07
oct
14

Copos de cereal

Una vez
vi nevar sobre el trigo.
Era de noche.
Así que
nada que contemplar, en realidad.
Un rato antes
o un rato después
el espectáculo habría sido bonito.
Ese desfase,
siempre esa extemporaneidad.
Creo que puede resumir mi vida.
Aun así
miré el cielo negro,
los campos nocturnos,
intentando disfrutar del momento.
E imaginé cómo sería a la luz del día.

22
sep
14

Huellas en la nieve

Apenas nacemos,

y ya nos estamos yendo.

Somos huellas en la nieve.

Tenemos los días contados.

Pero los tenemos.

16
ago
14

El mapa

Los gatos que de niño no tuve me han dado caza.
Por la noche se suben a mi cama. Duermen conmigo.
Desprenden pelo frío.
Noto su peso muerto sobre el colchón.
Estatuas negras en torno a mí en la oscuridad,
hundiéndose despacio en la blandura de la memoria
como piedras en un mar nocturno,
como un ferry ilegal malayo.
Irremisiblemente.
Y yo ahí, quieto, los ojos abiertos en balde, las pupilas ciegas dilatadas.
Me siento el protagonista de una ceremonia fúnebre.
Lo soy.
Tal vez no debiera estar presenciando esto.
Estoy diciendo que:
Ha muerto una parte de mí.
Jamás conocí a mi padre.
Lo cual, debo decirlo, jamás me dolió.
Fui un niño feliz, no me faltó de nada.
Pero hace ya un tiempo que me aplasta la nostalgia de lo ignorado.
No saber y por tanto no poder
querer,
odiar,
perdonar,
cuidar,
olvidar.
De pronto comprender que esa insaciable nostalgia
será todo cuanto quede al respecto:
Cuestiones tan simples y tan irresolubles.
Quiero decir:
Cuestiones como:
¿nos habríamos parecido?
¿Tendría como yo un ojo de cada color?
¿También era alérgico al salmón?
¿O precisamente no lo soporto porque él los pescó en ríos mejores?

En definitiva:
Supongo que ya no soy un niño.
Supongo que me hago viejo.
Y necesito un mapa
para llegar donde no quiero.

24
jul
14

Tres visitantes

El ahogado llegó al amanecer, vomitado por un mar tranquilo, justo cuando acababa de lanzar el sedal y plantar la caña.
Fue Perro el primero en verlo a través de la bruma de enero.
Tan discreto como siempre, no emitió ni un ladrido.
Se metió corriendo en el agua y lo arrastró hasta la orilla.
Juntos lo observamos un rato.
Era un hombre joven y azul. Aún no estaba muy deshecho.
Salvo por los ojos turbios, impenetrables como esas nubes de tormenta, digamos que todavía se parecía a quien debía de haber sido.
Sin el menor atisbo de aprensión, lo cual me sorprendió un poco, revolví en los bolsillos de su anorak. Después en los de sus pantalones.
Nada. Solo agua gris, arena y puñados de tiempo perdido, ligerísimo y casi invisible.
Bueno, había también un cangrejo del tamaño de una moneda y de un intenso color naranja. Un viajero a lomos de la muerte.
Lo sostuve un momento en la mano, sus patas nerviosas arañando levemente la piel de mi palma.
Pensé en devolverlo al mar, pero no: lo acerqué al morro de Perro.
Un veloz lametazo de su lengua rosa y cálida, humeante, lo hizo desaparecer.
Oí el crujido del bicho entre sus dientes. Sonaba como pasos en la gravilla.
Y con Perro a mi izquierda eché a andar por la playa para avisar a las autoridades.
Solamente me volví una vez.
El muerto seguía allí, claro, mecido por las pequeñas olas, al pie de la caña de pescar.
Su arco me recordó, vagamente, a la hoja de una guadaña.
Las gaviotas, poco a poco, se arremolinaban en el cielo.
Esa noche me dormí enseguida, aplastado por un cansancio desconocido, innegociable.
Pero desperté en plena madrugada, lleno de ganas de verte. Te habías colado en mi sueño, en mi cerebro. En mi vida. Te habías colado aquí sin permiso. Igual que el muerto, igual que el cangrejo.
Por eso te escribí ese e-mail a las 04:11, en el que no te contaba nada de esto. Nunca contestaste. Espero que no estés azul.

17
jul
14

La gran Eme

Bajo la gran eme de McDonald’s uno se siente a las puertas del cielo aquí –extrarradio de polígonos y uralitas– y ahora –plena noche de invierno–, contemplando la nube de smog cobrizo posada sobre la ciudad a lo lejos, como una nave nodriza desafiando la ley de la gravedad, mágica, sobrenatural, divina.
Llévame, oh, llévame, inteligencia superior, haz de mí y conmigo lo que se te antoje.
Que razas siderales más puras me abran en canal para estudiar mi ruindad.
Que pedazos de mi momia desmembrada sean expuestos en los museos galácticos de la vergüenza.
Aquí estoy, aquí me tienes, oh, Nave Nodriza, te espero al pie de la gran M, estandarte de nuestra civilización fracasada.
Llévame contigo, hónrame, llévame, ante tu omnipotencia me arrodillo.
Qué hostias haces, capullo, grita entonces una voz en mi oído.
Es El Lito, masticando carne picada, ketchup en la barbilla y los ojos inyectados en sangre.
Tras él la imponente efigie de Ronald se alza hacia la noche, la cara pálida, la sonrisa obscena, maligna.
Pido a los dioses en los que no creo que cobre vida y nos arranque la cabeza a bocados.
Pero mis plegarias no son atendidas.
Venga, colega, dice El Lito, levanta de ahí.
No, tío, le digo, no puedo más, déjame aquí.
Y El Lito me arroja a la cara su Fanta Naranja, me levanta por los sobacos y grita:
cabrón, mueve el culo, que te toca conducir.
Me tambaleo, noto la muerte mordiéndome las rodillas.
Me parece un milagro acertar a cazar las llaves cuando El Lito me las lanza por encima del Megane amarillo.
Un minuto después viajamos a ciento cincuenta por hora
desde, a través y hacia la nada.
El radio cd con el volumen a 59 escupiendo nuestra propia marcha fúnebre, electrónica, grotesca, sobrerrevolucionada.
Y en el maletero dos bultos sobre los que se retuercen, en un silencio húmedo, viscoso, millones de gusanos blancos, ciegos, descerebrados. Como nosotros.
Los cadáveres preciosos de quienes podríamos haber sido.

07
jul
14

Anunciación

En la cola del cine, solo, sesión de las 22:30.
De pronto trasciendo a un nivel superior de conciencia.
Las películas en cartel son espantosas.
El aire huele a moqueta, ambientador y palomitas.
Y afuera, lo sé, la noche reúne a sus lobos en manadas.
Nos devorarán a todos, también a estas parejas.
Mejor no compartir este conocimiento con nadie.
Ojalá ahora estés en casa, en alguna casa.
Tranquila. Por ejemplo, pintándote las uñas.

26
jun
14

Alta tensión

Ahí enfrente, el cable suelto del tendido eléctrico.
Serpiente negra que zigzaguea bajo la tormenta gris.
Energía desatada, golpea el asfalto, flagela el aire.
Se retuerce, se sacude, se levanta, se enrosca,
y despide fuego blanco por la boca, por los ojos.
Dios, cuándo aparecerán los de Iberdrola.
El espectáculo me recuerda demasiado a ti,
puesta hasta las cejas de pastillas y polvo.
Problemas, descontrol, violencia desbocada.
Pero también eras luz, los momentos buenos.
Joder, cuándo coño llegarán los de Iberdrola.
Esos destellos, me recuerdan tantísimo a ti.
Iluminabas, como ese cable, los charcos de mi vida.
Hacías que parecieran bonitas piscinas azules.
Espejos de ilusión en los que mirarse y zambullirse.
Y dónde estarás ahora. Cómo estarás ahora.
¿Brillarán tus huesos en tu gruta subterránea?
¿Y mi esperanza, agusanada allí abajo, a tu lado?
Cómo te echo de menos, hija de puta.




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