Historia Antigua

Llegará el día.
Hablaremos de la carne y el pecado
como de las pirámides de Egipto,
los templos romanos,
las ciudades incas.
La piel será piedra
bajo toneladas de olvido.
Un día seremos historia antigua.
Pero hoy no.

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Austin – Fresno

Hace unos diez años.
En Estados Unidos.
Un bus interestatal
en trayecto,
no recuerdo,
digamos de Austin a Fresno,
hace una parada técnica
en mitad de la noche.
Y lo normal:
unos siguen durmiendo,
otros se desperezan,
bajan a tomar un café,
fumarse lo que puedan,
estirar las piernas,
escapar por unos minutos
del olor a zapato sudado
y moqueta recalentada.
Y de pronto
alguien ve algo sospechoso
en ese chico oriental
del fondo.
Koreano, decía el periódico.
Algo raro en sus ojos
y en su manera de mascar
y mascar y mascar emitiendo
tímidos gemidos de placer.
Entonces, supongo,
algún valiente decide acercarse.
Y ve el cuerpo de otro joven
en el asiento de delante del koreano,
desmadejado sobre la butaca,
vencido contra la ventanilla.
Y ve que no tiene cabeza.
Y enseguida
distingue el brillo
alrededor de los labios del asiático,
el brillo rojo oscuro,
muy oscuro, casi negro
a la luz de la luna menguante.
Y luego el valiente ve
la cabeza en el regazo del monstruo.
Y por último
cómo este la levanta entre sus manos,
se la lleva a la boca
y le arranca otro pedazo de mejilla
de un mordisco.
Me impresionó mucho aquella noticia.
Esa sensación que siempre he tenido.
En el pupitre del colegio,
en el asiento del bus,
en la cola del banco,
en el trabajo
en la cama, contigo al lado.
En todas partes. En el mundo.
La sensación de que en cualquier momento
alguien te puede cortar el cuello.
Por nada en especial.

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De eso se trata

Mirábamos las gaviotas, si es que eso eran.
En fin, aves marinas de un blanco indescriptible
planeando sobre el agua azul intenso de la tarde.
Lentas, tranquilas, casi perezosas.
Hasta que de pronto caían en picado,
zambulléndose con ruido duro en el mar
como trapos arrojados por una mano invisible.
Una tras otra: ráfagas de plumas y graznidos.
Para luego emerger y regresar a su casa de cielo,
sus alas frenéticas esparciendo gotas doradas,
y la presa agitándose en el pico,
centelleando sol vivo en la boca de la misma muerte.
De eso se trata:
robar pequeños tesoros a la inmensidad.
Apropiarse de instantes.
Atrapar la luz, y guardarla.
Como aquella tarde de la que hoy me he acordado.

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El dragón

Han pasado décadas. Y hoy me encuentro de nuevo con aquella pequeña montaña rusa que a veces recalaba en el pueblo. Bueno, con lo que queda de ella. La estructura de madera blanca que aquellos hombres oscuros levantaban junto al río ahora yace medio derruida en un descampado de extrarradio. Manchada por el tiempo. Pasto de la carcoma y del progreso. Tan solo algunos maderos en pie, ásperos como menhíres, grises como enormes huesos dorsales surgiendo en abanico del suelo para alzarse en resignada vertical hacia el cielo del anochecer, casi a regañadientes. En fin, el espinazo de un monstruo de leyenda al que hubieran desenterrado de las profundidades de su sueño fósil para ser expuesto a la intemperie, a la cruel y disminuida luz del presente innegociable.
Es aquella montaña rusa, estoy seguro. No una muy parecida, ni siquiera una idéntica. Es la montaña rusa de mi infancia, y lo sé porque la monté muchas veces con los brazos levantados hacia el azul, sintiendo en las puntas de los dedos el tacto de un universo de infinitas posibilidades. El roce del futuro al alcance de la mano. Así que la reconocería en cualquier parte. Por ejemplo aquí, treinta años después, muerta en un solar polvoriento de la periferia de la tercera ciudad del país. Ahí está la taquilla desvencijada, medio aplastada como una lata usada. Y un poco más allá, como el cadáver reseco de una serpiente entre las malas hierbas, los rieles oxidados sobre los que en los buenos tiempos el trenecillo corría como un demonio intrépido. Y aquí, justo delante de mí, volcada sobre su lado izquierdo, la imponente cabeza roja de dragón que en su día fue la punta de lanza del convoy de vagonetas. Alguien o algo le arrancó los cuernos helicoidales en algún momento entre mi niñez y hoy. Alguien o algo pateó su hocico hasta reducir su sonrisa traviesa de colmillos blancos a una mueca desdentada. Alguien o algo grabó corazones, flechas, fechas, nombres y demás gilipolleces a punta de navaja en su frente aerodinámica. Y alguien o algo duerme ahora en el interior de ese cráneo, icono de mi mitología personal: dos pies roñosos encallecidos y una manta astrosa asoman por la abertura de la nuca y descansan sobre el polvo, inmóviles, se diría incluso que inertes de no ser por los ronquidos perfumados de vino de garrafa que surgen amplificados de la boca del monstruo, único vestigio de su aliento de fuego.
Ahí está todo eso -los restos de todo Aquello- y también la casa del terror que los feriantes montaban junto a la montaña rusa y en la que nunca me atreví a entrar. Ahí está la siniestra estructura de dos alturas, ligeramente inclinada hacia un costado pero todavía robusta recortándose contra el cielo amoratado de la noche en ciernes. Todas esas ventanas desnudas de la planta superior enmarcando una oscuridad aún más cerrada que el negro mate de la pintura de la fachada. Una negrura más intensa que la de la propia noche sin farolas que acaba de posarse sobre la ciudad. Y entonces un escalofrío largo y lento me repta por la espalda como una araña de hielo negro: la mortal certeza de que lo que fue ya nunca será. Es triste, pero no tengo miedo. El dragón murió hace mucho tiempo. Exactamente el mismo que hace que no lo necesito. Así que me aparto de su cadáver y echo a andar hacia la casa, decidido a registrarla palmo a palmo.

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Copos de cereal

Una vez
vi nevar sobre el trigo.
Era de noche.
Así que
nada que contemplar, en realidad.
Un rato antes
o un rato después
el espectáculo habría sido bonito.
Ese desfase,
siempre esa extemporaneidad.
Creo que puede resumir mi vida.
Aun así
miré el cielo negro,
los campos nocturnos,
intentando disfrutar del momento.
E imaginé cómo sería a la luz del día.

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Huellas en la nieve

Apenas nacemos,

y ya nos estamos yendo.

Somos huellas en la nieve.

Tenemos los días contados.

Pero los tenemos.

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El mapa

Los gatos que de niño no tuve me han dado caza.
Por la noche se suben a mi cama. Duermen conmigo.
Desprenden pelo frío.
Noto su peso muerto sobre el colchón.
Estatuas negras en torno a mí en la oscuridad,
hundiéndose despacio en la blandura de la memoria
como piedras en un mar nocturno,
como un ferry ilegal malayo.
Irremisiblemente.
Y yo ahí, quieto, los ojos abiertos en balde, las pupilas ciegas dilatadas.
Me siento el protagonista de una ceremonia fúnebre.
Lo soy.
Tal vez no debiera estar presenciando esto.
Estoy diciendo que:
Ha muerto una parte de mí.
Jamás conocí a mi padre.
Lo cual, debo decirlo, jamás me dolió.
Fui un niño feliz, no me faltó de nada.
Pero hace ya un tiempo que me aplasta la nostalgia de lo ignorado.
No saber y por tanto no poder
querer,
odiar,
perdonar,
cuidar,
olvidar.
De pronto comprender que esa insaciable nostalgia
será todo cuanto quede al respecto:
Cuestiones tan simples y tan irresolubles.
Quiero decir:
Cuestiones como:
¿nos habríamos parecido?
¿Tendría como yo un ojo de cada color?
¿También era alérgico al salmón?
¿O precisamente no lo soporto porque él los pescó en ríos mejores?

En definitiva:
Supongo que ya no soy un niño.
Supongo que me hago viejo.
Y necesito un mapa
para llegar donde no quiero.

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