
Podría ser fosforescente, dicen, si los dioses quisieran.
De sus sentimientos no dicen nada.

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Un buen final

Y un día
un lejano día
lo más tarde posible
poder decir que
incluso en las horas más bajas
la música sonaba alto para mí
y sobre mi cabeza
el hombrecillo bailaba
sonriente, seguro, burlón
con el fuego en sus pupilas
y de tanto en tanto se deslizaba
hasta mi oreja y susurraba mi nombre
decía: no te olvides nunca de quién eres
decía: todo esto, todo lo que ves,
es para ti
decía: aprovéchalo
Y un día
el último día
poder decir que así fue

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Ramón & Co. S.A.

De regreso del curro voy a ver si he cobrado
de una puñetera vez.
Día 8, el jodido retraso de la ett.
Entro en el cajero cansado y mal, aturdido,
cerca del k.o.
-todo ese estrés enturbiándome la mente-
y casi tropiezo con las mantas.
Dos hombres allí tendidos,
sus cabezas apenas visibles
asomando de las crisálidas de lana sucia.
Los miro fugazmente: canas, ojos viejos hundidos
en los pómulos desgastados.
Tendrán la edad de mi padre.
Alargo la zancada, supero los bultos
y meto la tarjeta en la máquina.
Buenas noches, dice entonces uno.
Buenas noches, digo mientras tecleo mi número pin.
Disculpe usted, sigue desde ahí abajo,
sé que esto no es plato de buen gusto.
Pulso Movimientos y saldo.
Venga, Ramón, interviene el otro,
deja en paz a este hombre.
Pero Ramón no se calla.
Sin rodeos dice:
Nunca pensamos que nos veríamos así.
Y debe de ser cierto,
porque hay un asombro triste en sus palabras.
Sí, he cobrado. Sacar xxx €. Presiono el botón táctil.
Su compañero insiste:
Déjalo, hombre, a nadie le interesan nuestras penas.
No sé qué decir pero digo:
Lo siento. Lo siento de verdad.
El cajero escupe los billetes en mis manos.
Mi mísero sueldo.
Mi techo de alquiler.
La gasolina para el Ibiza de tercera.
Todo un mes más de precariedad. Aleluya.
Y Ramón dice:
¿Tendría algo suelto para un café mañana?
Claro.
Me meto la pasta en el bolsillo,
menos un pequeño billete.
Me acerco a los hombres.
Me adentro en el hueco entre sus cuerpos.
Me agacho un poco y tiendo el dinero.
La mano que lo coge es de una blancura espectral
a la luz fluorescente del primer mundo,
que cae del falso techo con cruel nitidez quirúrgica.
Joder, dice el tal Ramón. Gracias.
Muchas gracias, dice su compañero.
Por qué es la respuesta que me viene a la mente.
Pero lo que contesto es de nada.
Y supongo que es la respuesta correcta.
De nada. No he hecho nada.
Nunca nada. Nada siempre.
Y entonces salgo de allí.
Cansado.
Mal.
Aturdido.
Cerca, muy cerca del k.o.
Pero aún en pie.

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