El contexto lo es todo

Los horribles invernaderos de Almería
extendiéndose hasta el horizonte
en la bruma roja del amanecer
afuera de la ventanilla,
son preciosos.
Este tren me lleva a ti. Todo está bien.

Publicado en POEMAS | Deja un comentario

Hora punta

Ahí estaba,

80 años como mínimo

con su bastón y un sombrero

cruzando la avenida en hora punta

y por supuesto

no por el paso de peatones.

Ahí estaba.

Ajeno a los insultos,

ajeno a los bocinazos,

enloqueciendo a los conductores,

deteniendo el rodar del mundo.

Ahí estaba:

imperturbable.

Como si las señales de tráfico

no fueran con él.

Como si tuviera derecho a marcar

su propio

ritmo.

Ahí estaba:

a la suya.

Y pensé:

Qué coño,

después de toda una vida,

seguro que se lo ha ganado.

Publicado en POEMAS | Deja un comentario

Ya

El temporal que llevaban días anunciando en las noticias por fin había llegado a la ciudad. Y la había azotado con auténtica furia.
Desde su oficina en la planta 20 del edificio Edificio había pasado buena parte de la tarde contemplando el espectáculo de la tormenta.
El viento había derribado una grúa enfrente, y la M del McDonald’s yacía en el suelo. La rampa de entrada al parking de la esquina tan pronto tragaba como vomitaba largas lenguas de agua sucia. Los árboles grandes habían sido arrancados, los pequeños se combaban al viento, deshojados. Algunas cornisas se habían desprendido. Las sirenas de policía y bomberos creaban esferas de color en la lluvia gris.
Le resultaba extraño presenciar todo ese caos desde el silencio de su despacho, solo roto por el zumbido estático del ordenador. Pero sobre todo le parecía algo hermoso, algo digno de ver, más grandioso que el sol. Enseguida, sin embargo, se avergonzó de pensarlo.
Ahora, de vuelta del trabajo, lo peor había pasado.
El vendaval había amainado, pero todavía llovía con intensidad. El tráfico no fluía bajo los últimos relámpagos. Muchos semáforos habían desaparecido. Los que aún seguían en pie no funcionaban.
En cierto momento le pareció reconocer a su padre empapado bajo la lluvia, delante del escaparate de una floristería, con un niño con capucha cogido a su mano, sus ojos inmensos y limpios brillando en la penumbra.
Un autobús se había interpuesto entonces entre ellos. Cuando volvió a tener ángulo de visión ya no había nadie en la acera.
En cualquier caso, era él, era su padre. Estaba seguro, pero no se lo diría a nadie porque le contestarían que su padre había muerto hacía más de cinco años.
Se miró en el espejo retrovisor. Le picaban los ojos, pequeños, hinchados y rojos. Tardó unos segundos en entender que estaba llorando. Se secó con los puños de la camisa y, venciendo la tentación de reclinar el asiento, apagar el motor y quedarse ahí echado hasta que alguien competente y a ser posible amable viniera a por él y lo pusiera a salvo, continuó su camino de todos las noches.
Cuando por fin aparcó frente a su casa no supo si alegrarse o entristecerse de encontrarla en pie, intacta. Lo único que podía pensar era que si la vida le tenía reservado algo importante, fuera maravilloso o terrible, tenía que dárselo ya.

Publicado en PROSAS | 1 comentario

Verano

1986
Maradona
en todas las teles
demostrando que sí, 
que dios iba con los pobres 
y yo en el balcón comiendo sandía 
Toda esa dulzura inundando mi boca
Agua fresca para una sed pura y sencilla 
La certeza de que el barrio nos vendría pequeño
Eso era el verano:
lo que un niño imagina 
Eso fue
Eso será

Publicado en POEMAS | Etiquetado , | Deja un comentario

NADA ES LO QUE PARECE

Hoy una anciana me ha confundido con su hijo muerto.

Iba yo en el bus y de repente la mujer se ha abalanzado sobre mí con una agilidad increíble para alguien de su edad, y se ha puesto a besarme las mejillas una y otra vez, sonoramente.

La señora iba acompañada por otra más joven, su hija, que me ha explicado lo que pasaba mientras la anciana repetía Jose, Jose y lloraba de alegría apretándome una mano entre las suyas. Sus palmas eran papel de lija, el resultado de una vida dura.

Durante unos instantes, es verdad, me he sentido un poco más desorientado de lo habitual. No sabía muy bien qué hacer ni decir. Pero enseguida he decidido sentirme bien por el simple hecho de recibir amor e inspirar alegría. Después de todo la señora parecía feliz con la confusión, tal vez más feliz que nunca en su vida, quién sabe.

De modo que:

–Aquí estoy, madre –le he dicho–; te quiero.

Su hija me miraba entre ilusionada y desconfiada, como si estuviéramos haciendo una travesura, algo divertido pero inapropiado. Como si estuviéramos engañando a la pobre vieja. Y sí, eso era exactamente lo que estábamos haciendo.

Sin embargo, qué más da que la sonrisa de la anciana fuera producto de un truco, de un pequeño error de apreciación… A la larga casi todas las sonrisas lo son, al fin y al cabo. Y está muy bien que así sea. Si el amor de una madre, el amor de cualquiera, dependiera de merecerlo, estaríamos apañados.

Así que nada más bajar del bus he llamado a la mía, y le ha dado las gracias.

Publicado en PROSAS | Deja un comentario

Navegador

Un amigo me dio aquel trasto, me refiero al navegador. Me dijo que se había comprado uno nuevo. Le di las gracias y lo guardé en la guantera.
Al domingo siguiente, cuando iba a lavar el coche, me acordé de él. Lo cogí y lo examiné durante un rato. A punto estuve de tirarlo por la ventanilla; al fin y al cabo me conozco la ciudad como la palma de mi mano y ningún viaje entraba en mis posibilidades. Pero por alguna razón cambié de opinión y contra todo pronóstico conseguí instalarlo. 
Decidí probar qué tal funcionaba. El cacharro me solicitó que introdujera mi DESTINO. Pensé un poco y  sin demasiada fe, la verdad, acabé introduciendo EL PARAÍSO. Para mi sorpresa el aparato reconoció de inmediato la dirección. En un instante calculó la ruta hacia el sueño de todo hombre. Resultó que el Paraíso estaba a tan solo 53,4 kilómetros. Dios, era maravilloso. Y además me llegaba el diésel. Así que me dispuse a obedecer las instrucciones de la pantalla como si se tratara de la mismísima palabra de Dios. Sí, seguí la flecha verde sintiendo el fervor crecer en mí a cada metro, como un flamante devoto, como un judío recién convertido. 
Mi Moisés tecnológico me condujo sin vacilar a través de un desierto de invernaderos transgénicos, polígonos de uralita, campos polvorientos y pueblos semiabandonados hasta la periferia de una ciudad de tercera sembrada de enormes rotondas. 
La última de ellas me encauzó a una recta final de 800 metros que desembocaba en un recinto amurallado por pequeños cipreses sobre cuya entrada porticada un cartel anunciaba en gigantescas letras verdes: EL PARAÍSO.
Lo había conseguido. Mientras recorría triunfal los últimos metros me entraron ganas de gritar aleluya, y lo hice. No cabía en mí de gozo cuando me detuve ante la barrera blanquirroja que había entre dos garitas y bajé del coche dispuesto a levantarla.
–¡Eh, tú! –gritó una voz entonces.
Miré a mi alrededor. Un hombre muy corpulento de uniforme trotaba directo hacia mí. Me pareció que se estaba subiendo la bragueta. 
–Buenos días –le dije sonriente cuando llegó a mi lado.
–¿Qué cojones estás haciendo? 
Me sorprendió un poco su brusquedad, pero estaba tan feliz que decidí pasarla por alto. Amablemente le expliqué: 
–Disculpe usted, solo quiero entrar al Paraíso. 
–Otro con la misma gilipollez… Venga, no me toques los huevos y tira por donde has venido.
–Oiga, señor Custodio, permítame decirle que esas no son formas para alguien de su cargo.
Por alguna razón incomprensible el hombre se tomó realmente mal mis palabras. Me cogió en volandas y me metió en mi coche.
–Te he dicho que arreando si no quieres que te dé de hostias y además llame a la policía. 
Quise replicar, pero fue separar los labios y que aquel celoso guardián me propinara un humillante bofetón en la mejilla izquierda. Dudé por un momento si poner la otra. Decidí abstenerme; mi recién adquirida fe se escapaba de mí a borbotones.
En fin, sí, me di por vencido. Metí la marcha atrás y me alejé con pesar del Paraíso. Me dio tiempo a ver unas cuantas casitas blancas ajardinadas y un puñado de coches de alta gama que brillaban al sol como descomunales lingotes de metales preciosos multicolores. Unos niños que paseaban a sus caniches se habían acercado al rumor del altercado. Eran rubios como ángeles, y me miraban con una indiferencia espeluznante. El aire que entraba por la ventanilla olía a jazmín y barbacoa y contenía también un leve matiz sintético, como de goma o caucho.
Lo respiré hondo, maniobré y puse rumbo a casa jurándome no contarle nunca a nadie que el Paraíso no existe.

Publicado en PROSAS | Deja un comentario

El mensajero

He erigido una civilización sobre tu nombre.
Sus leyes son cuentos. Sus himnos, poemas.
Dondequiera que vaya viajas conmigo.
Mi mente es tu imperio. Mi lengua tu embajada.
Soy un mensajero de lo fantástico.

Publicado en POEMAS | Deja un comentario