22
Jul

ns/nc

Por mi experiencia. Dijeron que ésa era la razón para escogerme. Aunque puede que fuera porque no puse pegas cuando me explicaron el sueldo y el horario. Una mierda ambas cosas. Pero, bueno, supongo que como en cualquier parte.

Poco después reapareció Leo. Si llevas el suficiente tiempo frecuentando determinado tipo de sitios acabas mezclándote con gente como Leo. Hacía bastante que no nos veíamos. En realidad, nunca habíamos sido amigos, medioamigos, colegas. Simplemente coincidíamos de cuando en cuando en ciertos bares y a lo mejor yo necesitaba meterme algo o conseguir un poco de pasta o un arma más o menos limpia. Él se encargaba de todo. Yo nunca me retrasaba en los pagos. Así que todo era muy cordial. Fácil, rápido. Los problemas no me gustan; los elimino. Eso solía decirme cada vez que nos despedíamos, justo después de asegurarme que le gustaba hacer negocios conmigo.

Total, que hacía bastante que no nos veíamos hasta que tropezamos con él en la calle, un par de meses atrás. Tropezamos. M. Barbaresco y yo. Un apellido raro. Un compañero del centro me dijo que el viejo era rumano o albanés, no lo sabía exactamente. Que en su tierra había sido músico en una de esas orquestinas zíngaras que salen tan a menudo en las pelis del Este. Luego se había venido aquí con su hijo y al poco un ictus lo dejó así, en silla de ruedas y babeando. Y con esos ojos como descolgados mostrando el revés desvaído del párpado inferior. Un apellido realmente raro; supongo que lo recordaría aunque no lo hubiera leído todas esas veces, bordado en cada pieza de la ropa interior del abuelo. Porque este trabajo no sólo consiste en sacarlos a dar una vuelta, asegurarte de que les dé el sol un rato. Si quieren mear tienes que ayudarles. Si quieren cagar, también. Y es de verdad complicado saber en qué momento se le van a aflojar los esfínteres a un vegetal.

El caso es que nos sentamos los tres en un banco del jardín donde siempre llevaba a M. Barbaresco y a los demás. Leo me preguntó si el mudo era pariente mío. Y yo le presenté a Eme y le expliqué lo de mi nuevo trabajo. ¿Ahora eres decente?, dijo Leo. Habló en un tono extraño. De hecho, estoy casi seguro de que la frase no era una pregunta pero, mira, ya he puesto los signos de interrogación. Así que ahí se quedan.

Al acabar de fumarnos el purito ya hacía un buen rato que había aceptado la oferta de Leo. Era algo fácil y rápido, como a él le gustaba. Sólo que esta vez yo sería el suministrador. Me dijo que conocía a personas que estarían interesadas. Hay gente para todo, ya sabes. Y resultó que Leo tenía razón.

Con el Sr. Barbaresco la cosa resultaba aún muy precipitada, y decidimos esperar a que me asignaran el siguiente anciano con la capacidad de habla atrofiada. Recuerdo la cara de aquel pionero, pero he olvidado su nombre; debía de ser menos exótico que el de Eme. Luego vinieron unos cuantos más. Era fácil y rápido, he de reconocerlo. En lugar de llevarlos a un parque los metía en un taxi y nos íbamos a una parcela que Leo había alquilado a las afueras de la ciudad. Aquello debía de ser suelo industrial. Nada más que un pequeño cuadrado de terreno pedregoso con una caseta cúbica de cemento en el medio. Como una especie de cobertizo destinado en tiempos a guardar herramientas agrícolas. En un rincón había una azada oxidada y la hoja abandonada de una guadaña. Eso y botes vacíos de pesticidas y otras cosas por el estilo ya estaban allí cuando Leo alquiló el escondrijo. Lo que él o sus clientes habían instalado era más moderno. Casi sin querer me dio tiempo a echar un vistazo rápido en una ocasión en que la operación de entrega se alargó más de la cuenta por culpa de la resistencia que ofrecía el paquete. Una camilla acolchada, tipo sala de dentista, a la que se le habían acoplado diversas correas de cuero. Cosida al cabezal, una mordaza. De ésas con una bola de goma en el centro. También había una cámara digital montada sobre un trípode.

Cuando el taxi desaparecía acercaba al viejo de turno a la puerta de la casucha y esperaba a que alguien la entreabriera. Un instante después el anciano era absorbido a través del hueco para permanecer allí dentro una hora. Ése era el trato: una hora y nada de señales visibles. Sin sangre. Rápido y fácil. Yo hacía tiempo tomándome algo potente en cualquier bar del polígono anexo hasta que transcurría el plazo e iba a recogerlos. Normalmente el viejo/-a ya estaba esperando en la puerta de la parcela. Sentado/-a en su silla, perfectamente vestido/-a y con cara indescriptible. Y con quinientos euros en el bolsillo trasero del pantalón. Supongo que podría haber sacado más, pero ése era el trato.

Y poco más que contar. Los llevaba de vuelta a la residencia y Hasta la próxima. Lo que pasa es que el otro día, mientras me despedía afectuosamente del último viejete delante de buena parte del personal de la recepción de la residencia, el tipo empezó a mover los labios y acertó a preguntarme Por qué. Y no supe qué contestarle. Una enfermera me miró fijamente, pero me la quité de encima diciendo que el hombre llevaba todo el día muy raro, que le dieran un valium.

Al volver a casa vi que mi hermano pequeño había tenido una de sus pataletas. Quiero decir que se había liado a patadas con los muebles. A pesar de usar una diminuta 36 había perforado las puertas de varios armarios. No sé… quizá cuando no tienes brazos la fuerza se te concentra en las piernas. Él los perdió hace un par de años. Mi madre se los metió en un puchero con agua hirviendo. A veces el chaval me pregunta por qué. Y, a pesar de mi experiencia, no se me ocurre qué contestarle.

16
Jul

Titán

Puede que sea verano y que estés sudando viendo la Teletienda a las tres y pico de la madrugada y que lo que siempre te persigue vuelva a atraparte. Es una pulsión que cada vez más a menudo te hace plantarte ahí en medio con un viejo radio-casette en los brazos. Las respiraciones flotando en el aire recalentado del cuarto cerrado, cada una a su ritmo. O sosteniendo un jarrón de porcelana mala. Hace años que duermen en camas separadas. Los mismos que han pasado desde que empezaron a odiarse. Seguramente toda la vida, supones. Y de pie a oscuras en el metro escaso que queda entre los dos mundos en guerra de los que vienes piensas que por qué no, que está justificado y que tú también mereces que –a falta de algo mejor- la prensa hable de ti. O notando el esfuerzo de tus bíceps al sujetar una olla exprés de ésas de acero macizo. E inoxidable. Pero la gente y los medios de comunicación hablan del asesino de la catana o del asesino de la ballesta. Y piensas que necesitas algo dotado de más glamour para reventar a tus padres mientras duermen justo cuando la voz en off de la Teletienda empieza a hablar de un las bondades del sacacorchos Titan Glam.

Una oferta irresistible. Tan útil como elegante.

De titanio.

Con punzón en espiral y cachas de madera de roble barnizada.

Y tuercas con cromado americano.

Por sólo 80 euros.

El lujo a su alcance…

Y escuche esto: si lo compra usted ahora mismo, ¡recibirá totalmente gratis este magnífico escurregotas bañado en plata de ley!

Las imágenes que complementan el discurso disipan cualquier duda al respecto. Ese tubo seccionado en diagonal, el escurregotas, parece muy capaz de perforar la carne. Pero es demasiado corto y, como no tiene mango, probablemente te cortarías uno o dos dedos si lo clavaras violentamente en un cuerpo humano. Además, ¿quién coño sabe lo que es un escurregotas? Ningún periódico de provincias se atrevería a etiquetarte como el asesino del escurregotas. Ni del radio-casette. Ni de la olla a presión. Pero el asesino del sacacorchos… Sí. El asesino del sacacorchos de titanio.

Lo más apropiado para abrir recipientes llenos de tonos rojos, cereza y carmesí. Saborearlos unos segundos. Y, después, escupir.

Así que lo tienes claro. Ya sólo estás a 80 euros de la gloria, el reconocimiento. Esas cosas.

10
Jul

Marca personal

Algunos amigos que dicen estar estresados van a clases de yoga, pilates, taichi… como coño se escriba. Ese rollo zen de Pon tu mente en blanco y desconecta. Mierda. Nadie se relaja doblando las piernas antinaturalmente y hundiéndose en sus pensamientos. A poco que uno use su cerebro, encerrarse en una habitación aséptica oyendo la voz de un monitor/-a (que asegura estar superfeliz con su vida de mierda de monitor/-a) que te guía hacia tu animal del poder es lo más agobiante que se pueda imaginar. Por eso, cuando ya no puedo soportar más lo que me toca vivir me reúno con mi amigo Marc y nos adentramos en zona prohibida: en el germen de nuestro asco vital: en el centro de la ciudad. Concretamente, en la retícula de calles donde se concentran los comercios más importantes del mundo. Zara, El Corte Inglés, Bershka, etc. Ahora, en rebajas, el entorno es todavía más hostil de lo normal. Miles de personas correteando de una tienda a otra, con prisa, para que nadie les quite de las zarpas la ganga de turno. Marc y yo juntamos lo que cuesta un paquete de pipas y nos sentamos en un banquito o en un bordillo, reprimiendo las ganas de vomitar ante lo que desfila ante nuestros ojos, a la espera de seleccionar la presa de hoy. Hay muchos candidatos que lo merecerían. En la calle Colón de esta repugnante ciudad hay tantos emos como popis. Tantos modernitos fashion como pijos. Pero lo que ni mi amigo ni yo podemos soportar son los carteles ambulantes. Los hombres-anuncio. Con sus ces y sus kas, y sus des y sus ges. Así que le digo a Marc:

-Creo que hoy le va a tocar a ése.- Y se lo señalo.

Camiseta UCB con las letras del tamaño de cabezas humanas; pantalones Energie con el logo repetido a lo largo de las perneras; un cinturón tan grueso como el de un campeón mundial de boxeo: la E de Emporio y la A de Armani forman la descomunal hebilla.

Y me contesta:

-Puajj, realmente nauseabundo, pero mide casi dos metros… Demasiado para nosotros.

-Va, tío, nosotros somos dos.

-No sé, no sé…

Pero entonces nuestra inminente víctima saca de algún sitio unas gafas de sol y se las pone. La D y la G rebosan la patilla, joder, y Marc concluye:

-Vale, es él.

Empezamos a seguirle a distancia prudencial. Durante las siguientes dos horas le vemos entrar en una infinidad de tiendas de moda. En una de ellas se compra seis pares de calzoncillos Calvin Klein. De ésos con la marca bien visible en el elástico. De ésos que hacen que la gente vaya por ahí enseñando el culo para que todo el mundo pueda ver que llevas unos gallumbos del puto señor Klein. En fin, todo muy hiriente. Marc y yo empezamos a estar realmente cabreados. Y encima el puto engendro decide acabar su jornada de shopping tirándose media hora en una cabina de rayos UVA.

Mientras esperamos a que salga noto que la prisa me va invadiendo. A ver si este tipo sale de aquí y pilla un taxi o un deportivo descapotable para volver a casa. A ver si se nos va a escapar. ¿Por qué no entramos y nos lo cargamos mientras se broncea?

Pero Marc me frena. Marc siempre me frena. Supongo que si no fuera por él ya estaría a la sombra. Gracias, Marc, siempre a tus pies.

En efecto, no había por qué ponerse nervioso. El hombre-anuncio sale de la tienda de soles y echa a andar hacia calles cada vez más despejadas. Quince minutos después entramos tras él en su portal. Y me cago en la puta, aquello es un palacio. Por suerte, el portero ya debe de haber acabado su jornada de lameculos. Allí en el zagúan no hay nada más que un tipo realmente alto y corpulento y bronceado y depilado -ascoascoasco - y el ruido del ascensor bajando y Marc y yo, con las manos temblando.

-Tío, vas muy cargado -le suelto.

Y supongo que el especimen se siente amenazado de algún modo porque hace ademán de ponerse en guardía. Pobre cretino… Marc ya se le ha echado encima. Y en seguida yo. Y 1 + 1 es más que 1. Así que no nos resulta difícil quitarle las gafas, arrancarles las patillas y empezar a golpear, arriba y abajo, zas, zas, zas, zas, cada uno con una de ellas. Al principio el tío grita como un ser humano; pero no tarda en ponerse a chillar como una rata o algo aún más insignificante. Le amordazamos con algo que sacamos de una de sus bolsas. Son unos calcetines Adolfo Domínguez. Y, claro, seguimos clavando y clavando. Con más saña. Tiene ya varios boquetes en el torso. Las letras de UCB que utiliza para exhibir su perímetro torácico hace ya un rato que han dejado de ser blancas. Clavamos y clavamos y pienso Joder, estas gafas son realmente de buena calidad. No se han doblando ni un poquito. Y pasamos a los ojos. Todo ese vítreo manando. Parece gel. Parece semen. Algo gelatinoso y gris claro.

Ya casi no se mueve cuando veo que Marc está levantándole la camiseta y le palpa las costillas.

-Espera un momento; aún no.

Entonces le quito el cinturón y caliento la hebilla con el mechero. Se la grabo en la frente. Y le digo a mi amigo:

-Vale, adelante.

Marc busca con los dedos el tercer espacio intercostal izquierdo de lo que tenemos a los pies, e introduce poco a poco la patilla. Es carne humana, pero el plástico entra fácil. Como en mantequilla fundida.

07
Jul

Anestesia

Resulta que unos pisos por encima vive un pobre hombre. Como no hay ascensor puedes saber qué tal le va siguiendo el rastro que deja en la escalera. Si al salir de casa por la mañana sólo tienes que esquivar charcos de vómito es que ayer fue otro día normal en su vida de mierda. Cuando además encuentras sangre o, quizá, algún diente, te alegras por él. Porque anoche consiguió meterse en un lío gordo y ahora el dolor le durará un poco más de lo habitual. Y le dará un respiro. Porque su cerebro pasará unos días ocupado en asumir las molestías de los cortes o las costillas rotas. Y lo otro quedará en segundo plano. Lo otro se lo has oído balbucear a veces. Todos murieron. Él fue el único que se salvó. Quizá fue culpa suya, no lo sabe o no quiere saberlo. La verdad es que da igual. Lo que cuenta es que eso es lo que opina la gente que antes le quería. Le dicen que él es quien tendría que haberse carbonizado allí. Han dejado de hablarle, asegura. Ya nadie le llama. Lleva años solo. Y sólo cuando está al borde del desmayo etílico consigue sentirse un poco menos triste. Por eso bebe tanto, te dice un buen día, qué coño te has pensado. Tiene sus razones. Y son tan poderosas que cuando no tiene alcohol procura apartar su mente de lo de siempre machacándose las falanges con un martillo. Y te fijas en su mano izquierda y, joder, parece que un coche le haya pasado por encima. Ahí dentro tiene huesos rotos en más de cinco ocasiones. Frases por el estilo, torpes y babosas como su lengua de borracho, son las que has ido acumulando durante años hasta lograr formar tu propia versión de lo que tuvo que pasarle a tu vecino. Los demás miembros de la comunidad están hasta los huevos de él. Muchos de ellos han interpuesto denuncias y demandas. Dicen que por las noches pone la tele muy fuerte y que de su casa suele salir un olor insoportable a basura. También salen pequeños ratones, juró una mujer joven en la última reunión de propietarios. Da muy mala imagen a nuestra comunidad. Puede que tengan razón. A lo mejor lo ideal sería que un día viniera algún funcionario y se lo llevara a un sanatorio-residencia. Pero resulta que este mundo no es ideal, y que probablemente lo que tu vecino tiene grabado en la cabeza es tan horrible que no se puede soportar sin alcohol ni dolor físico. Por eso cada mañana le dejas una botella de algo junto a su puerta. Si te va bien vodka del bueno. Si estás en una mala racha, Don Simón. Es tu manera de ayudarle. Estás honestamente convencido de que no hay alternativa mejor. Bueno, si lo encuentras dormitando en un rellano, manchado de mierda y bilis pero no de sangre, completas su pasaporte a la anestesia dándole alguna patada en la boca.

02
Jul

Salvavidas

Estoy en un tren y llevo un regalo sobre las rodillas. La típica imagen de un regalo, ya sabes, una caja cúbica envuelta en papel de colores chillones y rematada con un lacito. Además, voy de traje. Y vale, soy yo quién está en el vagón vestido de pingüino y soy yo a quien le sudan las manos pero podrías ser tú. Sólo necesitarías estar bastante hasta los huevos y que en tu barrio hubiera una droguería, una ferretería. Quizá una tienda de productos de bellas artes. Porque cualquier día puedes encontrarte en el buzón un sobre de papel grueso. Con tu nombre escrito con tinta plateada o dorada. Dentro hay una invitación. Un par de años después de Todo te está invitando a su boda. Se ruega confirmación, dice al pie del tarjetón. Así que después de pensarlo durante unos días decides que lo mejor es asistir. No sabes si seguirá teniendo el mismo número, pero le envías un mensaje al móvil. Felicidades, me alegro mucho por ti, allí estaré. Alguna mentira por el estilo. Y ya sólo te queda comprarle un regalo. Buscas en Internet. Y, claro, acabas optando por un reloj-despertador. Según la red de redes es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Lo ideal.

 

La “termita” es una mezcla de combustible oxidante capaz de generar temperaturas cuasinucleares. 2.200 º, más de la mitad del calor que origina una bomba atómica. Y te asombra cómo has podido vivir todo este tiempo sin tal información. Pero lo más increíble es lo fácil que es de fabricar. Fight Club tenía razón.

 

Por eso en el tren no estás tranquilo. Tienes prisa y también ganas de vomitar. Te gustaría que todo hubiera pasado ya. No entiendes por qué coño le ha dado por casarse en una pequeña ciudad a trescientos kilómetros de la que creías que era la vuestra. En realidad, no entiendes por qué coño le ha dado por casarse. El caso es que llevas ya una hora de trayecto pero aún faltan un par más. Esto no es la Alta Velocidad. Esto es uno de esos viejos cacharros demasiado ruidosos que paran en cada pueblo por el que pasan. Y durante un momento te asusta la idea de perder la noción del tiempo y cagarla bien cagada. Retiras las manos del regalo. Pero luego miras la hora en el móvil y recobras la calma. Todo va según lo previsto.

 

En la droguería te facilitarán sin hacer preguntas óxido de hierro en polvo y aluminio en polvo. Es importante que lo utilices a partes iguales. Muchas webs recomiendan 10 gramos de cada. Pero más vale asegurarse. Y pones el doble. Remueves con cuidado hasta obtener una textura y color homogéneos. Luego añades un poco de cloruro de potasio y unas gotas de ácido sulfúrico, para potenciar la velocidad ignífuga del compuesto. Y metes el polvo en una caja. Preferiblemente, de cartón. El plástico acumula electricidad estática.

 

El tren se detiene en una ciudad intermedia. Miras por la ventanilla. Una ciudad de mierda, a juzgar por el estado de abandono en que se encuentra el andén. Hay herrumbre en las barandillas y en los bancos. La caseta en la que se compran los billetes tiene las paredes desconchadas. Y piensas Joder, quizá la culpa no sea mía, quizá es que la vida no es gran cosa. Y te dispones a seguir pensando en busca de sucedáneos de legitimidad pero te distrae alguien que se sienta a tu lado. Por el rabillo del ojo y por las fosas nasales concluyes que el sujeto es Mujer Joven. Sientes cierta curiosidad. Lo típico: si estará buena. Pero hay cosas más importantes en las que ocupar la mente y logras mantener la mirada en dirección al decrépito mundo exterior. Lo malo es que no pasan ni tres minutos desde que el tren recupera la marcha hasta que te dice ¿Vas a un entierro? Aun así, sigues sin girarte hacia ella cuando le contestas:

-Llevo traje negro, pero también un regalo; saca tus propias conclusiones.

-No lo digo por el traje. Lo digo por tu cara.

-Ah, vale… Entonces sí, voy a un entierro.

El hecho de estar seguro de que la conversación va a continuar no te ayuda a soportar mejor la voz de tu vecina de asiento. Sigue:

-¿Crees en dios?

-No.

-Mejor.

Luego se calla un minuto, hasta que suelta:

-Yo antes creía en dios. Ya sabes, por esto…

Justo después de esos puntos suspensivos oyes un toc-toc de origen desconocido, pero ni siquiera eso consigue que te vuelvas y mires de una puta vez a la persona que ha decidido joderte un poco más de lo que ya estás. Ella sigue:

-Pero hace tiempo que entendí que lo que de verdad necesito es otro tipo de amor. Algo más de carne y hueso.

-Me alegro de que tengas las cosas claras.

-Hoy empiezo mis vacaciones. Llevo yendo al mismo sitio desde hace cuatro años. Un pueblecito costero. Él está allí, vigilando la costa desde su torre. No es tan espectacular como los vigilantes de la tele. Es un tío normal, pero a mí me gusta.

-Me alegro de que tengas las cosas claras.

-Lo que pasa es que no me hace ni puto caso. Todos los veranos finjo que me ahogo justo delante de él pero nunca viene a rescatarme. Termina acudiendo algún bañista buenapersona que me saca del agua y luego corre hasta la torre de vigilancia para echarle la bronca por no hacer su trabajo. Entonces, delante de mí, él explica a los curiosos que lo que pasa es que estoy loca y que todos los años igual. Eso dice, que estoy loca. Pero yo sé que lo único que explica que no venga a salvarme es esto…

Toc-toc.

En este punto cedes a la curiosidad. La miras y ella te mira directamente a los ojos y luego baja la vista hacia su falda, se la recoge un poco y te muestra su pierna ortopédica. Ella vuelve a mirarte, pero tú sigues clavado a ese pedazo de madera vieja.

Dice:

-Sé que es horrible pero… ¿sabes cuánto cuesta una de esas piernas ultraligeras y estilizadas de fibra de carbono que fabrican ahora? Ni te lo imaginas…

Y dice:

-Por cierto, ¿qué hay dentro de la caja?

 

Lo ideal es que sea un reloj-despertador electrónico. Que lleve un zumbador o un altavoz. Es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Ni siquiera necesitas haber visto Bricomanía. El ferretero de tu barrio te ayudará a continuar el proceso vendiéndote una pequeña bombilla. Pequeñísima. Con 1,5W hay de sobra. La rompes con cuidado de no cargarte el filamento incandescente y la conectas en el lugar del altavoz-zumbador-buzzer, de manera que esté en contacto con la cajita repleta de termita. Vuelves a atornillas el despertador y lo programas. Las diez de la noche es un buen momento para hacer entrega de tu regalo. En pleno banquete.

 

Dices:

-Ni te lo imaginas.

Y dices:

-Aquí no puedo enseñártelo. Vamos.

Dos minutos más tarde estás en el último vagón del convoy, en el WC. Te has olvidado del regalo. Está en el lavamanos, bajo un grifo goteante. Y tú entre las piernas de la chica. O algo parecido, ya me entiendes. Y oyes el toc-toc-toc de su prótesis chocando contra las paredes de PVC del aseo. Que es una pierna Erickson, te comenta mientras os movéis al ritmo del traqueteo del tren. Que la robó en uno de esos sanatorios tétricos donde la gente deja reliquias a cambio de obtener el derecho a un milagro. Que se vendieron millones de unidades durante la II Guerra Mundial y que ya está algo pasada de moda. Pero que da igual porque al fin y al cabo su vigilante particular nunca se fijará en ella.

-A mí me gusta –le dices-. Es raro.

Al acabar te pide que le enseñes el regalo. Cumples tu palabra.

30
Jun

Tarjetas

De repente, me recordó a Patrick Bateman.

Estábamos cenando en un bar. Una cena de amigos de toda la vida, con bocatas, tapas y mucha sangría, así que no había ninguna trascendencia en los temas ni seriedad en las formas.

Hasta que, en cierto momento, nos pidió que le atendiéramos, para lo cual se ayudó de golpear su copa con el tenedor. Cuando se aseguró de que era el centro de nuestras miradas y de nuestros oídos, nos comunicó que le habían ascendido en su empresa. No recuerdo qué cargo nos dijo que ocuparía a partir de entonces, ni siquiera recuerdo si lo hizo. Ahora supongo que no, que seguramente prefería que lo viéramos por escrito, pero la verdad es que no podría asegurar si nos lo dijo o no. Y da igual porque lo fundamental, al menos para mí, lo que llamó poderosamente mi atención, fue que, después de darnos la noticia, se sacara del bolsillo un estuchito plateado, lo abriera y empezara a repartir de mano en mano un ejemplar de su flamante tarjeta personal.

Mientras lo hacía nos contaba los muchos motivos que habían determinado su ascenso, y también los porqués que harían que no tardara mucho en ocupar el puesto de su jefe. Y luego nos habló con gran placer y entusiasmo de tipos de cartón, de tipos de tinta, de tipos de relieve. De dimensiones, de formatos y de precios. Mencionó las tiendas de ésta y otras ciudades especializadas en la materia. Y, claro, me recordó a Patrick… Por eso y por la gomina en su pelo repeinado hacia atrás, el afeitado perfecto que enmarcaba su sonrisa resplandeciente, y la pulcritud de su ropa y sus zapatos. Sus uñas.

Estaba claro que era un producto. Todo en su aspecto estaba estudiado para contribuir a su éxito social. Creo que desde el momento en que decidió hacerse un taco de tarjetas, incluso su nombre era su nombre porque estaba impreso en papel de alta calidad. Su imagen constituía su identidad. Y sí, ya sé que eso está a la orden del día en nuestros tiempos, pero el modo rimbombante en que reclamó nuestra atención, la manera en que hablaba de lo importante que su trabajo era para su empresa y el cuidado con que manejaba aquella cajita entre sus dedos, dedos de oficinista, al fin y al cabo… todo eso me sobrecogió.

Me pregunté cómo se vería toda esa parafernalia recubierta de sangre. Porque no me cupo duda de que tarde o temprano cualquier motivo sería bueno para iniciar la carnicería. Que su mujer ganara más pasta que él, que no acabara de llegar el momento en que su jefe se jubilara. Que dentro de unos años, cuando su hijo/-a fuera a un colegio de pago, alguno de sus amigos llevara unas zapatillas más caras. Así que pensé sin querer en un montón de cosas. Un oso de peluche, ensangrentado, deshilachado, con los ojos vidriosos y saltones mirando sin ver. Y en corbatas de trescientos euros manchadas de rojo y escondidas en bolsas con precinto.

Sí, era evidente que aquel tipo mataría por conservar su estatus. Y, seguramente, por elevarlo. Aparté de mi mente toda esa mierda y me centré en beber más y más.

En resumidas cuentas, era un motivo tan bueno como cualquier otro.

25
Jun

Avistamientos

Esta ciudad tiene playa. Y allí es donde vamos cada vez que nos odiamos a muerte. Cada vez más a menudo. En ocasiones lo busca uno, en ocasiones lo busca el otro. Pero en realidad hace tiempo que no sería necesario abrir la boca para proponerlo. Ambos sabemos adónde tenemos que dirigirnos para que el milagro perdure un poco más. Así que hacia allí partimos en coche, en bus, a pie. En silencio durante todo el trayecto. Y acabamos sentados hacia el mar, sea la época que sea. Tampoco en la playa hablamos gran cosa. Uno al lado del otro con arena fina entre los dedos de los pies y en la lengua el sabor a pescado muerto que trae el aire salado, simplemente intentamos creer que celebramos un ritual. Algo que nos limpiará la mierda que cada cual acaba de verter sobre su amor. Algo así como una purificación, algo que nos volverá a juntar. Suele funcionar. Al menos, lo parece. Porque cuando regresamos al microclima del centro de la ciudad podemos volver a hablarnos y tocarnos. Hoy es de noche y hay poca gente en la playa. La silueta de un pescador tras una nebulosa de salitre. Un grupo de chavales unos metros a nuestra espalda. Beben alcohol y hablan a gritos, se nota. Sólo se intuye, porque por suerte el viento se lleva sus voces hacia otro lugar. Eso y ella y yo y el frío y la humedad de la arena mojándonos los pantalones. Es todo. Hasta que el resplandor aparece en el cielo. Una luz blanca flotando ahí arriba, inmóvil entre las nubes negras y el agua negra. Casi inmóvil durante demasiados minutos. Le digo Mira, un ovni. Y sí, ella sigue mi índice durante un momento. Pero luego clava los ojos en el polvo y escarba hasta sacar una concha vacía. Sopla en su interior y la costra acumulada en esas entrañas huecas… no sé… puede que durante miles de años… salta por los aires en millones de partículas. Y no necesito buscar su cara para estar seguro de que se dispone a decir algo importante. No pienso consentirlo. No pienso consentirlo porque de pronto mi costado izquierdo se ha transformado en un dolor lento, como el que producen las fracturas mal curadas. Así que le pido que se calle. Pero no obedece y sí, empieza a decir algo muy importante. No pienso consentirlo y sólo se me ocurre interrumpirle sin mirarla, asegurarle que ya nadie nos quitará haber visto juntos un platillo volante sobre el mar de nuestra ciudad. Que con nadie compartirá nada igual. Y de repente la luminaria voladora se me vuelve un destello acuoso, una gota de luz que tiembla y se derrama justo desde el centro de mis pupilas. Entonces el resplandor se perfila con mayor detalle revelando que lo paranormal no es más que un letrero luminoso arrastrado por una avioneta. Y unos segundos después distingo cientos de bombillas atravesando mi campo de visión. Publicidad de Marina d’Or o algo por el estilo. Publicidad para gente que no acaba de perderlo todo. Por suerte ella ya está de espaldas, caminando hacia el asfalto. Ojalá no se vuelva y se explique lo inexplicable. Ojalá se lleve en su mente un ovni. La sensación de que todo es posible. Todavía.

23
Jun

Demasiado cerca

Resulta que vivo en un bloque de nueve pisos muy cerca de la universidad de esta ciudad. Todo estudiantes, todo veinteañeros y treintañeros. Cuando me los cruzo en la escalera parecen felices, con independencia de que estén borrachos o no. La portera no debe de ser mucho mayor, pero su aspecto no es tan risueño. Quizá se deba a que tiene un hijo preadolescente y probablemente no deseado de unos doce o trece y con algún tipo de autismo o algo peor. O puede que la explicación radique en que el chaval mide uno ochenta y pasa de largo los cien kilos. No sé… puede. Puede que tal envergadura haga la situación aún más inmanejable. Entre las nueve de la mañana y las nueve de la noche la mujer está en el portal, fregando los escalones o quejándose por teléfono con voz demasiado audible o limpiando los cristales del cuartucho en el que se mete de rato en rato. Dentro tiene una Singer con la que remienda los rotos de los pantalones de su hijo. Porque a las cinco de la tarde el autobús del centro especial o como se llamen esas escuelas para niños diferentes descarga al chaval en la esquina y todo lo que hace desde entonces hasta que su madre cierra con llave el cuartito es arrastrarse por el gres. Ella no puede levantarlo del suelo así que le repite que se levante y se siente a hacer no sé qué en un cuadernillo. Sin la menor señal de enfado en su tono. Ni de cariño. Pronunciando de la manera en que se habla a un perro que te ha salido un poco difícil. Pero supongo que él no se da por aludido porque jamás le he visto obedecer a una de esas órdenes. Ni siquiera reaccionar física o verbalmente. De hecho, nunca le he oído hablar. Lo único que sale de su boca son babas y sonidos guturales. La portera tiene un novio que va a verla de cuando en cuando. Bastante desagradable. Tiene la frente estrecha y la mandíbula hacia fuera y cuando saluda al chaval lo hace dándole un manotazo en el pescuezo o tirándole de la patilla. Porque el autista no es más que un niño pero ya tiene una barba cerrada. Lo bastante para que su madre tenga que afeitarle cada dos o tres días. En fin, que el novio de la portera es un tipo bastante desagradable pero por algún motivo indescifrable ella se muestra muy cariñosa con él. En varias ocasiones he oído cómo le pedía perdón por su realidad diciendo cosas como No se lo tengas en cuenta, ya sabes que no está muy bien o Qué me vas a contar; me tiene harta. Y luego le da un beso al hombre en sus labios de animal. Él siempre se echa hacia atrás. La otra tarde me decido por fin a poner la lavadora. Luego subo a la azotea a tender mis cosas. Como en cualquier edificio antiguo, la casa de la portera está en el último piso. La puerta está abierta pero no miro al pasar porque la verdad es que me importa una mierda lo que pueda ocurrir dentro. Así que salgo a la azotea y veo un par de sombras proyectadas sobre una sábana blanquísima. Se mueven, como si se abrazaran y se besaran o como si forcejearan, no lo sé. Tampoco salgo de dudas cuando retiro la tela y veo a la portera y a su hijo demasiado cerca de la barandilla y demasiado cerca el uno del otro. Ella me mira con una cara extraña, de circunstancias y de miedo al mismo tiempo. El chaval me mira con la única cara de que es capaz. No digo nada. Vuelvo a refugiarme tras la sábana. Mientras tiendo ellos siguen a lo suyo. Les oigo gemir, respiran profundo. Qué más da, pienso, sólo son dos vidas de mierda.

18
Jun

La vida salvaje

Estaba en el pasillo y un neón parpadeaba en el techo y no pudo evitar pensar que todo tendía a estropearse.

Miraba la tele que había anclada en la pared casi a la altura del techo. Un documental. Animales en su hábitat. Las técnicas de caza de las criaturas salvajes. Su procreación. Su crecimiento. Su muerte anunciada entre las zarpas de otros seres más fuertes. Cosas así. Y el hombre no podía evitar pensar que todo tendía a terminarse. Quizá no en el mundo entero, pero sí en el suyo. Aunque tal vez, por qué no, el mundo entero. La idea no le consoló.

Las últimas visitas salieron de la habitación. Hace un rato habían llegado igual que todos los demás, contentos. Sonriendo y cargados de regalos. Ahora, al salir de la 313, ponían la misma cara que el resto. Un gesto contenido, forzado para permanecer a medio camino entre la tragedia y la comedia. El último en salir de la habitación fue Marcos, su amigo de toda la vida. Fue el único que se le acercó y consiguió mirarle cara a cara, sinceramente, durante unos segundos. Luego le abrazó sin decir nada y se marchó.

El televisor seguía proyectando escenas de violencia animal. Violencia sexual o violencia alimenticia. Daba igual. Supervivencia primaria, al fin y al cabo.

Entonces se levantó y echó a andar hacia las escaleras. A las puertas del hospital se fumó un cigarro. Le habría gustado que estuviera lloviendo, por ejemplo. Que fuera de noche e hiciera frío, por ejemplo. Pero eran las cuatro de la tarde y un sol enorme ardía en el cielo, cegándolo todavía más. Con el cigarro aún entre sus dedos se dirigió de nuevo a la tercera planta. Al fin y al cabo, estaba seguro de que nadie tendría cojones de llamarle la atención. La recorrió varias veces de punta a punta del pasillo. Le sorprendió un poco que en la mayoría de las habitaciones hubiera gente feliz. A él le costaba reunir el valor para entrar en la suya. Cuando lo hizo, ella estaba dormida. Y muy plácidamente. No se agitaba, no sudaba. No había en su expresión el menor atisbo de preocupación. Un hilillo de baba tan transparente y pura como el agua se deslizaba desde la comisura izquierda de sus labios. Y el hombre se estremeció. De repente fue consciente de que nunca antes en su vida había visto nada tan aterrador.

Al poco ya estaba en la calle, llevando en la mano una bolsa de Toys R’ Us en la que alguno de los visitantes de su mujer había guardado un oso de peluche con ojos incomprensiblemente azules.

Una larga fila de alumnos de preescolar salía del zoo justo cuando él estaba sacándose la entrada. Veinte euros. Un poco caro. Pero es que según lo que ponía en el ticket y en los folletos de publicidad y en los mapas que le había dado el tipo de la taquilla aquello no era un zoo. Era un Bioparc, lo que fuera que significara. Así que a lo mejor lo caro de la entrada estaba justificado.

Tenía prisa por ver de cerca a los leones. Y a las hienas. Y a la pantera negra. Pero algo le obligaba a desviar su rumbo en cuanto veía un cartel que indicaba el camino hacia el sector Sabana. Así que pasó un par de horas vagando por el Amazonas, por la Polinesia y por el Acuario Antártico.

Estaban a punto de cerrar cuando al fin se sentó en un banco ante el foso de los leones. Con el sol poniente frente a él tiñéndolo todo de rojo reparó en el cartel. Los carteles. El mismo cartelito de plástico cada cinco de metros: Está prohibido alimentar a los animales. Y la misma idea en su cabeza cada cinco segundos: ojalá fuera una de esas bestias. Un guepardo, un perro salvaje. Algo así. Ojalá no supiera leer ni pensar más allá de la sangre y el instinto.

Por primera vez desde que había salido del hospital se atrevió a palpar la bolsa. Con cuidado. La sopesó. Allí sentado, oyendo rugidos, viendo comillos amarillentos y oliendo el tufo animal, intentó convencerse de que lo que había dentro del plástico no era más que tres kilos de carne fresca, tierna y caliente. Luego introdujo la mano en la bolsa y sacó al bebé. Volvió a comprobar que no se parecía en nada a él. Ni en los ojos, ni en la nariz, ni en la boca. Ni en el color. Era la cría de otro, dormida y venida de algún lugar lejano. Probablemente, de otro continente.

Mientras se acercaba al borde de la parcela con el niño en brazos rezó para que no se despertara. No tenía la menor idea de lo que pasaría por su mente si sus ojos se cruzaban.

Señor, vamos a cerrar, dijo una voz a su espalda. Y los pasos de quien había hablado se alejaron por un camino de grava.

Fue en ese instante cuando los párpados del bebé empezaron a despegarse.

Y el hombre se arrepintió, al menos un rato durante cada uno del resto de sus días, de su decisión.

16
Jun

Esto va fenomenal

Las nueve de cada mañana. El 40 me lleva de casa al trabajo. Un cuarto de hora de trayecto y la ciudad siempre igual. Tienen razón. En alguna ocasión he oído decir que esta ciudad es amarilla y huele a cloaca los días en que sopla en determinada dirección. Eso afirman muchos de los que vienen aquí por primera vez. Pues tienen razón.

Me siento invariablemente en el lado izquierdo del bus. Para reparar lo menos posible en la gente que repta por la calle. Sí, de cuando en cuando se puede ver a una chica guapa. Pero en general sólo es gente vulgar reptando por la calle. Así que me siento del lado de las ventanillas que dan a la calzada y paso quince minutos mirando motores y tubos de escape, metal vibrando. Y hago lo posible por no fijarme en el tufo cetrino del aire. Y todo sería más o menos llevadero si no hubiera tanto gilipollas aburrido.

Porque desde hace dos meses coincido en el autobús con un tipo de ésos que hablan y hablan. De cualquier cosa. No recuerdo exactamente por qué empezó a dirigirme la palabra. Tampoco es un dato relevante. Lo que cuenta es que el tío se sube en la parada siguiente a la mía, me saluda con la mano mientras pica el bonobús y luego avanza hasta ponerse justo a mi lado. Si voy en uno de esos asientos individuales se queda de pie junto a mí, colgado de la barra superior. Si estoy sentado en una zona biplaza y la otra mitad está libre, ahí que coloca su culo y me dice Qué tal al tiempo que me da una palmadita en la rodilla, rollo colegueo, rollo asqueroso. Da igual donde me ponga. El hombre-lapa es mi sombra. Si voy de pie o medio agachado en la parte trasera del vehículo, intentando pasar desapercibido entre los viajeros, él me localiza y viene hasta mí sonriendo, con su eterna bolsa bajo el brazo. Y empieza su cháchara. Hablándome desde demasiado cerca. No le importa que intente poner un poco de espacio entre los dos echándome discretamente hacia atrás. Tampoco se da por aludido si le empujo suavemente. Al día siguiente el cabrón vuelve a violar mi espacio vital, mi oreja vital. Mi cerebro vital. Y así durante sesenta días.

He empleado todas las técnicas socialmente admitidas para que deje de tocarme los cojones.

El primer día le sigo la corriente. Contesto a sus preguntas y apostillo sus estúpidos comentarios como haría cualquier descerebrado de los que pueblan esta puta ciudad. Y cuando bajo del autobús me tranquilizo pensando que habré tenido mala suerte, que hoy me ha tocado la china del tocapelotas de turno pero que mañana haré tranquilo el camino hacia mi curro de mierda.

Pero ya es mañana y se me erizan los pelos cuando lo veo subir al autobús, llegarse hasta mí y saludarme como si fuéramos amigos de toda la vida. Así que decido ponerme borde y no le sigo la charla ni con monosílabos. Miro por la ventana, mordisqueo nervioso la funda del abono-transporte, intento pensar en cosas agradables. Pero el hijoputa no capta el lenguaje no verbal; no calla ni un segundo. Me habla de cosas de las que ni mi madre se atreve a hablarme. No deja de soltar mierda por la boca. Dice que vive pared con pared con un matrimonio octogenario que por las noches no le deja dormir porque ambos están sordos y ponen la tele a todo volumen. Jaja. El otro día llamé a su puerta para pedirle que la rebajaran pero, claro, como están como una tapia, pues no me abrieron. Jeje. Me cuenta que vive con su madre. Está enferma de los nervios. Y además tiene la tensión alta. Desde que murió mi padre soy el único que cuida de ella. No me quejo, ¿eh? Lo pasamos bien… Jugamos al parchís todas las noches. Jiji.

Esa es la clase de mierda que vierte en mis oídos día tras día.

Y no hay solución. No hay manera de deshacerse de él.

Si intento darle esquinazo pillando el bus unos minutos antes o después de lo habitual, se las apaña para subir en el que yo he cogido.

Ya no sé qué hacer.

Por eso ayer, mientras lo tengo a un palmo de mis narices soltándome sandeces –lo caro que se ha puesto el gasoil, y qué me dices de las patatas, y mientras los políticos llenándose los bolsillos…-, me doy cuenta de que tengo muy claro que voy a matarlo. Que mañana sin falta me lo cargo. Y comprendo que debo haber estado acariciando inconscientemente la idea durante mucho tiempo, porque el modus operandi se dibuja en mi mente con absoluta precisión.

Ayer mismo al salir del trabajo me acerco hasta el vertedero de la zona sur y le pido al encargado si podría indicarme donde almacena los plásticos. Más bien, tela plastificada, le aclaro. O lona. Algo así. Voy a pintar en casa y necesito cubrir muebles y suelo. Salgo de allí llevando en brazos veinte kilos de un tejido impermeable que huele a productos químicos. En metros cuadrados, unos sesenta. Y una vez en casa me dedico a forrar de arriba abajo las paredes de mi cuarto. Meto los muebles fáciles de trasladar en otra habitación. Los más grandes, los envuelvo también. El trabajo me ocupa hasta las tres de la madrugada. Gasto todas las chinchetas y grapas que encuentro en los cajones de casa y ya entrada la noche tengo que ir a abastecerme a una tienda de chinos de las que abren hasta las tantas. Pero si mañana todo sale como tiene que salir, habrá valido la pena. Mañana aceptaré su invitación y todos contentos: él experimentará un rato de alegría y yo me libraré de él para siempre.

Y ya es mañana de nuevo. Joder, veo mi reflejo traslúcido en la ventanilla del autobús: soy la viva imagen de la felicidad mientras espero ansioso a que ese cerdo suba en la siguiente parada. Tengo que contenerme un poco. Ahí viene. Lo mismo de siempre. Ya está a mi lado. Ya está hablando. A estas alturas de nuestra curiosa relación ya me lo ha contado todo tres o cuatro veces. Hoy, parece, le toca recordarme que es limpiador en un colegio. Que los niños son unos malos bichos, que lo dejan todo perdido. ¿Sabes? Limpiar los baños de un colegio público –enfatiza en lo de público- es el trabajo más duro que he hecho en mi vida. Yo le contesto. Le digo Sí, ¿en serio?, y procuro recordar cuál es la cara que se pone cuando de verdad te interesa lo que alguien te está contando. Parece que actúo bien porque el pesado se emociona y empieza a darme detalles.

Cuál es el mejor limpiacristales del mercado.

A la larga, los guantes de látex pueden producir eccema y diferentes tipos de dermatitis de contacto.

El Pato WC es insuperable; sus imitaciones marca blanca son más baratas, está claro, pero ni se te ocurra recurrir a ellas si quieres obtener un nivel de higiene óptimo.

Y sí, hoy sí: hoy toda esa mediocridad me parece música celestial porque lo único que veo cada vez que parpadeo es a este tipo, de cuyo nombre ni siquiera me acuerdo, entrando en mi habitación. Cuando abra la puerta se sorprenderá un segundo al ver el cuarto entero forrado de un plástico aislante. Pero no podrá confirmar ninguna de las posibles respuestas que le vengan a la cabeza porque ya se la habré partido con la maza que, de paso, compré anoche en los chinos. Después lo de siempre: serrar, empaquetar y enterrar.

Esta vez, si me pillan, estaré realmente jodido. Por aquello de la presión social. No creo, pero si cuando sea la época algún buscador de setas o de trufas metomentodo se topa con lo que quede del cuerpo y algún poli competente llega hasta mí, la opinión pública hablará de crimen pasional o de crimen homófobo. Tendrán que sacarle punta, porque hoy en día es más condenable matar a un homosexual que matar a un heterosexual. Es el reverso tenebroso de lo políticamente correcto. Así que a todo el mundo se la traerá muy floja que mi explicación sea que lo único que hizo el pobre comosellame fue inundarme el cerebro durante dos meses seguidos con todo tipo de detalles sobre su vida de mierda. No querrán admitir que, sencillamente, ya tenía bastante con lo mío y no podía tolerar que ese tío me contaminara más. Se empeñarán en ver cosas donde no las haya y me entraré en la cárcel con una fama muy poco conveniente. En su imbecilidad, los que crean que fue un asunto pasional verán aumentadas las probabilidades de violarme sin que me defienda. Y los que crean que fue un crimen homófobo y se den por aludidos intentarán rajarme a las primeras de cambio.

Pero no voy a ponerme en el peor de los casos. Hasta ahora siempre me ha salido bien; nadie ha desenterrado nunca una de mis cosas. Y no hay motivo para creer que esta vez surgirán problemas.

Estoy a punto de decirle que acepto lo que me propuso hace unas semanas, que pasemos de ir al trabajo y vayamos a divertirnos a mi casa, cuando el tipo empieza a hablarme de sus sueños. Dice que esto de limpiar letrinas es sólo temporal.

Dice:

Sí, ya son cinco años, pero es sólo temporal.

Y luego tartamudea un poco y dice:

Porque sé que algún día realizaré mi sueño. De hecho, quizá el mes que viene me apunte a una academia. He visto unos folletos sobre unos cursos. No sé si decantarme por el de Técnico Superior en Asesoramiento de Imagen Personal o el de Técnico en Estética Personal Decorativa.

Las ganas de cargármelo se me han ido casi por completo cuando añade:

Ojalá algún día logre maquillar a Sarita, a Conchita, a Marujita.

Un segundo después le vomito encima. Él saca de su bolsa un paquete de hojas de papel absorbente. Extra-absorbente, asegura la etiqueta.

No te preocupes, me dice con una sonrisa, esto va fenomenal. Y me quedo mirando cómo se limpia, con cuidado, sin un mal gesto, toda mi porquería. El mundo fuera y dentro de mí, amarillo y maloliente.