14
abr
14

Aceptación de herencia

Toda la vida aguantándolo,
y ahora el gran padre
nos deshereda.
Un montón de nada,
eso nos deja.
Un futuro muerto.
Un vientre preñado
de alas recortadas.
Ruina y polvo y más ruina.
El burro que se creyó
pura sangre,
reventado, flotando
boca arriba en la sucia acequia
que se pensó río limpio.
Eso nos deja Papá:
Un enorme descampado.
Latas de gasolina casi vacías.
Cartones sucios.
Muebles viejos. Madera seca.
Eso nos dejó Papá:
Nada
Y nada que perder.
Todo lo necesario
para calentar este frío.
Todo lo necesario
para iluminar esta noche.
Aceptemos pues la herencia.
Y prendámosle fuego.

14
abr
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Ya es primavera

Ya es primavera en El Corte Inglés
y en la terraza del bar
las palomas picotean
migas sucias bajo el sol.
En diez minutos he visto a dos personas
agacharse para recoger sendas colillas.
Es primavera en El Corte Inglés.
Es importante ir a la moda.
Es primavera.
Cielo azul, sol y palomas.
Sus sombras son enormes buitres.

14
abr
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Plenitud

A estas alturas,

ya nunca seremos

Enfants Terribles.

Ni de las letras

ni de las noches

ni de nada.

Ya no somos niños.

Y nunca fuimos

terribles.

Hoy
me he dado cuenta.

Mientras fregaba.

Si no me crees,
lee lo escrito
en tus cicatrices.
Hoy lo he visto claro.

Y, ¿sabes qué?

No tiene importancia.

El futuro aún
se despliega
dentro de nosotros.
14
abr
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Respetable Señor Pelícano

Documental de National Geographic.
Un pelícano con la bolsa subyugular
a reventar de pescado.
Esa expresión en sus ojos aviares,
tan redondos y tan estúpidos.
Cierta angustia callada.
Atragantamiento.
Ahogamiento.
El gaznate arriba y abajo
engullendo crudos, vivos
decenas de peces recios,
duros, asquerosos,
el metal de sus escamas
arañándole el esófago.
Y no puedo evitar preguntármelo:
¿Y si al pájaro no le gusta
lo que tiene que hacer
para seguir siendo el Señor Pelícano,
respetable miembro del reino animal?
¿Y si no puede tragar más mierda?
¿Y si se siente como yo?
Hijo, me dice entonces mi madre,
tal vez deberías volver a terapia.
Solo entonces me doy cuenta
de que estaba hablando en voz alta.
Sí, quizá debería retomar el tratamiento.
O quizá no. No lo sé.
Otra vez llenarme el buche
de pastillas como peces de colores.

14
abr
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Todos fanáticos (casi)

Bonito atardecer rojo.
Veo la pequeña, lenta,
vieja muchedumbre
que sale de la iglesia,
y pienso -casi sin querer,
lo prometo-:
Bienaventuradas gentes.
Bienaventurada su fe,
su creencia monolítica
en las manos perfectas
que nos sacaron del lodo.
Sí, bajo la sangre púrpura
de un sol que ya muere
les veo retirarse en
cuchicheantes grupitos
hacia el cobijo de naftalina
de sus casas rancias, tristes,
y les deseo paz, dicha
e ignorancia eternas.
Que alaben de por vida
a su ídolo de madera.
Bienaventurados sean
quienes defienden
la resurrección de la carne,
el producto sobrenatural,
el pez por el pez
y el pan por el pan.
Bienaventurados los que
predican el milagro,
el sinsentido, la demencia.
Al fin y al cabo cada cual
elige su mentira preferida.
Yo y unos cuantos -sí,
yo el primero- quisimos
creer que algo divino,
o por lo menos decente
y bueno en su esencia,
latía bajo nuestra piel
de cordero, lobo, cerdo.
Que habíamos venido
al mundo para algo más
que servir de alimento y
transporte para las pulgas.
Ahora me doy cuenta:
No hay idea más absurda.
Eso sí, con excepciones.
Con milagrosas excepciones.

14
abr
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Habíamos sido uña y carne

Y me lo encontré por la calle, diez años después de la última vez. Se plantó delante de mí, y me llamó por mi nombre. Tardé un segundo en saber quién era. El pobre estaba hecho una mierda. Le faltaba la mitad de los dientes. No tardé más de dos segundos en reconocerle, de verdad, pero me sentí mal por ello. Sé que mi cara reflejó la desagradable impresión. Y seguramente él lo percibió. Aun así dio un paso hacia mí y me abrazó. Fue notar su contacto y saber que había hecho bien desapareciendo del mapa en 2003, dejando tirados a este y otros buenos colegas, los mejores. Supe que había hecho bien largándome sin mirar atrás. Al menos en términos de supervivencia. Porque su abrazo no era un abrazo amistoso, fraternal. Más bien se trataba de un braceo desesperado. Como el del bañista que se ha alejado demasiado de la orilla y lucha por agarrarse a la boya. Como el del boxeador vapuleado que rodea los brazos del rival para que deje de golpearle durante unos instantes, para recobrar el aliento antes de que la paliza se reanude. Pero por desgracia mi amigo no era un nadador ni un boxeador. De haber sido así le habría arrojado un salvavidas o habría tirado la toalla al centro del ring para que el árbitro detuviera la carnicería. No, no podía hacer por él nada más que lo que hice: escuchar cómo me pedía con cierta vergüenza que le prestara diez pavos. Y darle veinte, igualmente avergonzado. Los cogió sin mirarme, se dio la vuelta y echó a andar cojeando por la acera sin decir adiós. Tampoco me dio las gracias, lo cual agradecí en silencio. Me quedé allí de pie viendo cómo se alejaba hasta que se perdió entre la gente. Entonces sentí un dolor repentino en las manos. Igual que el que debe de sufrir, pensé, el boxeador que gana el combate después de repartir tanto gancho, tanto directo, tanto golpe al hígado ajeno. Sin embargo el dolor se intensificaba en los dedos, en la punta de cada uno de ellos. Levanté las manos hasta la altura de mi vista, los puños medio cerrados vueltos hacia mí. Y miré. Las uñas se me habían aflojado. Estaban medio sueltas, todas, a punto de separarse de la carne. Hice que acabaran de desprenderse dándome un par de puñetazos.

14
abr
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Limbo

Salgo a la calle. Desierto templado.
Abril.
Ocho.
Mañana.
Sábado.
De pronto suenan las campanas de la iglesia.
Me pregunto si sería mejor decir tañen.
Tampoco encuentro respuesta a eso. Y no importa en absoluto.
El asunto es que suenan y resuenan las campanas en mi cabeza mientras espero el bus en la parada.
Una empleada municipal de la limpieza vestida de naranja se acerca despacio por la acera.
Debe de ser de mi edad. Quizá hasta tenga un máster.
Llega junto a mí. Me barre los pies durante al menos medio minuto.
No me mira.
No dice nada.
Masca chicle.
Lleva auriculares.
No oye las campanas que anuncian luto también por ella.
Ojalá esto fuera el Sur, tan solo un poco más Sur y en lugar de campanarios de ladrillo y yeso minaretes de un blanco cegador se alzaran hacia el cielo urbano.
Y en vez de lúgubres campanas enérgicas, rabiosas, violentas llamadas a la Guerra Santa sobrevolaran como pájaros megafónicos las azoteas de esta ciudad muerta.
Sé que divago pero es que anhelo una gran causa porque ni siquiera tengo una pequeña y puestos a imaginar prefiero la grandeza.
Algo capaz de reunir la furia, la de todos nosotros, la ira de la verdadera Generación Perdida.
Que les den a aquellos escritores.
La nuestra es la auténtica Generación Perdida.
Arrebatada la posibilidad del cielo y su hotel de cinco estrellas, el purgatorio es un camping de caravanas atestado de basura blanca y, lo que es aún peor, ni siquiera hemos tenido ocasión de pecar y disfrutar lo suficiente para que el motel del infierno nos acoja.
Habitantes del Limbo, eso somos, habitantes de un lugar en que ya ni los más devotos creen. Habitantes de un lugar que ni siquiera existe.
Como nuestro futuro.
Sé que divago, vale, pero es que el bus no llega y además no importa porque cuando llegue no me llevará a ninguna parte.
Sé que divago pero es que la barrendera hace tiempo que desapareció acera arriba y ahora miro mis pies recién barridos y veo que están sucios. Muy sucios y descalzos.




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