03
Feb
10

2010

Desperté. Estaba tirado en el sofá de la salita. Por la luz que entraba por la ventana estaba claro que la mañana había terminado hacía ya rato. Me dolía la cabeza, me dolían los ojos y cada vez que tragaba saliva sentía una especie de arañazo en la garganta. Al incorporarme me entraron ganas de vomitar. Lo hice, pero poco. Llené de bilis los carrillos, apreté fuerte los labios y los puños y empujé todo aquel líquido agrio y recalentado hacia abajo, a su lugar de origen. Nunca me ha gustado vomitar. Es feo, nada elegante. Y sin siquiera tener que verme en el espejo sabía que un toque extra de deterioro era lo último necesitaba en ese momento. Me apetecía ducharme, eso sí. Me apetecía mucho. Era urgente quitarme de encima el olor y el sabor y hasta la textura que se habían apropiado de mi cuerpo. Pero el baño estaba y sigue estando al final del pasillo. A unos diez metros de donde yo pugnaba por despertar del todo, recuperarme, recuperar el control o creer que podía recuperarlo. Diez metros. Diez razones para que se impusiera la pereza. De modo que me quedé allí sentado, empezando a notar en mi espalda las consecuencias de haber pasado la noche en un sofá hecho trizas. Pensando como en sueños en alargar el brazo y coger el mando a distancia. Preguntándome como en sueños por qué cojones no había dormido en mi cama. Reconozco que algo intuía. Pero lo que pasaba por mi cabeza era como una sucesión rapidísima de fotos inconexas y movidas. Todo muy difuso, demasiado. Algo imposible de analizar de manera mínimamente objetiva, y menos aún hundido en plena resaca. Así que opté por decirme que las imágenes eran los últimos coletazos de un mal sueño de borrachera o, como mucho, recuerdos grotescamente deformados de cosas que había vivido o imaginado durante la noche anterior. En definitiva, decidí ser benévolo conmigo mismo. Al fin y al cabo, era 1 de enero. Año Nuevo. Y si no ¡Feliz!, al menos quería pasarlo tranquilo. Atontado, distraído. Por eso hice un esfuerzo y alcancé el mando a distancia. En La 1 reponían el programaespecialresumenmejoresmomentos del año pasado. En La 2 un hombre calvo y barbudo fumaba en pipa mientras ilustraba a los que habíamos sobrevivido al 2009 con sabios consejos, técnicas y hasta tácticas destinados a alcanzar la plenitud personal, superarse a sí mismo y ser mejor ser humano en el año recién nacido. Cambié. Cambié, cambié y cambié. En todos los demás canales, salvo en una televisión local en la que un predicador de aspecto caribeño aseguraba a voz en grito y con los ojos muy abiertos que según un calendario precolombino ya sólo quedaban dos años para el fin del mundo, también repetían los Especiales 2009 que habían emitido el día anterior. Dudé fugazmente. El hombre de La 2 parecía buen tipo además de sabio. Pero en seguida supuse que sería tan falso como el común de los mortales. Probablemente me resultaba afable por ser calvo y barbudo, padecer cierto sobrepeso y tener la extravagancia de fumar tabaco en pipa, y por nada más. Además, quién coño era él para indicarnos cómo teníamos que proceder. Lo más seguro era que no fuera más que un gestor de Recursos Humanos o un psicólogo de medio pelo. Nadie, en resumen. A la mierda. Prefería ver los High Lights de 2009. Con un poco de suerte pondrían alguna catástrofe aérea o el desnudo robado/posado de cualquier estrellita de cine. Cosas sencillas, sin pretensiones intelectuales. Simplemente miedo, deseo, morbo, violencia y demás instintos primarios. Pero después de regalarme por enésima vez la imagen de Puyol levantando la Champions la pantalla emitió la cara de Aminatu Haidar. Era de antes de que regresara a su casa, cuando comía, dormía y cagaba en un cuartito del aeropuerto de Tenerife y tenía a los buitres de comunicación pendientes de cada uno de sus precarios movimientos y aún más precarias palabras. Vamos, cuando su piel parecía de cera vieja y hablaba con un hilito de voz. El caso es que, quizá con un poco de retraso con respecto a cuando debí haberlo hecho, pensé: joder, qué puto asco me da esta tía. Ella y el resto de abanderados de grandes causas. Su reivindicación y todas las buenas intenciones tan “de moda” que determinan si eres un humano correcto o incorrecto. El problema del cambio climático, la libre determinación del Tíbet, las matanzas de focas en Canadá. Sí: qué asco, pensé. Un asco, en realidad, mezclado con envidia. Porque lo que se retorcía en algún hueco primario de mi cerebro luchando por escalar hasta estadios más conscientes de pensamiento, hasta el mecanismo de expresión verbal o ése que te hace coger lo primero que tienes a mano y lanzarlo contra el televisor, era sencillamente rencor. Un rencor puro y brillante y afilado contra todos esos estandartes de la grandeza y la bondad humanas, y contra todos sus seguidores. Un odio envidioso contra todos, azules o  rojos, ricos o pobres o anodina y aplastantemente mayoritaria clase media. Contra todos los que son capaces de sentir sus vidas plenas con sólo ponerse un pin en la solaba o una pegatina en el cristal de su coche que demuestren lo comprometidos que están en la mejora del mundo de mierda en que les ha tocado vivir. De verdad: de repente, el 1 de enero de 2010, envidié profundamente a millones y millones de personas por el modo en apariencia natural en que se desenvolvían sobre La Tierra. Y durante uno o dos segundos deseé con todas mis fuerzas ser como ellos. Por suerte, la locura me duró poco. Como en un flash rescatador visualicé el par de latas de cerveza que suelo esconder de mí mismo, reservadas para ocasiones especiales, en el cajón de la nevera donde guardo las verduras. El remedio ideal para la resaca, dicen a menudo. El remedio más probable para mi resaca y para todo lo demás, me dije yo. Y un objetivo más o menos estimulante para levantarme del sofá. Así que con una mano me agarré el estómago revuelto y con la otra me impulsé para incorporarme. No logré estirar por completo la espalda; la noche anterior debía haberme despedido del 2009 por todo lo alto o, quizá, lo bajo. Medio encogido recorrí el pasillo contando las bolas de pelusa que se acumulaban en el rodapié hasta que frente a la puerta de mi habitación encontré una pierna ortopédica apoyada en la pared. Una imagen potente y, al menos para mí, poco habitual. Una imagen que, en principio, debía haber rellenado algunas de mis lagunas cerebrales acerca de la noche anterior. Pero no fue así. Necesité empujar la puerta entreabierta y asomar la cabeza para obtener más información. En mi cama dormía una chica completamente desnuda. O desnuda al 75%, como queráis. Me quedé un rato mirándola. Era guapa y roncaba tranquila y con la comisura izquierda de sus labios levemente estirada hacia arriba, como en un amago de sonrisa, a pesar de que supuse que la vida no le había tratado demasiado bien. Me quedé un rato más mirándola y decidí esperar a que se despertara para proponerle que se tomara conmigo una de mis cervezas especiales. Quise pensar que aceptaría ser partícipe de la pequeña causa que me había traído el 2010.

14
Dic
09

Arpones

No sé muy bien qué hago en la calle a las 10:00 de la mañana. Probablemente la razón sea la habitual: buscar la sensación de que aprovecho el tiempo de algún modo, que voy y vengo y voy como cualquier otro ser vivo. Y sí, a veces me basta con dar una vuelta por los alrededores y oír el ruido del tráfico y el blablabla subterráneo de la gente para creerme medio integrado en una especie de Todo confuso y hostil pero Todo al fin y al cabo. Sin embargo, lo cierto es que es excepcional que esto me sirva de algo. Hoy tampoco me está siendo útil. Al contrario; no me he alejado más de cien metros de casa y ya estoy saturado de recorrer este Esto en el que he nacido y vivo y procuro vivir un día más. Así que cuando estoy a la altura de la armería de la esquina doy media vuelta sin siquiera echar un vistazo a lo que hay en su escaparate. Sin tan siquiera fantasear con la idea de que si viviera en USA podría odiar también a la gente con casas con jardín y con tartas de manzana en la ventana y con rancheras con puertas de contrachapado y con perros llamados Skip y con rifles bajo la almohada. Podría odiar a los hiphoperos del cuarto mundo rellenos de crack. Y a los gerentes de motel rancio de superautopista. Y a los brokers y a los vaqueros analfabetos y a las patinadoras de Malibú con sus piernas intocables. Y entonces escribiría mejor. Mucho mejor. Y tendría más posibilidades de que un tarado llegara a ser el mandamás de una editorial de medio pelo y de que debido por una parte a su cociente de borderline y por otra a mi exótico nombre europeo decidiera publicarme algo. Porque aquí todo es light. Jodidamente light. Desde las armerías hasta las editoriales, pasando por la tristeza, la felicidad, la mediocridad, el éxito, el fracaso, el amor e incluso la violencia de la gente. De manera que decido desandar el trecho mirando al suelo y encerrarme en mi cuartito a intentar poner algo por escrito o a intentar poner algo en orden, que viene a ser lo mismo. Quienes se cruzan conmigo durante el breve trayecto podrían no ser nadie o ser mi padre, mi jefe, mi asesino o la futura madre de mis hijos, pero eso es una remota posibilidad que prefiero matar por completo. Prefiero reducirlos a todos a un par de piernas, sin cara y sin voz. Simples piernas, todas ellas calzadas con zapatos de mal gusto, lo cual me hace aún más fácil de lo normal despreciar a sus propietarios, o compadecerlos si su falta de elegancia es especialmente lamentable. Por suerte o por desgracia, cuando estoy a punto de alcanzar la seguridad fría de mi portal algo se me mete en la nariz. Un aroma que se impone sobre el tufo del humo, el asfalto y la basura más o menos orgánica en descomposición. Sin duda, huele a perfume femenino. Pero lo que estoy inhalando no es solamente una combinación de extractos aromáticos y potenciadores químicos. Lo sé porque una de las cosas que hago cuando me aburro o me asqueo más de la cuenta es recorrer la sección de Salud y Belleza del supermercado de aquí al lado. Higiene y Cosmética sería más exacto. En cualquier caso, no importa. El hecho es que me planto allí y me rocío con esos mejunjes que las chicas y las mujeres de barrio se ponen para sentirse un poco más guapas. Naturalmente, ninguno de los que pueblan la estantería supera los treinta euros. Pero da igual; todos huelen bien. Mejor dicho: todos huelen de un modo agradable, dulce, tranquilo. Huelen mucho mejor, sea el que sea, que una alcantarilla o que mi piso de alquiler compartido. Y, qué coño, con eso basta para vaporizármelo sobre las muñecas, detrás de las orejas o a lo largo de la yugular. Así que los conozco bien, y lo que estoy oliendo recuerda a uno que descubrí el otro día medio oculto al fondo del estante; aunque sólo vagamente. No me acuerdo de su nombre. Sé que no era Farala ni ninguno de esa calaña. Era uno que jamás había oído nombrar y del que no había visto nunca un miserable anuncio. Sentí curiosidad por conocerlo y me eché un poco en la muñeca. Ya no pude librarme de él en todo el día. Era un olor peculiar, como a flores, sí, pero flores de jardín de ciudad, mustias y sucias y que únicamente crecen gracias a los abonos industriales que les suministra el servicio de jardinería del ayuntamiento. Lo que quiero decir es que su esencia olía bien pero al mismo tiempo no evocaba nada especial. No pecaba por empalagoso ni por seco. Simplemente era un aroma discreto, ni vulgar ni arrebatador. Algo inocuo a lo que resultaba fácil acostumbrarse pero que a la vez no podías dejar de considerar una novedad agradable y digna de conservar en tu mundo. Justo igual que un parque o un jardín: una cosa diseñada para disimilar lo feo de una ciudad. Justo eso era aquella colonia: una cosa diseñada para disimular un poco lo feo de una persona. Una compañía inofensiva, cómoda y predecible. Un mero adorno. Anestesia ante la nada, y poco más. Y quizá el hecho de que se notara que no aspiraba a ser nada más fue lo que consiguió dejar marcada mi pituitaria. Quizá. Sea como sea, ya digo, no logré quitármelo de encima ni lavándome dos veces las manos. Y ahora vuelvo a percibirlo justo cuando estoy a punto de refugiarme en casa. Ya estoy tocando las llaves en el fondo del bolsillo y el olorcillo me sorprende y me hace levantar la vista en busca de su origen. O igual es lo que he dicho antes: igual todo lo que pasa es que en realidad no quiero enclaustrarme de nuevo. Puede que algo en mi interior me impulse a intentar aprovechar cualquier ocasión de distracción. Puede, incluso, que sólo se trate de hambre. No necesito esforzarme demasiado para llegar a la conclusión de que la ráfaga perfumada proviene del par de zapatos rojos de tacón que he visto pasar hace unos segundos, justo antes de unas deportivas chillonamente multicolor y después de unos mocasines desgastados. Así que me giro y arrastro la mirada por la acera y los localizo unos diez metros calle arriba o calle abajo, no sé, emitiendo a cada paso estridentes impulsos visuales que se clavan zaszaszas en mis pupilas. Como arpones, retienen mi visión y la arrastran con ellos. Y no es que sean especialmente bonitos. Son dos zapatos imitación de piel, con los bordes de las suelas repintados y tacos de goma en los tacones. Ni siquiera suenan como tendrían que sonar al pisar. Pero son rojos y brillan un poco, y eso es mucho más de lo que ofrecen todos los demás bultos que se mueven en el gris. Un buen reclamo, en definitiva. Al menos, un reclamo fugazmente atractivo desde una perspectiva sensorial, primaria. Lo seguiré un rato, por hacer algo, hasta que se diluya entre las pezuñas como el perfume barato en la polución. No le doy más de dos manzanas de vida. Lo malo es que a veces las cosas huecas dan de sí más de lo esperado. Corres el riesgo de que te atrapen para siempre. Me basta con atreverme a levantar la barbilla un segundo para ratificarlo por enésima vez. Ver a toda esa gente vacía, sin una verdadera expresión en sus caras, como resignados a esperar eternamente algo que nunca llegará porque para eso deberían dejar de recorrer el mismo tramo de acera día tras día. Engañándose a sí mismos. Intentando convencerse de que las cosas no les van tan mal porque quizá el mes que viene les suban diez euros el sueldo, porque su pareja les ha dicho que siempre les querrá o porque el perro por fin ha aprendido a no mearse en la alfombra. Con todo, me concentro en el filo de esos tacones y me digo que estaría bien mantenerlos a mi alcance más de dos manzanas. No, no sería un mal final.

02
Dic
09

Un montón de tiempo

Un montón de tiempo sin pasearme por ahí pero de repente se me viene todo encima y el cráneo empieza a palpitarme y a crujir como si estuviera sometido a la presión de diez o cien atmósferas y al poco me veo imprimiendo copias y más copias de mi currículum con la intención de entregarlas en cualquier negocio enorme o en cualquier negocio diminuto del centro de la ciudad y salgo a la calle con prisa y con la carpeta bajo el brazo y sin querer pensar demasiado en lo lógico u absurdo de mi decisión sino simplemente en llegar lo antes posible a mis destinos y poner mi futuro entero en manos de sus respectivos encargados, subencargados, responsables de personal o de cualquiera que sea el cargo que ostenten las caras que se parapetarán, seguro, tras el mostrador en cuestión. Caras idénticas, todas como alargados triángulos isósceles apuntando hacia abajo. No sé a vosotros, pero a mí casi todo el mundo me da la impresión de tener cara de triste triángulo isósceles, ya sea una joven resolutiva y con perfil comercial que tenga que decidir sobre mi idoneidad para ocupar un mierdoso puesto de trabajo, un viejo a quien vea dando de comer a los patos en algún estanque sucio o un niño que entra o sale del colegio cargando con una mochila más grande que él. Pero no nos desviemos del asunto. El caso es que por este barrio de mierda no pasa ningún bus en esa dirección así que me toca ponerme a patear kilómetros. Las cosas están como siempre. No es que hayan pasado años desde la última vez que anduve por las calles a media mañana pero debo reconocer que en el fondo soy un gilipollas porque nunca consigo matar del todo la esperanza de que en la próxima mirada que le eche al mundo lo vea un poco mejor. Pero qué va, ya digo, las cosas están como siempre. Lo único distinto es el frío. Ya ha llegado. Un frío de cojones pero casi mejor así porque sudar entre toda esta basura en movimiento me haría sentirme aún más sucio. Y mejor también no haber pillado el autobús. Por alguna razón siempre me toca sentarme junto a uno de esos especímenes de humanoide que no pueden mantener la boca cerrada. Aunque no te conozcan de nada, aunque por tu lenguaje no verbal intuyan que de no ser por la severa condena que castiga el asesinato ya les habrías cortado el cuello y arrancado las cuerdas vocales. Siempre hay alguien dispuesto a plantar su culo en el asiento de al lado e iluminar tu día con una cháchara infrahumana sobre lo caras que se han puesto las acelgas y que la culpa de todo la tiene el gobierno o que a su nuera le han detectado un cáncer de mama o a su hijo un cáncer de huevos o, en fin, cualquier otra cosa igual de fascinante. Y el charlatán o charlatana de turno –seamos políticamente correctos- no se contentará con ejercer ese incomprensible derecho social a derramar sobre tu cerebro hasta la última gota de su mierda vital. Ni de coña. De tanto en tanto hará una pausa y te mirará como intentando percibir en ti alguna reacción a su discurso, algo que le anime a proseguir su verborrea sin empezar a rumiar la idea de que quizá, sólo quizá, un quizá minúsculo y remotísimo pero un quizá al fin y al cabo, te trae sin cuidado su vida o su muerte y, obviamente, cualquiera de las palabras que pueda vomitar a través del megáfono que tiene por boca. De manera que mucho mejor no haber cogido el transporte público y poder así mantener la saludable distancia de seguridad con los peligros del mundo exterior. Lo malo es que no hay mecanismo de defensa capaz de borrar antes de que queden registradas en mi cerebro las imágenes que me entran por los ojos y recorren mis nervios ópticos en dirección a mi análisis y, lo que es peor, a mi memoria. No puedo hacer como que no veo a los yonkis que pululan por este barrio de mala muerte a la caza de cigarros, céntimos y, a veces, una simple interacción humana para la que no se sienten legitimados, a diferencia de los loros de autobús. La saliva que se les apelmaza en las comisuras de los labios se queda impregnada en mi cabeza, contaminándome un poco más. Me hace pensar en lo diferentes que pueden llegar a ser los objetivos vitales de seres que comparten el mismo mapa genético. Me hace imaginar el insuperable grado de felicidad que alcanzarían sus seres queridos simplemente si sus hijos o hermanos o padres politoxicómanos consiguieran vivir un día sin meterse nada en el cuerpo. Y por muy machacados física y psíquicamente que estén no puedo evitar envidiarles desde algún fondo tan siniestro como lúcido de mi entendimiento. Al fin y al cabo, ellos lo tienen fácil: les bastaría con desengancharse de un par de sustancias que en realidad ni siquiera necesitan para alcanzar el éxito a ojos de todo el mundo, de eso que llamamos Sociedad. Recuperarían su lugar en el mundo decente en tan sólo un momento. Podrían dar charlas en institutos o ser la estrella de la telebasura esa de Hermano Mayor que ponen en Cuatro. Serían modelos de dignidad, de superación, de humanidad, de toda esa mierda grandilocuente. Auténticos y deslumbrantes modelos de vida. Sí, ellos lo tienen fácil. Porque lo que de verdad es muy jodido es acabar recorriendo la ciudad para trabajar en cualquier cosa que podría desempeñar un chimpancé para tranquilizar tu mente, que cada cierto tiempo se te satura de miedos y convenciones y discursos paternalistas, y las mentes de aquéllos a quienes importas. Lo insondablemente jodido no es renunciar a lo que te inyectas en las venas sino a lo que corre por ellas generado por ti mismo. El asco que te produce el noventa y nueve por cien de lo que ves y escuchas cada día. El intenso dolor que puede suponer intentar jugar a un juego en el que de antemano sabes que no te van a tratar con justicia. Pero nadie apreciará el mérito de esa decisión. La gente que desea lo supuestamente mejor para ti considerará que el hecho de que ahora mismo estés andando triste y sin rumbo, totalmente perdido pero con diez currículums en una carpeta vieja, no merece ningún reconocimiento. Es lo que hay que hacer, y punto. Nada de quedarte en casa e intentar sacar adelante la novela, porque eso no se ve, eso nadie lo ve, ni lo mide, ni es capaz de decir cuántas horas al mes te lleva ni, por tanto, cuántos euros al mes tendría que reportarte. Qué tanto por cien de un coche nuevo. Qué tanto por mil de una hipoteca. Es lo que pienso mientras ando y ando y dejo atrás terrazas clónicas de bares de barrio clónicos plagadas de obreros de la construcción prejubilados aún más clónicos, que no pueden dejar de hablar de lo que hacían. Y me cruzo con comerciales encorbatados que nunca quisieron serlo que llaman a los porteros automáticos con la vergüenza y la angustia pintadas en sus caras afeitadas, y sigo pensando lo mismo. Igual que cuando veo a mujeres más viejas de lo que quisieran arrastrar acera arriba el carrito de la compra, esquivando las mierdas plantadas por perros más felices que todos nosotros juntos. Y casi puedo oír el sonido que emite nuestra belleza y nuestra vida entera al resquebrajarse. Creo que mejor me siento en este banco y tomo un poco el sol. Hace frío, sí, pero no hay ni una nube en el cielo y la luz cae tan limpia como lo haría si las cosas fueran un poco mejor aquí abajo; no puedo permitirme desperdiciar este regalo. Supongo que el drogata que aparece y se sienta a mi lado y mueve su boca desdentada para pedirme un cigarro y unos céntimos y menciona el frío que hace hoy piensa lo mismo que yo. Le doy lo que quiere, pero no me atrevo a pedirle un chute de lo suyo.

26
Oct
09

Retirada temporal

Pues eso.

07
Oct
09

Sexo duro

Vino un amigo a casa y se sentó en el sofá. Durante un rato se dedicó a mirar la tele cambiando de canal una y otra y otra vez. Supuse que eso iba a ser todo, como siempre, hasta que se cansara de nadanadanada y decidiera dejarme solo de nuevo. Supuse que eso iba a ser todo: intercambiar esas frases que ya hemos pronunciado mil veces mientras vemos la basura que sale por la tele. Así que le ofrecí la cerveza de costumbre. Yo tenía el estómago hecho una mierda y no le acompañé. Me dediqué a observar con una sobriedad descorazonadora cómo un chef japonés inmensamente gordo intentaba vendernos un supercuchillo de cocina. Al principió lo aborrecí y lo odié a muerte y deseé en silencio que se cortara las venas de repente y que mi día adquiriera así un nuevo color. Pero como casi todos somos horribles al poco tiempo empezó a hipnotizarme la habilidad de sus dedos rechonchos para rebanar en finísimas tajadas desde kiwis hasta tornillos. Y ya me planteaba hasta qué punto mi vida sería más plena si me hiciera con uno de esos cuchillos cuando mi amigo dijo que ese miércoles tendríamos una cita. Con su amiga no sé quién, creo que en ningún momento llegué a memorizar su nombre, y una amiga de Noséquién. Vale, le respondí. Ya te llamaré para darte los detalles, dijo él. Apuró su cerveza y cogió cuatro más “para el camino”. En realidad su camino no era tan largo, tres manzanas calle arriba, pero al fin y al cabo me había ofrecido un plan; no me pareció demasiado mal que a cambio asaltara mi nevera.
El teléfono sonó la tarde del miércoles siguiente. Mi amigo me dijo que esa noche iríamos al cine los cuatro. Bueno, era el día del espectador, de modo que si la cosa no salía bien no tendría que lamentar haber malgastado demasiado dinero. Me resultó decepcionante que esa reflexión fuera la primera que me pasara por la cabeza porque nunca he sido tacaño, más bien al contrario. Pero cuando no hay pasta, no hay pasta, y asumí como natural que también mi vertiente miserable saliera a la luz. Otras llevaban ya un tiempo haciéndolo. La incompetente, la carente de autoestima, la frustrada y algunas más por el estilo. Y cuando justo antes de despedirse y colgar mi amigo añadió Por cierto, la tuya tiene cuarenta y dos años tampoco me sorprendió que mi yo cómodo y facilón y sin escrúpulos se abriera camino hasta la superficie. No sé, quise pensar, hay mujeres de 42 (el dato era una cifra muy clara en mi cerebro, un dígito, un número relativamente alto pero que al mismo tiempo significaba un peldaño más en la cuesta abajo del deterioro físico) que aún están buenas. Además, ese día no había Champions ni tenía nada nuevo que leer y la nevera estaba bajo mínimos. No tenía nada mejor que hacer que probar suerte una vez más.
Como suele pasarme llegué antes de la hora convenida. Supongo que soy un ansioso o que me aburro bastante o que simplemente quiero que las decepciones pasen cuanto antes. El caso es que me aposté a la entrada del multicine y los vi aparecer a los tres al otro extremo de la calle. A unos cien metros. Tiempo y distancia más que suficientes para experimentar mil impresiones diferentes acerca de las mujeres que acompañaban a mi amigo. Ninguna de ellas parecía estar muy bien. Pero tampoco muy mal. Una tenía un largo pelo moreno. La otra era claramente rubia de bote a pesar de mi miopía. Deseé que no me tocara la barbie y giré la cabeza en dirección opuesta a ellos para hacerme un poco el interesante, despreocupado, superguay. Tuve suerte. Cuando llegaron frente a mí mi amigo nos presentó de tal modo que quedó claro cómo había planificado el reparto del pastel. Me habría dado igual que fuera exactamente al revés. Ambas eran dos cuarentonas, ni guapas ni feas. Simplemente dos cuarentonas que intentaban disimularlo vistiéndose con ropa pensada para mujeres mucho más jóvenes y con la agenda vacía de planes siquiera un poco más interesantes que el que suponíamos mi amigo y yo. Así que, ya digo, me habría dado igual, pero la morena era mi cita, pseudocita, pasatiempo o como se le quisiera llamar al asunto. Y yo era el suyo. Se llamaba Sara y la otra, pues eso, Noséquién.
Sacamos entradas para una película igual de mala que las que se proyectaban en el resto de salas. Y sin esforzarnos demasiado por fingir espontaneidad nos sentamos por parejas y hablamos por parejas de los mismos lugares comunes de siempre. Supongo que es hasta normal, que es lo que hay que hacer en tales circunstancias, pero me sentí ridículo. Como de adolescente, cuando todos los amigos íbamos al cine y siempre intentabas caer al lado de la chica más guapa del grupo como el que no quiere la cosa. Lo consiguieras o no, te invadía una cierta vergüenza. El hecho de percibir que tu treta se había notado demasiado. Pues ahora, quince años después, volvía a tener esa incómoda sensación. Y un ridículo más lento pero mucho más denso y difícil de digerir que el de la juventud me enrojecía y me hacía revolverme en la butaca y plantearme lo mal que debía de ir mi vida para aceptar participar en estúpidas citas a ciegas. No tenía ninguna necesidad de estar allí, hablándole por obligación a una extraña de mi trabajo de mierda o de mi pisucho de alquiler y oyendo de su boca cosas por el estilo. Oliendo la moqueta rancia del cine a la espera de que las luces se apagaran y la pantalla se encendiera y todo fuera más fácil y silencioso. Mirando sin ganas de hacerlo el exceso de maquillaje de mi cita que sin embargo no lograba ocultar la mantecosa porosidad de su cutis. Mirando y escuchando a alguien cuya vida o muerte me importaba aún menos que la de cualquier persona protagonista de un suceso del periódico, como supuse que también ella concluiría sobre mí si se detuviera un momento a pensarlo. Así que quería creer que no tenía ninguna necesidad de todo aquello. Pero si había que ser igual de honesto conmigo que con el resto del mundo, lo único cierto era que, necesaria o innecesariamente, allí estaba.
Al fin empezó la película y pasamos las dos horas siguientes viendo una de esas historias de amor que sólo acaban más o menos bien en Hollywood. La obra de algún guionista loco que se empeñaba en hacerte tragar que tras cada esquina la vida desplegaba ante tu cara un gigantesco abanico de posibilidades emocionantes y enriquecedoras. Dediqué gran parte del metraje a imaginar cómo quedaríamos los cuatro contemplados en la penumbra de la sala por ojos ajenos, por los ojos de alguien que conociera lo que yo conocía de nuestras realidades, mucho sobre la mía y la de mi amigo y poco pero más que suficiente sobre la de Sara y Noséquién. Me imaginé nuestras caras. Nuestras expresiones. Una imagen patética que sólo podría suavizarse si al final de la noche acababa imponiéndose cierta lógica natural. Algo que hiciera que toda aquella pantomima cobrara algún sentido.
Por eso cuando salimos del cine estaba decidido a ir directamente al grano y ni el aire frío que soplaba ni la tristeza que siempre me transmiten las calles recién lavadas por los servicios municipales debilitaron mi convicción. Durante la breve conversación pre-proyección había sabido que Sara vivía muy cerca de donde estábamos y sugerí que estaría bien que nos invitara a tomar algo en su casa para hablar y conocernos todos un poco mejor. Resultó más fácil de lo que había supuesto. Mi amigo y Noséquién tenían planes por su cuenta. Mejor. Y Sara ni dio su visto bueno a mi propuesta ni todo lo contrario. Simplemente se despidió de los otros dos, me miró y echó a andar. Y yo a su lado. No hablamos demasiado durante los cinco minutos que duró nuestro trayecto. Tampoco nos tomamos nada cuando llegamos a su piso. En cuanto cerró la puerta nos enzarzamos en una especie de lucha torpe y ansiosa hasta caer sobre su cama. Y luego todo fue sexo duro. Por la prisa desganada, por la sensación de trámite, por la laxitud de nuestros cuerpos decadentes. Los románticos dirían que la razón era la ausencia absoluta de amor. Pero se equivocarían. Fue sexo duro, simple y tristemente, por la certeza compartida de que, en el fondo, no había atisbo de voluntad en nuestros actos. Por la certeza de que éramos dos personas que en ningún momento habían querido acabar juntas desnudas en la cama de aquella habitación. Y de que todo había sido producto de algún automatismo para huir de nuestras respectivas soledades.
Supongo que por eso a la mañana siguiente me encontraba profundamente frustrado mientras me vestía. No necesitaba acercarme a la ventana para saber que era la luz de un día igual que todos los anteriores lo que entraba por ella. Lo que hice fue ir al cuarto de baño. Sin querer, lo juro, me vi en el espejo. Tampoco allí encontré nada nuevo. Pero ni por ésas, ni porque ella fuera una década más vieja que yo, ni por intuir que fingía seguir durmiendo, ni por la seguridad de que nuestras vidas nunca iban a mejorar gran cosa, me olvidé de dejarle apuntado mi teléfono en un trozo de papel higiénico.

22
Sep
09

Cita con gorro verde

Llegó unos minutos antes de lo previsto. Se sentó en el escalón de cemento que bordeaba el estanque de los patos. Así habían quedado. Desde donde estaba podía ver el campo de fútbol unos cientos de metros más allá. El lugar en el que dentro de un rato disfrutaría de un espectáculo deportivo mientras en la otra punta de la ciudad ocurrían cosas sucias. Es lo que estaba pensando cuando las torres de iluminación fueron encendiéndose una a una hasta envolver el estadio en una nube de luz parecida a un hongo nuclear. Llevaba puesto un gorro verde. Eso también estaba hablado. Lo había comprado un rato antes, de camino a la cita. Le había dicho al dependiente de la tienda que quería un gorro verde. De lana, de punto, impermeable, tal vez con orejeras, con una borla en lo alto… Es lo que había querido saber el vendedor.

-Simplemente un gorro verde, me importa una mierda de qué esté hecho -había contestado.

-Como quiera.

Pero se arrepentía. Finalmente se había llevado uno de lana y era otoño y el otoño siempre era suave en esa ciudad. Y ahora se sentía ridículo y más pringoso de lo habitual sentado al borde del estanque viendo a toda esa gente en pantalón corto y manga corta haciendo footing por el parque. Era gente sana, radiadores de bienestar que por razones incomprensibles se sentían de maravilla dedicando un rato a mantener la línea después de una jornada laboral tan asquerosa como la de todo el mundo. Le bastaba con fijarse en sus expresiones esforzadas pero realizadas para darse cuenta de ello. Personas tan sanas y tan armoniosas que, a pesar de tener cuatro extremidades y dos ojos en la cara, de repente le parecían totalmente ajenas a él. Casi como de otra especie animal. Porque, por ejemplo, ellos miraban el reloj para controlar su ritmo de carrera, su ritmo cardíaco, la distancia recorrida, las calorías quemadas y otras cosas así de saludables; y él lo miraba cada treinta segundos calculando el tiempo que le faltaba para convirtirse en un monstruo.

Así que se sentía a años luz del equilibrio y la paz que notaba en cuantos se movían a su alrededor. Y todo por culpa del puto García. Un hombre vulgar con un nombre vulgar que había conseguido llevarle hasta donde se encontraba, esperando a un desconocido al borde del estanque de los patos, con miedo y con vergüenza y con el culo mojado. Se sentía, sí, ridículo, pero también malvado, o más bien siniestro, puede que hasta peligroso. Él, que nunca se había planteado que tal vez fuera una mala persona… Ahora no encontraba la palabra precisa para aunar todas las sensaciones que le pasaban por la cabeza, justo bajo su gorro absurdo y extemporáneo, al observar a todos los que pasaban a su lado correteando o saltando y sin otra preocupación en sus vidas que la de mantenerse en forma. Los odiaba. Odiaba la placidez que desprendían, su insultante despreocupación. Porque él sabía muy bien que nadie con problemas de verdad pierde tiempo en comprarse, ponerse y después lavar y planchar y volver a ponerse ropa deportiva para ensuciarla otra vez al día siguiente. Cuando estás realmente jodido no importa la barriga ni el pelo que se cae. Eso pensó, y le pareció que podría quedar bien en la página de un libro o en un sobrecito de azúcar. Pero en seguida dejó de divagar y volvió a lo importante. Y lo importante era que odiaba a todos esos corredores que hacían jruash jruash al trotar por la gravilla del parque y a los pseudoatletas que estiraban los abductores apoyándose en el respaldo de los bancos. Y que odiaba a muerte a los que practicaban la postura del loto en el césped buscando encauzar, equilibrar o potenciar su chi. Y, sobre todo, que ese odio daba un salto de calidad, intensidad y profundidad y se convertía en algo insoportable y aterrador -algo que le desgarraba la boca del estómago y le comprimía los pulmones y hacía que sus dientes mordieran hasta la sangre su labio inferior- cuando las miraba a ellas. A todas esas mujeres, jóvenes, maduras, algunas aún casi niñas, decididamente viejas otras, que pasaban sudando dentro de sus shorts ceñidos. Cuando las miraba y no podía evitar compararlas con la suya. Todas vencían la balanza hacia su lado. Todas, hasta las que eran más feas, más viejas, más gordas. Desde la primera hasta la última se imponían en la comparación por la sencilla razón de que no eran ella.

Y todo por culpa de García. Había llegado a la oficina sólo un par de meses atrás y ya se creía el puto amo. Peor aún: ya era el puto amo. Porque era el que le había quitado el ascenso por el que había trabajado durante diez años. El que ahora se iba de copas con el jefe después del trabajo. El que de golpe había acaparado las miradas de las secretarias trepas que antes se le insuanaban a él. El que ahora le tocaba los cojones cada tarde justo antes de salir de la empresa pidiéndole informes que estuvieran listos a primera hora de la mañana siguiente. Pero, por encima de todas las cosas, era el motivo de que ella se quejara continuamente. Por no poder barnizar las puertas. Por no hacer ese viaje de fin de semana a la playa. Por las constantes averías del coche. Y porque estaba segura de que en casa de García las puertas y las ventanas brillaban cegadoramente bajo su capa de laca protectora, lo cual hacía que su llegada a casa el domingo por la noche después de coger su flamante coche e irse a pasar un par de días en la costa fuera increíblemente agradable.

Siguió esperando sentado, prácticamente sin mover un músculo, con la mano derecha metida en el bolsillo de la americana. Estaba muy quieto, pero sudaba igual o más que los atletas urbanos que iban y venían. Percibía el líquido condensándose en sus sienes. Jodido gorro, pensó. Pero en realidad sabía que la razón era que estaba nervioso. El crujido que emitió el sobre que llevaba en el bolsillo al arrugarse bajo la presión de sus dedos resudados se lo corroboró. Tengo que tranquilizarme, se dijo, todo va a salir bien. Mañana recuperaré el control de mi vida. Y empezaré de nuevo. Una nueva oportunidad para alcanzar el lugar que merezco. Quizá esta vez no fracase. No, no la cagaré esta vez. Y se repitió Todo va a salir bien, todo va a salir bien hasta que reparó en que llevaba unos segundos diciéndolo en voz alta. Cuatro o cinco tipos pasaron a su lado vestidos con camisetas de fútbol y se le quedaron mirando. Tenían pinta de estúpidos, pero le asustó la posibilidad de que alguno de ellos no lo fuera del todo. Le asustó que un imbécil que salía a la calle con el uniforme y la bufanda de su equipo pudiera llegar a ser el responsable de que acabara en la cárcel. Que le reconociera cuando sin duda su foto saliera en los periódicos o en esos programas de tragedias y como buen ciudadano acudiera a la poli a decir Ya sabe, probablemente sea una tontería, el tipo no estaba haciendo nada malo ahí, en el estanque de los patos, pero repetía como ido que todo iba a salir bien y, no sé, no me dio buena espina. De manera que sonrió a los forofos como un gilipollas más y estuvo a punto de decirles Ánimo, chicos, que hoy machacamos a esos cabrones. Y eso que a él ni siquiera le gustaba demasiado el fútbol. Simplemente iba de vez en cuando a algún partido. A los partidos importantes. Por salir un rato de casa, más que nada. Y el partido de esa noche era de Champions. Una buena oportunidad para poner en marcha el plan. Tendría coartada para un par de horas. Lo único que tenía que hacer era sentarse en las gradas y procurar que alguno de los espectadores se quedara con su cara. Derramarle en los pantalones un poco de Coca-Cola, confundirse premeditadamente de asiento, quizá hasta provocar algún pequeño enfrentamiento. No parecía muy difícil. Además, si llegaba el momento en que alguien necesitara algo más que las declaraciones de unos cuantos testigos seguro que en el estadio tenían un buen montón de cámaras que le habrían grabado entrando, saliendo, meando o celebrando un gol. No, no tenía de qué preocuparse, se dijo mientras se quitaba el gorro y lo dejaba un momento en el cemento para arreglarse el pelo húmedo y apelmazado.

-Aunque ahora no lo llevas puesto, supongo que tú eres el del gorro verde -dijo entonces una voz a su lado.

Era una voz suave, muy joven, al igual que el hombre al que vio cuando levantó la vista con el corazón a punto de estallarle. Por alguna razón había imaginado que el sicario con quien le habían puesto en contacto sería un tipo de aspecto feroz. Alguien terrorífico que hacía cosas terroríficas. Pero lo que tenía ante sí era un chaval enclenque, casi un crío, sin atisbo de barba, a quien no le pegaban en absoluto el traje negro y la corbata fina con los que le habían dicho que siempre acudía a sus citas. Influencia de las películas de matones, pensó pero no se atrevió a decir. Y, además, le importaba una mierda. Sólo quería que fuese discreto y efectivo, y aquella noche de borrachera en aquel bar de aquella ciudad del norte le habían asegurado que no encontraría a nadie mejor para hacer el trabajo aunque se empeñara en recorrer el país de punta a punta.

-Sí, soy yo -contestó levantándose, intentando parecer tranquilo pero poniéndose el gorro con manos temblorosas.

-No lo alarguemos más de lo necesario.

-Muy bien.

Sacó el sobre del bolsillo y se lo tendió al chaval mientras echaba una mirada claramente asustada alrededor.

-Tranquilízate -le dijo el asesino con una voz que ya no parecía tan suave.

-Lo siento, tienes razón. Ahí tienes el dinero, cuéntalo si quieres -dijo con la extraña sensación de saber que de ahora en adelante esa frase le erizaría el pelo cuando la oyera en una película. – También está la copia de la llave. ¿Qué harás luego con ella? Tírala a una alcantarilla, fúndela, no sé, quizá…

-Te he dicho que te tranquilices. No voy a contar el dinero porque si intentas joderme iré a por ti y lo recuperaré con creces. Eso y saber poner la cara apropiada si te toca hablar con la prensa o cuando asistas al entierro es lo único que tiene que preocuparte ahora.

Y eso fue todo lo que se dijeron. El chaval se fue con el sobre en la mano. Andaba despacio, con la cabeza ligeramente levantada. Como quien pasea disfrutando de una buena noche. Y él se quedó allí, viéndole alejarse. Luego tiró el gorro al estanque y contempló cómo se hundía. Pensó en su mujer y en sus hijos. En lo que estarían haciendo al otro lado de la puerta de casa. Pensó en García y en su mujer y sus hijos. En lo que estarían haciendo al otro lado de la puerta de su casa. Y supuso que hasta esa noche sus vidas, al fin y al cabo, no habían sido tan diferentes. Y luego entró en el estadio y vio ganar a su equipo, contra todo pronóstico.

16
Sep
09

Otra terapia fallida

Mientras meto el bote de tomate frito en la cesta me invade una sensación de triunfo y pienso que a lo mejor las cosas no tienen que ser siempre así. Que quizá en algún momento de su pasado la vieja que acaba de preguntarme si sé dónde está el papel higiénico no olía a orines y lucía más dientes que mellas y te miraba a los ojos al hacerte esa u otra pregunta y no hablaba de ese modo avergonzado y tembloroso de quien se sabe desagradable a los sentidos. Pienso o me esfuerzo en pensar en que tal vez hubo una época en la que no salía a la calle con las medias sucias enrolladas en los tobillos. Incluso es probable que así sea, me digo. Pero lo que es casi seguro es que esa suciedad, esa peste, ese deterioro con los que deambula desorientada por el supermercado le acompañarán hasta que se muera. Dentro de poco. Desnucada en la ducha mientras en un arranque de pseudorresurrección intenta limpiarse la roña de los pies. Mientras su hijo o sus hijos cagan o follan o roncan o cumplen eficientemente con su jornada laboral en una cadena de montaje o en la sección de ropa de señora de un centro comercial o en un despacho de abogados, qué más da.

Me identifico con la anciana. Aún no tengo hijos cabrones, pero también me pierdo en los supermercados. Y cada vez que me veo en la necesidad de entrar en uno de ellos siento que se me vienen encima esas montañas de productos. El ir y venir de la gente, el bip-bip de las cajas registradoras, los reponedores a punto de atropellarte en cada recodo con sus pequeños montacargas hidráulicos. Todo ese derroche y esa prisa absurda. Me ciegan, me hacen perder la perspectiva y a menudo salgo huyendo de la tienda sin lo que había ido a buscar. Por eso el hecho de haber sido capaz de encontrar el tomate frito con el que a lo mejor consigo condimentar algo de pasta hace que hoy me sienta más realizado que cualquier día de los últimos meses. Mi madre estaría orgullosa de mis progresos en el terreno de lo que mi terapeuta llamaría habilidades sociales. La venera igual que el más ignorante de los indígenas del más sucio culo del mundo veneran al brujo de su tribu. Lo que mi madre no sabe ni sospecha, gracias al respeto que le obligué a jurar a la confidencialidad médico-paciente como condición para concederle su deseo de someterme a tratamiento, es que mi terapeuta murió hace ya medio año y que desde entonces el dinero que me da cada lunes para mis supuestas dos sesiones semanales me sirve para sufragar otro tipo de terapias.

Tenía las paredes de la consulta repletas de diplomas y otros títulos impresos en papel de arroz de ésos que se utilizan para demostrarle al mundo lo inteligente que has llegado a ser después de años siguiendo diversos planes de estudios. Que puedes servir de modelo, guía o faro para algunos de tus congéneres, más jodidos que tú. Puede que así fuera, no tuve tiempo de comprobarlo. Además era una mujer relativamente guapa para tener cuarentaitantos. No sé, quizá lo tenía todo. Pero al poco de empezar mi tratamiento llegué una tarde al edificio donde se encontraba su consulta-casa y un cordón policial me impidió entrar en el portal. Había caído justo delante. Imaginé su despacho en el séptimo piso, unos treinta metros en vertical y hacia arriba desde la sábana que se abombaba en la acera cada vez que se levantaba una ráfaga de viento un poco más fuerte de lo normal. Imaginé sus diplomas allí arriba, colgando de las paredes de la habitación. Si sus átomos de celulosa pudieran pensar o hacer algo parecido a pensar se sentirían un auténtico fracaso. Tan inútiles como los protagonistas de las fotos enmarcadas de, supongo, parientes o amigos o un Yorkshire que había encima de su escritorio y de las que yo sólo llegué a ver su aterciopelada parte trasera durante el par de sesiones que me senté frente a ella a escuchar cómo podía y debía mejorar mi vida.

Le dio tiempo a hacerme un test de inteligencia y otro de personalidad. Poco más. Algunos comentarios al respecto. Dijo que no debía preocuparme demasiado, que mis resultados se movían en los parámetros de la normalidad, que lo mío no era un problema especialmente grave. Nada que no pudiera solucionarse con su ayuda y un firme propósito de mejora y actitud positiva por mi parte, algo así dijo, irradiando empatía y buen rollo, pocos días antes de decidir tirarse por la ventana. Tópicos, en definitiva. Lo que te dicen tus amigos cuando te sinceras con ellos. Lo que te dice gente que no ha dedicado gran parte de su vida a estudiar los entresijos de la mente humana. Gente que reparte cajas de Fanta por los bares o gente que espera que su papá ricachón le ingrese su asignación mensual en la cuenta corriente. Gente que se mueve en los parámetros de la normalidad. Supongo que por eso no me afectó gran cosa la muerte de mi psicoterapeuta; incluso en los alrededores de la vida del más retraído de los seres humanos puedes encontrar docenas de buenos samaritanos dispuestos a prestarte sus oídos y regalarte unos minutos de su sabia voz. Y por otra parte, ya digo, desde que mi doctora decidió borrarse de la vida a la que ayudaba a adaptarse a tipos como yo cuento con quinientos euros extra al mes. Y eso, al menos para mí, es cantidad suficiente para asimilar mejor la muerte de una absoluta desconocida, aunque quizá le hubiera empezado a relatar algunos de mis miedos y mis deseos, que en realidad vienen a ser lo mismo.

De manera que está muy bien que mi madre ignore la condición cadavérica de mi loquera y siga confiando ciegamente en su supuesto poder para reconducir mis procesos cerebrales. Todos contentos. Los lunes y los jueves, antes de supuestamente asistir a mi sesión de psicoterapia, voy a comer a casa de mi madre. Le doy un beso al llegar y otro al irme. En el intervalo como de caliente, alguna que otra vez me ducho con gel de ph neutro y abuso del Axe Musk que mi hermano pequeño esconde en el fondo del armario para sus citas especiales. Y mientras tomamos el café le cuento a mi santa madre historias inventadas sobre mis maravillosos avances. Lo mucho mejor que me siento desde que tuvo la valentía de obligarme a ir al médico. Que ya no recordaba lo que era estar más o menos en paz conmigo mismo. Lo orgullosa que se siente la doctora de mi evolución. Que me ha pedido permiso para exponer mi caso en una conferencia que dará la semana que viene. Cosas así. Cuánto me alegro, hijo mío, suele contestar ella. Sólo si la conversación es especialmente afable hasta se atreve a besarme la frente. Y de tanto en tanto se deja llevar por un arrebato temerario y me sugiere con delicadeza que tal vez dentro de poco ya esté en condiciones para buscarme un buen trabajo. Entonces, dice, ya me podría morir tranquila. Pero lo normal es que simplemente me verbalice su alegría y me deje marchar en paz, sintiéndome bien por haber encontrado una manera de hacer que ella se sienta bien. Lo malo es que a veces se emociona demasiado al escucharme y se le saltan unas pocas lágrimas. Lo que invariablemente me hace dudar si llora de felicidad o es que de algún modo percibe, racional o irracionalmente, mis mentiras. Y como no estoy dispuesto a renunciar a mi modesto salario mensual, cuando eso ocurre opto por quedarme con tal incertidumbre, renunciar a la efímera placidez de saberme un bienhechor y dejarle a ella la responsabilidad de desvelar mi pequeño secreto, si es que realmente quiere hacerlo.

Con los quinientos euros pago mi mitad del alquiler de un piso en el extrarradio. La otra parte la atiende un estudiante alemán que ha venido a aprender castellano. Se llama Sven, es de padre sueco y tal vez por eso al principio sus facciones me resultaron mucho más suaves y agradables que las que, según mis escasos conocimientos antropológicos, corresponderían a un teutón de pura cepa. Las primeras semanas la convivencia fue bastante fluida. Una transacción cómoda y justa: yo le dedicaba unos minutos al día de conversación, normalmente breves y sencillos comentarios a colación de los larguísimos discursos sobre su familia, amigos, aficiones, intereses y deseos vitales que me brindaba mientras yo navegaba por la red o fumaba asomado a la ventana, y el sueco-alemán me correspondía llenando la nevera de cervezas y cocinando suculentos platos de la tierra de sus antepasados. Como su dominio de nuestra lengua estaba lejos de ser profundo y/o extenso y/o exacto, las cosas marchaban bien para mis intereses. Si yo me callaba él se callaba. Ni siquiera tenía que pedirle que cerrara la boca de una puta vez y se largara a cazar renos. Como mucho en alguna que otra ocasión se ponía a murmurar lo que intuyo que serían insultos en alemán o sueco o lo que fuera y me miraba con el ceño fruncido desde sus casi dos metros de altura. Pero no me importaba. Oír aquélla sucesión de fonemas ininteligibles llegaba a ser casi como uno de esos estúpidos mantras. Como oír llover: algo que la mayoría de las veces puedes sobrellevar, como mínimo, sin alterarte demasiado. Y puesto el tipo provenía del civilizado norte de Europa tampoco temí nunca por mi integridad.

Pero lo bueno acaba pronto. Las cosas empezaron a torcerse cuando un buen día me di cuenta de la culminación de un proceso que seguramente había durado un tiempo relativamente largo y que me había pasado totalmente desapercibido. Estaba tumbado en el sofá jugando a la Play sin sentirme llamativamente bien ni llamativamente mal conmigo mismo ni con nada ni nadie en especial cuando Sven apareció en el salón, se acercó a mí, me agarró de los tobillos y depositó mis pies en el suelo. Entonces sentó sus cien kilos de carne rosada y pelo rubio en el espacio que antes habían ocupado mis extremidades inferiores y me dijo, juraría que con estas precisas palabras, Eh, tío, ¿no crees que deberías hacer algo con tu vida de una puta vez? En un primer momento, más que el contenido de su mensaje me chocó la forma en que lo había expuesto. De la noche a la mañana el tipo conjugaba los verbos con total solvencia y manejaba a la perfección expresiones malsonantes sin apenas manifestar el acento de su lengua materna. Lo cual me hizo comprender de golpe que la idílica relación que hasta ahora habíamos mantenido se acababa de ir a la mierda. Entendí que desde ese instante estaba condenado a un nivel de interacción más profundo y cercano con mi compañero bárbaro-vikingo. Algo así, imagino, como cuando un crío les dice por primera vez papá o mamá a sus progenitores. Un salto de calidad quizá inevitable pero que no por ello dejaba de llenarme de pereza y, por qué no decirlo, de un cierto y creciente desasosiego. Básicamente porque por el tono en que el gran Sven me había formulado su pregunta-reproche y el lenguaje gestual con el que se había dirigido a mis frágiles tobillos entendí que el rol de niño en nuestra repentina y extrañísima relación paterno-filial se me acababa de adjudicar a mí. Y es que, y para ello no había más que analizar someramente la morfonsintaxis de la cuestión que el germano me había planteado, era evidente que me había catalogado como un inútil, un fracasado, un outsider y todos esos sinónimos que, con mayor o menor recurrencia a lo largo de mi vida en función de mi estado anímico coyuntural, siempre he tenido la impresión de que la gente que se mueve en los parámetros de la normalidad asocia a mi persona.

En definitiva, aquel día Sven ejecutó de modo implacable pero al menos sin derramamiento de sangre un golpe de estado en nuestro modesto piso compartido. Ni que decir tiene que desde entonces nuestro trueque migajas de atención-comida y bebida dejó de regir las operaciones comerciales de la casa. Además, casi al mismo tiempo el invasor bávaro empezó a hacer amistades más allá de nuestros tabiques. Amistades que, probablemente por su imponente físico y el toque exótico que supone ser extranjero -pero europeo- en un país de mierda como éste, pertenecían al sexo femenino. De modo que hoy por hoy la colonización de mi morada ha alcanzado a todas las estancias comunes. El dvd del salón está perennemente ocupado por las películas suecas o los documentales de National Geographic o los cursos de perfeccionamiento del castellano que tanto les gustan a mi tiránico compañero y a sus flamantes coleguitas, tan obsesionados como él con la mierda de aprovechar el tiempo, aprovechar la vida, cultivarse, cuidarse, mejorar personalmente y mejorar este glorioso mundo. Ya ni siquiera encuentro en la nevera las cervezas con que en tiempos mejores tan gentilmente me obsequiaba este tipejo. Ahora lo que abunda son los tetrabricks de soja y el zumo de pomelo. Pero lo peor es que la enorme invasión rubia ha traspasado incluso las paredes de mi humilde cuarto, pues Sven duerme en la habitación contigua, donde también folla, sonoramente.

Así que en mis pocos ratos de paz me encierro en mi cubículo y pienso que algún día las cosas mejorarán. Y procuro salir a la calle lo menos posible. Hoy he ido a por tomate, es cierto, pero aún es más cierto que lo he cogido de paso, después de comprar veinticuatro cervezas. En fin, intento salir a la calle sólo cuando es estrictamente necesario. Porque cada vez que lo hago me doy cuenta de que, por ejemplo, no me gustan los supermercados. Ni la gente que se ve por sus pasillos o detrás de sus cajas registradoras. No me gusta lo que se mueve por la calle. Ni los que son escoria ni los que se creen brillantes.

31
Ago
09

Es lunes

Es lunes y estoy sentado en los escalones. Como todos los lunes desde hace un par de meses. Pero éste resulta aún más jodido porque adopta la forma y el olor y el color y el calor de una de esas asquerosas mañanas luminosas del mes de mayo. Las putadas se llevan mejor cuando hace frío y te ves obligado a encogerte dentro de la chaqueta. Pero hoy todavía no son las nueve y el sol ya calienta lo bastante como para hacerme sudar un poco. Casi puedo notar cómo me voy bronceando. Me va bronceando. Casi puedo notar cómo miles de grisáceos árboles de ciudad, jardines enriquecidos con abonos industriales, flores encerradas en macetas encerradas en balcones e incluso vulgares setos-mobiliario urbano florecen maravillosamente a mi alrededor. Y contemplar todo eso desde aquí, desde los escalones sembrados de colillas y chicles fundidos en el cemento, es bastante deprimente. A pesar de que algunas de las mujeres que pasan por la calle ya luzcan los primeros escotes de la temporada. A pesar de que mucha de la gente que veo ir y venir parezca relativamente feliz. Incluso algunos de los que entran y salen del hospital que se levanta tras estos escalones parecen relativa y estoica y absurdamente felices. Mi madre lleva ya una hora ahí dentro y yo acabo de quedarme sin tabaco. El quiosco de la esquina acaba de abrir y no dudo ni un instante en acercarme a él. La otra opción sería seguir en los escalones sintiendo cómo el calor y la luz se van acumulando bajo mi culo. Porque entrar en el hospital, recorrer metros y metros de pasillos con suelos de linóleo y paredes alicatadas de color verde mascarilla de cirujano, identificarme ante el celador con cara de cerdo que custodia el acceso a la sala de quimioterapia y ver lo que pasa ahí dentro con mi madre y una docena más de muertos vivientes dejó de ser una posibilidad desde la primera y única vez que lo hice. Cuerpos lívidos y esqueléticos, cráneos desnudos, ojos hundidos en ojeras oscurísimas y palanganas en el suelo, en las sillas, en las estanterías para que los sanitarios no tengan que pasarse el día entero fregando vómitos. Palanganas de todos los colores brotando por todas partes en una primavera de plástico y mal olor. No, no es una posibilidad. Así que me planto frente al ventanuco del quiosquero y le pido un paquete de cáncer. El viejo es alto y desgarbado, con silueta y nariz de gancho y manos huesudas, pero en su cara habría una expresión afable si no fuera porque lleva unas de ésas gafas de alta graduación con los cristales amarillentos, tan inquietantes y sórdidas. Al entregarme el tabaco me roza la palma de la mano con una uña larga y parduzca como la garra de un buitre. Como las garras de las criaturas que se alimentan de carne en descomposición. Me sonríe y la certeza de que mi madre acaba de morir ahí adentro me recorre la espina dorsal. Aun así conservo la calma suficiente para esperar que el quiosquero anunciador de muertes me devuelva el cambio. Y vuelvo a mis escalones. Supongo que dentro de poco alguien saldrá a buscarme para darme la noticia e iniciar el papeleo legal. Entretanto, sigo contemplando el mundo. La primavera, la luz y la gente feliz. Toda esa mierda.

06
Ago
09

Babas

La noche había sido una de ésas de mirar durante horas el techo oscuro y a ratos aferrarse a los bordes del colchón al notar que todo da vueltas y más vueltas, al notar que lo que eres, fuiste y serás se escurre por un retrete gigantesco. Así que cuando el cielo empezó a iluminarse salí de casa sin ducharme ni peinarme pero con unos cuantos sobres tamaño folio bajo el brazo. Otro intento de escapar del remolino de mierda que me hunde en cuanto me descuido e, incluso, cuando no me descuido. Era una mañana agradable. Todavía no hacía calor y las últimas ráfagas de la brisa nocturna no eran lo bastante frías como para erizarme el vello. Había cierto equilibro en el aire, cierta paz. Supongo que la podría haber apreciado más placenteramente si no fuera por la sensación de vacío o extravío o frustración o todo eso y más cosas que me había invadido la noche anterior y que aún jugaba a retorcerme las tripas mientras caminaba por la calle. De modo que aquella mañana mi predisposición a deleitarme con las maravillas de un nuevo día de primavera era más bien nula. Mi único propósito, incómodo, angustioso y casi enfermizo, era llegar a la oficina de correos sin perderme por el camino, en cualquier esquina, con cualquier excusa, como tantas veces antes. Andaba con la cabeza gacha o bien mirando al cielo, procurando que mis ojos no enfocaran lo que habitualmente se mueve por las calles del mundo. No quería reparar en los pormenores de la gente que se cruzaba conmigo y cuya vida o muerte me importaba menos que cero. Los atascos, las excavaciones de nariz de los conductores, los niños durmiendo en sus sillitas homologadas en los asientos traseros de los coches. Los carteles publicitarios. Los escaparates desplegando sus absurdos reclamos al levantarse con un estruendo sus persianas grasientas. Los jubilados dando ya su tercera vuelta a la manzana entre los pasos apresurados de miles de personas dispuestas a ganarse el pan en sitios deprimentes. Me estremecía la posibilidad de tropezarme con esa señora que vive por aquí y que de buena mañana baja a pasear a su asqueroso cerdo vietnamita. No quería contemplar caras de felicidad por motivos incomprensibles para mí ni caras de desgracia por motivos incomprensibles para mí. No me veía capaz de sentir una vez más que no comprendía nada ni que nadie me comprendía. En fin, sabía con absoluta certeza que si me fijaba demasiado en la podredumbre cotidiana de mi alrededor sentiría con brutalidad la mía propia, desecharía la idea de enviar dos o tres relatos a sendos concursos por si sonara la flauta y acabaría metiéndome en el primer bar que encontrara. Por eso me esforzaba en seguir con la mirada las líneas de las baldosas del suelo u observaba las nubes tratando de determinar hacia qué punto cardinal se desplazaban. En eso estaba cuando oí que me llamaban. A pesar de que al instante pensé que lo mejor sería hacer oídos sordos y seguir mi camino giré la cabeza por instinto y vi a un tipo más o menos de mi edad que me saludaba con una mano mientras con la otra pulsaba el botón de cierre del mano de un coche de aspecto señorial. No supe quién era hasta que se acercó a mí exclamando saludos y haciendo aspavientos efusivos. De su nombre no me acordé en el momento en que me dio un abrazo ni me he acordado nunca después, pero es cierto que su cara me sonaba. Sin ese ultrabronceado ni ese afeitado perfecto, sin esa gomina diseñándole aerodinámicamente el pelo, sin esa corbata de seda y esos zapatos relucientes, era el chaval que durante ocho años se sentó un par de pupitres a la izquierda del mío. Podría decirse que era un amigo perdido de la infancia, pero sería mentir. En realidad era mucho menos que eso: simplemente un compañero del colegio en el que jamás había vuelto a pensar. Alguien con el que lo único que había compartido era un aula o el patio de la escuela y que luego se perdió en la nada y que, sin embargo, ahora me ponía al día de su historial de triunfos en todas las facetas de la vida. Cuando hubo acabado me preguntó Bueno, ¿y tú qué? ¿Qué haces? ¿A qué te dedicas? ¿Qué eres? Y esa cuarta pregunta fue la que me hizo sentir extraño. Me dejó sin palabras. Estaba acostumbrado a responder con evasivas más o menos decorosas a las tres primeras, pero la cuarta sonó demasiado directa, demasiado franca. Imposible de esquivar. Sonó como cuando de pequeños el niño hecho hombre con el que ahora estaba hablando u otros como él y yo imaginábamos qué seríamos de mayores. Entonces todo eran grandes proyectos, sueños deslumbrantes, planes que siempre culminaban en éxitos. Pero supuse que una respuesta tan alejada de la realidad no era lo que mi antiguo compañero de escuela esperaba de mí en ese momento. Así que, ya digo, me quedé sin palabras. No supe qué decirle. O sí, lo supe, pero al mismo tiempo entendí que contárselo sólo serviría para que después, con otra gente, hablara de mí como de un perdedor gilipollas. Así que decidí ponérselo aún más fácil y le respondí preguntándole abruptamente si podía dejarme algo de pasta a cambio de haber escuchado su aburrida mierda durante un par de minutos. Lo único que le saqué fue un cigarro y el placer intenso de ver reflejada en su cara la incómoda sensación que él acababa de causarme a mí: la de no saber qué decir. Y seguí caminando hacia correos pese a que a esas alturas ya estaba seguro de que tampoco esta vez llegaría. No obstante, seguí andando como por inercia. Como si algo en mi interior supiera que el absurdo paseo me reportaría algo de cierta utilidad. Y desvelé el sentido de mi intuición cuando, sentadas en un banco de un parque, vi a una madre y una hija cogidas de la mano, irradiando una especie de amor triste pero inquebrantable. La cría debía de tener unos diez años y sin duda sufría alguna enfermedad mental. Sus ojos medio muertos me miraron sin verme cuando pasé junto a ella. El labio inferior le colgaba bañado en una saliva que centelleaba al sol mientras se derramada en espesos hilos sobre su vestido de niña tonta. Y entonces llegó a mí, demasiado tarde, como todo en mi vida, el puto Espíritu de la Escalera. Entonces supe lo que tendría que haberle contestado a mi compañero de clase cuando me había preguntado qué era yo. Babas, debí haberle respondido. Soy las babas de los subnormales, de los ancianos, de los rabiosos que no encuentran otra manera de liberar su ira que soltar espumarajos por la boca. Soy como babas. Espeso, transparente, casi invisible, vacío, inútil. Brillante. Y siempre cayendo.

18
Jul
09

13 de julio (2)

Y mientras caminaba los pocos metros que me separaban de mi portal empecé a notar la boca seca muy seca y áspera y tan asquerosa como si tuviera dentro un puñado de tierra y supe que se debía a todo esto de no comer y beber demasiado y fue como si mi mente ordenara a mi cuerpo que dejara de hacer el idiota y le obedeciera de una puta vez o tal vez como si mi propio cuerpo hubiera convencido de algún modo a mi mente autodestructiva de que necesitaba con urgencia una dosis de vitaminas y demás nutrientes y puesto que me había tomado un litro de cerveza en menos de un cuarto de hora y había leído estudios sobre cómo combatir la oxidación decidí que lo que más me apetecía en el mundo era un tomate o dos y me vino a la cabeza la tiendecita que esos hermanos pakistaníes tienen en la calle de atrás así que por eso o puede que sencillamente por retrasar unos minutos mi vuelta a casa me vi andando hacia esa tienda tan llena de piezas de naturaleza redondas de todos los colores en la que los dependientes me recibirían con sus sonrisas superblancas y me entregarían ese deslumbrante tomate por el que babeaba mientras andaba por la acera entre gente que se movía con mucha más desenvoltura que yo bajo el sol calcinador que caía el 13 de julio en esta parte del mundo y se unía a las toxinas en su labor de secarme la boca y las entrañas y las ideas en plan Yunque del Sol pero sin héroe ni por supuesto heroína que viniera en camello a rescatarme procurando pensar sólo en el premio rojo y jugoso y no sé si dulce o salado que me esperaba si conseguía llegar a la frutería para continuar caminando como si en ello me fuera la vida entera de manera que el tomate en mis manos dientes lengua esófago y estómago y luego esparciéndose por mis venas y demás tejidos en forma de partículas diminutas pero muy muy rojas y llenas de energía y vida era la única imagen que en realidad visualizaba mientras mantenía la mirada fija en las puntas de mis pies y que me impulsaba para dar un paso y luego otro e ir acortando metros con la meta que estaba ahí al lado pero que me parecía estar a tomar por culo pero entonces noté que el sonido de la calle ya no sólo era el habitual de motores y cláxones y alguna conversación aislada de transeúntes cruzándose conmigo sino que por encima de todo eso se alzaba un discreto coro de voces amontonadas que se pisaban las unas y las otras todas hablando bajito como en murmullos o incluso cuchicheos así que levanté la vista y me di de bruces con un corro de gente que obstruía la acera frente a la puerta del gimnasio del barrio y todos miraban alternativamente hacia el interior de la puertas correderas automáticas de cristal del local y hacia una UVI móvil que estaba detenida con las sirenas centelleando pero en silencio justo a la altura del gimnasio y entonces me di cuenta de que el curioso que tenía a mi lado era un jubilado y le adjudiqué una vida aburrida de contemplación de obras públicas y de vez en cuando algún incidente en un gimnasio y supuse que era un buen candidato para contestarme con todo lujo de detalles a la pregunta Oiga buen hombre qué ha pasado aquí pero el viejo se limitó a contestarme Parece que ha muerto alguien ahí adentro y debió de parecerle que mi reacción o ausencia de reacción obedecía a la parquedad de la información que me había facilitado porque entonces añadió solemnemente que el muerto era joven y siguió escrutándome la cara en busca de algún gesto de solidaridad con la desgracia del cadáver desconocido o algo por el estilo y yo no me atreví a decirle que quizá mi rostro no reflejara sentimiento alguno pero que podía asegurarle que en mi interior la sangre corría con una fuerza desconocida como si acabara de pegarme el mejor de los chutes porque estaba imaginándome a un joven robusto de aspecto saludable al máximo y con el vello corporal depilado cayendo fulminado por el reventón de una vena en su cerebro mientras levantaba una pesa de cien kilos para mantener a tono sus bíceps y deltoides o a una joven siliconada y con el estómago lleno de pastillitas de homeopatía para adelgazar sorprendida por un golpe de calor en la sauna y que en cambio yo estaba ahí con el resto del mundo de mierda haciendo una especie de pasillo de morbo y algo parecido a secreto triunfo a la espera de que los sanitarios desfilaran ante nosotros transportando un joven y hermoso cadáver que ya jamás comería un tomate como el que yo estaba a punto de devorar y que ahora sí que seguro me iba a saber de muerte.




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