CUIDADO

Primero llamarás libertad a no estar preso

Más tarde llamarás amor a no estar solo

Y cuando quieras llamar vida a no estar

[m u e r t o]

tu boca ya estará llena de tierra

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HISTORIA DE FAMILIA

Aquel tipo que vivió con nosotros a principios de los noventa. Cómo se llamaba… Teo, me parece. Tal vez Simón. Da igual. El caso es que una mañana se fue a trabajar y no volvimos a verlo. Me jodió; se portaba bastante bien con mi hermano y conmigo. Le gustaba el fútbol y pasaba de nuestras notas. A mí madre también le afectó su marcha. No era la primera ni la tercera vez que la abandonaban, pero creo que quería de verdad a aquel hombre. Tal vez por eso un par de semanas más tarde, con la primera nevada, nos metió en el coche y fuimos a la sierra. El enano y yo queríamos deslizarnos entre los pinos subidos a las fundas de los asientos, pero mi madre nos sugirió que hiciéramos un muñeco de nieve. No le hicimos mucho caso, así que enseguida nos lo ordenó a base de collejas. Obedecimos. No teníamos zanahoria, ni botones ni nada con lo que customizar el trabajo… La cosa quedó bastante minimalista: un enorme cilindro de nieve a modo de tronco, y una gran bola por cabeza. Muy bien, dijo mi madre, así está perfecto. Durante la media hora siguiente vimos cómo vestía al hombre blanco con las ropas que fue sacando del maletero. Reconocí los pantalones de pana de Teo o como se llamara. También su anorak Karhu con ese roto en el codo derecho. Le subió la cremallera, se abrazó al muñeco y le dio un beso en la boca inexistente y helada. Luego fue hasta al maletero y sacó una lata de gasolina. Volvió y rocío con ella al hombre. Le prendió fuego con una cerilla. Nos quedamos allí de pie un buen rato, viéndolo arder y derretirse bajo la nevada, sintiendo su calor en las mejillas, cada vez más  y más débil.

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PARTE METEOROLÓGICO

“Fuertes nevadas en El interior”.

Puto hombre del tiempo… ¿Cómo lo sabe?

Recorro el pasillo como un alce perdido.

La cabeza de un lado a otro. Mareado.

Olfateo el aire penumbroso, viciado.

Dios, he perdido el rastro de la vida.

La manada se ha olvidado de mí.

Y me muero de hambre.

Brotes verdes, decían.

¿Dónde?

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EFECTOS SECUNDARIOS

Cae otra vez la noche y doy una vuelta por el barrio.
Pienso en la lista de la compra de mañana mientras
los hijos de los hijos de los hijos de gloriosos reyes incas
lavan platos por horas en restaurantes chinos periféricos
mientras el mundo olvida el significado de palabras mágicas
como por ejemplo decencia y amor y sabiduría y dolor
mientras las madres de Occidente meditan seriamente
si por fin les ha llegado la hora de perpetuar la especie
mientras los padres de Occidente pasean a sus perros
con una bolsa de Decathlon, Zara o Carrefour en la mano.
Tengo que comprar pasta de dientes, eso está claro.
Ahora bien, la quiero con flúor o con efecto blanqueador.
La cuestión me parece de una complejidad inabarcable.
Los aspersores de un parterre se conectan entonces.
Miro el reloj: son exactamente las doce y veintidós.
Por qué ahora, me pregunto. Por qué justo ahora.
Qué clase de dios programa el momento preciso
en que la lluvia falsa debe alimentar las flores secas.
Ah, todas esas flores parduzcas muriendo despacio
entre deposiciones caninas y plagas controladas.
Si tuvieran boca esas flores, me pregunto otra vez:
La abrirían para beberse su regalo, o para gritar.
Si sus raíces tuvieran las facultades de extremidades:
Se quedarían en el jardín pelado o correrían hacia la nada.
Me duele la cabeza. Aspirinas, que no se me olvide.
Y agua embotellada y beefeater y fabada litoral.
No sé si vivo en un estado de confusión o de lucidez.
Me da la impresión, eso sí, de que la duda eterna
es el principal efecto secundario de nuestra civilización.
De esta guerra laboral y sentimental fría sin tregua.
Pasa una chica en bicicleta, a velocidad de paseo.
Farolas anaranjadas reflejadas en su pelo negro.
Pasa la chica en bicicleta, minifalda, juventud, piernas.
Imagino el olor del viento entre sus tersos muslos,
y soy consciente de mi polla por vez primera en seis meses.
Pasa la chica en bicicleta, pasa de largo hacia otro mundo.
Lo cual, por supuesto, no me suscita pregunta alguna.

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EN EL METRO

La chica

de enfrente

lee esa antología

en la que colé un poema

todavía no me explico cómo.

Me pregunto qué le parecerá el mío.

Y entonces alza la cabeza, me mira y sonríe.

El poema, por cierto, decía algo así:

La chica

de enfrente

lee esa antología

en la que colé un poema

todavía no me explico cómo.

Me pregunto qué le parecerá el mío.

Y entonces alza la cabeza, me mira y, sí:

vuelve a sonreír.

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DRÁCULA

Se llamaba Pedro

pero para nosotros era Drácula.

Jamás bajaba a jugar.

Tan solo le entreveíamos en su balcón

de vez en cuando,

siempre ya anochecido.

Así que, claro: era Drácula.

Y además estaba su color, su mal color.

Eh, Drácula, eh, Draculín,

le gritábamos desde la calle,

¿tienes miedo de nosotros o qué, bicho raro?

Y el chaval se retiraba a la seguridad de su casa.

Dejad en paz a Pedro,

nos decía alguna gente del bloque,

el pobrecillo está enfermo, tiene leucemia.

Pero teníamos nueve años

y no entendíamos de tragedias,

así que Pedro no estaba enfermo; era un vampiro,

y tampoco se llamaba Pedro; se llamaba Drácula.

Ojalá hubiera sido así.

Ojalá hubieras tenido colmillos.

Habríamos merecido que nos vaciaras las venas.

En fin, hoy me he acordado de ti, no sé por qué.

Y te quiero decir lo siento, tío.

Lo siento, Pedro.

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LLAMADA

Como en las películas, 
esta madrugada a mi paso
la cabina telefónica suena, suena. 
Me acerco y la observo estupefacto.
Pongo la mano sobre el auricular.
Dudo un segundo, y la retiro.
Hoy, prefiero el misterio.
Irme a dormir.
Soñar que eras tú quien llamaba.
Despertar y no acordarme de nada.

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