24
jul
14

Tres visitantes

El ahogado llegó al amanecer, vomitado por un mar tranquilo, justo cuando acababa de lanzar el sedal y plantar la caña.
Fue Perro el primero en verlo a través de la bruma de enero.
Tan discreto como siempre, no emitió ni un ladrido.
Se metió corriendo en el agua y lo arrastró hasta la orilla.
Juntos lo observamos un rato.
Era un hombre joven y azul. Aún no estaba muy deshecho.
Salvo por los ojos turbios, impenetrables como esas nubes de tormenta, digamos que todavía se parecía a quien debía de haber sido.
Sin el menor atisbo de aprensión, lo cual me sorprendió un poco, revolví en los bolsillos de su anorak. Después en los de sus pantalones.
Nada. Solo agua gris, arena y puñados de tiempo perdido, ligerísimo y casi invisible.
Bueno, había también un cangrejo del tamaño de una moneda y de un intenso color naranja. Un viajero a lomos de la muerte.
Lo sostuve un momento en la mano, sus patas nerviosas arañando levemente la piel de mi palma.
Pensé en devolverlo al mar, pero no: lo acerqué al morro de Perro.
Un veloz lametazo de su lengua rosa y cálida, humeante, lo hizo desaparecer.
Oí el crujido del bicho entre sus dientes. Sonaba como pasos en la gravilla.
Y con Perro a mi izquierda eché a andar por la playa para avisar a las autoridades.
Solamente me volví una vez.
El muerto seguía allí, claro, mecido por las pequeñas olas, al pie de la caña de pescar.
Su arco me recordó, vagamente, a la hoja de una guadaña.
Las gaviotas, poco a poco, se arremolinaban en el cielo.
Esa noche me dormí enseguida, aplastado por un cansancio desconocido, innegociable.
Pero desperté en plena madrugada, lleno de ganas de verte. Te habías colado en mi sueño, en mi cerebro. En mi vida. Te habías colado aquí sin permiso. Igual que el muerto, igual que el cangrejo.
Por eso te escribí ese e-mail a las 04:11, en el que no te contaba nada de esto. Nunca contestaste. Espero que no estés azul.

17
jul
14

La gran Eme

Bajo la gran eme de McDonald’s uno se siente a las puertas del cielo aquí –extrarradio de polígonos y uralitas– y ahora –plena noche de invierno–, contemplando la nube de smog cobrizo posada sobre la ciudad a lo lejos, como una nave nodriza desafiando la ley de la gravedad, mágica, sobrenatural, divina.
Llévame, oh, llévame, inteligencia superior, haz de mí y conmigo lo que se te antoje.
Que razas siderales más puras me abran en canal para estudiar mi ruindad.
Que pedazos de mi momia desmembrada sean expuestos en los museos galácticos de la vergüenza.
Aquí estoy, aquí me tienes, oh, Nave Nodriza, te espero al pie de la gran M, estandarte de nuestra civilización fracasada.
Llévame contigo, hónrame, llévame, ante tu omnipotencia me arrodillo.
Qué hostias haces, capullo, grita entonces una voz en mi oído.
Es El Lito, masticando carne picada, ketchup en la barbilla y los ojos inyectados en sangre.
Tras él la imponente efigie de Ronald se alza hacia la noche, la cara pálida, la sonrisa obscena, maligna.
Pido a los dioses en los que no creo que cobre vida y nos arranque la cabeza a bocados.
Pero mis plegarias no son atendidas.
Venga, colega, dice El Lito, levanta de ahí.
No, tío, le digo, no puedo más, déjame aquí.
Y El Lito me arroja a la cara su Fanta Naranja, me levanta por los sobacos y grita:
cabrón, mueve el culo, que te toca conducir.
Me tambaleo, noto la muerte mordiéndome las rodillas.
Me parece un milagro acertar a cazar las llaves cuando El Lito me las lanza por encima del Megane amarillo.
Un minuto después viajamos a ciento cincuenta por hora
desde, a través y hacia la nada.
El radio cd con el volumen a 59 escupiendo nuestra propia marcha fúnebre, electrónica, grotesca, sobrerrevolucionada.
Y en el maletero dos bultos sobre los que se retuercen, en un silencio húmedo, viscoso, millones de gusanos blancos, ciegos, descerebrados. Como nosotros.
Los cadáveres preciosos de quienes podríamos haber sido.

07
jul
14

Anunciación

En la cola del cine, solo, sesión de las 22:30.
De pronto trasciendo a un nivel superior de conciencia.
Las películas en cartel son espantosas.
El aire huele a moqueta, ambientador y palomitas.
Y afuera, lo sé, la noche reúne a sus lobos en manadas.
Nos devorarán a todos, también a estas parejas.
Mejor no compartir este conocimiento con nadie.
Ojalá ahora estés en casa, en alguna casa.
Tranquila. Por ejemplo, pintándote las uñas.

26
jun
14

Alta tensión

Ahí enfrente, el cable suelto del tendido eléctrico.
Serpiente negra que zigzaguea bajo la tormenta gris.
Energía desatada, golpea el asfalto, flagela el aire.
Se retuerce, se sacude, se levanta, se enrosca,
y despide fuego blanco por la boca, por los ojos.
Dios, cuándo aparecerán los de Iberdrola.
El espectáculo me recuerda demasiado a ti,
puesta hasta las cejas de pastillas y polvo.
Problemas, descontrol, violencia desbocada.
Pero también eras luz, los momentos buenos.
Joder, cuándo coño llegarán los de Iberdrola.
Esos destellos, me recuerdan tantísimo a ti.
Iluminabas, como ese cable, los charcos de mi vida.
Hacías que parecieran bonitas piscinas azules.
Espejos de ilusión en los que mirarse y zambullirse.
Y dónde estarás ahora. Cómo estarás ahora.
¿Brillarán tus huesos en tu gruta subterránea?
¿Y mi esperanza, agusanada allí abajo, a tu lado?
Cómo te echo de menos, hija de puta.

19
jun
14

Extracto de la agenda de un alto ejecutivo (domingo 3 de mayo)

Trabajo en el edificio de oficinas más alto del país pero no deberías tenérmelo en cuenta.
Desde luego que me habría gustado ser, por ejemplo, una criatura de las praderas.
Si pudiera elegir, claro, elegiría ser un caballo.
Aunque, tal y como está el panorama dentro de mi caja torácica y de mi cráneo, me conformaría con ser una vaca o un perro.

Oh, sí.

Levantar hacia el cielo la admirable cabeza hueca y olfatear en el aire la llegada de la tormenta.

Oh, sí, sí, qué maravilla.

Correr o simplemente trotar sobre la hierba mojada a través de una inmensidad emborronada por las nubes bajas y las emanaciones de los abonos.

Proyectar a mi alrededor salpicaduras de agua pura.
Espantar moscas con el rabo.
Relinchar, mugir, ladrar a lo incomprensible.

Y no sentir la menor extrañeza ante el silencio por respuesta.

15
jun
14

6 (un diminuto cuento de amor)

Me enamoré de aquella chica rápida y profundamente.
Cuando nos íbamos a la cama se dejaba los calcetines puestos pero la verdad es que aquello me importaba bien poco.
Una noche me desperté de madrugada, ella dormida a mi lado, y bajé hasta sus pies y le quité con cuidado los calcetines rosas que llevaba.
Fue entonces cuando encontré la explicación a su manía.
En su pie izquierdo había un sexto dedo, diminuto pero perfectamente formado justo al lado del meñique. Precioso.
Lo besé fascinado, lleno de amor.
En ese momento se despertó.
Qué haces, dijo, qué estás haciendo.
Medio incorporada sobre sus codos, me miraba horrorizada. Entendí la gravedad de su problema.
Nada, perdona, fue cuanto acerté a decir.
Se puso a llorar enseguida, sin consuelo. Me llevó casi tres horas lograr que se calmara.
Desde el día siguiente ya nada fue lo mismo. Fue mucho peor.
Me preguntaba una y otra vez sobre su dedo. Qué me había parecido. Qué me había parecido de verdad.
Yo le decía que me encantaba. Pero ella no me creía. Aquella chica odiaba su sexto dedo. Lo odiaba con toda su alma. Y decirle que a mí me gustaba era un insulto para ella.
Por otra parte tampoco parecía una buena solución mentir y decirle que su dedo era horroroso.
Así que estaba cogido por los huevos. Me sentía como si tuviera que elegir entre ella y su dedo.
Por eso cuando un día me llamó desde el hospital y me dijo: acabo de deshacerme de él, sentí cierto alivio triste.
La cosa duró medio año más.
En fin, supongo que de un modo u otro todo, siempre, tiende a estropearse. Pero quizá la solución no sea extirpar el problema y tirarlo a la basura, sino pulirlo. Sacarle brillo. Pintarle las uñas.
No sé. Sea como sea quedó una cicatriz allí donde en su pie había habido un precioso submeñique. Único. Imprevisto. Milagroso. Un nuevo canon de belleza que no creo que vuelva a encontrar.
Todo esto viene a santo de que me la encontré el otro día después de un par de años. Se había puesto tetas. Pero me bastó mirarla para saber que seguía siendo la misma.

07
jun
14

Una historia maravillosa

Digamos que con este ya suma setenta y cuatro inviernos.
Y mira: todavía esta mañana esa autonomía y esas ganas de subirse al coche,
serpentear una vez más entre el tráfico y la locura
y conducir hacia la bahía, hacia la playa.

Aparca a cierta distancia de la orilla, en una amplia explanada.
Las líneas de las plazas de aparcamiento despintadas sobre el cemento viejo, rugoso.
Y ningún otro coche a la vista.
El mar no es más que el rumor de las olas al otro lado de los pinos y dunas
que flanquean la playa como una primera línea defensiva.
El agradable batir de olas pequeñas y aún verdosas a estas horas.
De algún modo lo sabe aún sin verlas.
Pasea un rato al frío sol blanco, sintiendo la imponente presencia agazapada tras las dunas.
Y se da cuenta de que el mar le gusta más de lo que siempre ha creído.
O más bien más de lo que siempre ha hecho creer.
Y comprende que exactamente lo mismo puede decir de su vida.
Jajaja, ríe por dentro, ríe, ríe.

Luego decide acometer el ascenso a ese promontorio rocoso que la gente llama La Quilla.
Un breve espigón natural de unos treinta metros de altura, rojizo.
Nunca antes había sentido curiosidad por ese montículo,
y sin embargo ahora nada le apetece más que pisar esa cumbre.
Cansarse, respirar y jadear, sentir cómo le arden los músculos
y sudar y enrojecer de esfuerzo al sol.
Y después sentarse a contemplar tranquilamente las vistas,
en la piel la caricia de un sol ya instalado en la tibieza.
Y disfrutarlo, disfrutarlo igual que un viejo lagarto.
Quizá incluso abrir la boca para regular la temperatura.
Exclamar: ah. Exclamar: oh. Exclamar: ahhh.
Sorprenderse de su sorpresa. Maravillarse con la maravilla.
Todavía también esa capacidad.

Así que escala La Quilla sin prisa, renqueante, afianzando los pies y las manos
sobre las enormes piedras,
unas cúbicas, sus lados pulidos, otras bloques amorfos arañados por la erosión.
Se detiene muchas veces. Toma aliento, en su garganta la sal del océano a su izquierda.
Pero se ha propuesto no mirarlo hasta que haya alcanzado la cima.
Por fin arriba se concede el regalo.
Y es tan bueno como había imaginado.
El mar ahí delante, ahí abajo, ante sus ojos y a sus pies.
Un espejo de un azul creciente ahora que la mañana avanza.
Y disfruta de mirarse en él.
Está orgulloso de haber culminado el ascenso.
Y está vagamente orgulloso de haber llegado a los setenta y cuatro.
Aunque enseguida rectifica:
sabe que para esto último la palabra adecuada es agradecido,
como para todo lo bueno que no depende de uno mismo.

Diez o doce gaviotas aparecen en el cielo
al otro extremo de la bahía.
Cegadoras manchas blancas cuando la luz
incide sobre sus plumajes en el ángulo preciso.
Las contempla volar juntas mar adentro en destartalada formación.
Hasta que una de las aves capta su atención
al separarse del grupo y poner rumbo al promontorio.
La gaviota aterriza suavemente en las rocas
unos metros por debajo en el precipicio.
Posada sobre un saliente agita sus alas quebradas
mientras introduce la cabeza en una cavidad.
Puede ver que en realidad sus plumas son de un blanco sucio.
Y enseguida puede ver la sangre reluciente en el pico
cuando el pájaro devora a un polluelo de su misma especie.
Y entonces sí conoce la paz profunda:
la conciencia de haber vivido sin ser víctima ni verdugo.

Más abajo lengüetazos de agua salada baten contra la roca,
los rugidos y espumarajos de la bestia al lavar su lomo herido.

Se queda allí mucho rato, no sabe calcular cuánto.
Hace tiempo que prescindió del reloj.
Se queda allí toda la mañana,
el salitre en las cejas, en las manos, observando.
Los cargueros lentísimos en el horizonte,
los colores de sus cascos en eterno combate contra el óxido.
Extensas manchas de aceite irisadas a la deriva.
De tanto en tanto algún pez volador explorando nuevos mundos.
Dos personas a lo lejos en la orilla,
difuminadas por el agua vaporizada que el viento arrastra.
La parduzca línea de desperdicios escupidos por la marea,
una curva de precisión asombrosa hasta el otro extremo de la bahía.
En cierto momento ahí arriba la estela deshilachada
de un avión desapercibido.
Y ahora esas nubes que se acumulan y se funden
y se hinchan y oscurecen en el cielo del norte,
una crisálida vaporosa cuando los extraños relámpagos
en forma de guadaña iluminan la amenaza oculta en su interior.

Piensa:
El mundo es de una belleza abrumadora. Perfecto.
El mundo es sencillamente el único posible.

La tormenta le alcanza conduciendo de vuelta a casa.
La autovía riela como charol bajo el plomo flotante
y las luces rojas se licuan en el parabrisas.
Circula despacio, a setenta por hora.
Los conductores le adelantan entre bocinazos y maldiciones.
Ese odio en las miradas, ese odio en todas partes
hace mucho tiempo que no le afecta.
No fue fácil, pero aprendió a ser un hombre tranquilo.
Así que la aguja se mantiene a velocidad de paseo.
Quiere ver y ve la lluvia cayendo sobre las naves industriales,
las torres de alta tensión, los esqueletos de las obras abandonadas,
un perro lobo ladrando en una gasolinera desierta
y los campos grises a ambos lados del camino.
Y se alegra por la tierra, siempre sedienta.

Llega a casa y la mesa está recién servida.
Juntos comen puré de verduras y un pescado cuyo nombre no conoce.
Juntos comen sano, como dos viejos sensatos.
Se quieren mucho y muy civilizadamente.
Ya no necesitan alardes de fuerza.
Hablan con educación de trivialidades.
La película que ponen esta noche.
Ese accidente aéreo sobre el mar de China.
Que mañana irán a comprar unas nuevas cortinas para el estudio.
Y cuando ella le pregunta qué tal lo ha pasado en la playa
le contesta que de maravilla y está a punto de contarle su escalada.
Pero en el último instante cambia de idea
y le dice que debería acompañarle la próxima vez.

Recogen la mesa y friegan los platos.
Después se toman el café mientras observan cómo el cielo
se aclara al otro lado de la ventana.
Apura de un trago la taza y se levanta, se acerca a su mujer
y le da un beso en los labios.
Le dice que debe de haber cogido frío en la playa,
que va a acostarse un rato, que no se preocupe.
Pero ella se preocupa vagamente porque él jamás echa la siesta.
Si necesitas algo llámame, ¿vale?, le dice,
y él sonríe y dice vale mientras camina hacia la puerta del salón.
Antes de salir se vuelve y mira a su mujer.
Está sentada de espaldas, añadiendo un poco de leche a su taza.
El pelo cano y la artrosis evidente en los dedos.
Pero durante un segundo la ve tan joven como hace cuarenta años.

En el dormitorio se afloja el cinturón y se deja caer en la cama.
No tiene sueño pero está cansado,
y el cangrejo secreto vuelve a morderle el estómago.
Con esfuerzo vence su peso a la derecha,
busca los calmantes que oculta en el cajón de su mesita desde hace semanas.
Pero lo piensa mejor y decide esperar un poco;
de pronto siente la necesidad de escribir un poema. Uno más.
Del mismo cajón saca un bolígrafo y en el prospecto de la medicina, escribe:

Nada me importa lo que hagáis de mí mañana.
Rica ceniza para el bosque.
Nueva tierra para la hierba.
Lluvia sólida para los peces.
Lo que queráis.
Nada me importa lo que sea cuando no sea.
Mientras fui vivisteis en mí.
Fui bosque.
Fui pradera.
Fui mar.
Vivisteis en mí.
No puedo pedir más.

Dobla el prospecto siguiendo los pliegues marcados en el papel,
y lo introduce en el envase.
Entonces vuelve a sacarlo, lo enrolla en forma de canutillo
y lo devuelve a la caja.
Duda un instante si cerrarla, y finalmente la deja abierta sobre la mesita.
Se vuelve pesadamente hacia su izquierda, hacia la ventana.
La persiana bajada hasta cuatro dedos de la repisa
deja entrar el resplandor de una tarde que se ha decidido a despejarse.
Se alegra. Seguro que su mujer está contenta ahí afuera.
Seguro que le quedan muchos años de buen tiempo.
Sí. Claro que sí.

Poco después siente el ataque definitivo.
Ese frío. La muerte recubriéndole los huesos de hielo pesado.
Reúne sus fuerzas y se encoge sobre sí mismo en posición fetal.
Puede ver así su propio cuerpo,
ametrallado por los disparos del sol limpísimo, recién lavado
que se cuelan por los respiraderos de la persiana.
Su viejo cuerpo calentado por la luz del futuro.
Ojalá me encuentre pronto, se dice, ojalá me encuentre así:
todavía caliente, todavía con cierto color.
Que mi piel no sea cera cuando me bese.
Antes de cerrar los ojos piensa que si se le concediera un mañana
escribiría todo lo que hoy ha vivido.
No sabe si se trataría de un poema o de un cuento.
Pero sabe que sería un buen final para una historia maravillosa.

Fin.




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