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Tierra/Tiempo

Mi hambre es voraz. Mi hambre es insaciable. Todo cuanto ves acabará en mis tripas. La Plaza Roja. El Golden Gate. La Presa de Asuán. Las Torres Petronas. El Canal de Panamá. Los diques defensivos de la costa holandesa. Todo será mi comida. Incluso la Estación Espacial Internacional. Eurodisney. Eurovegas. Las pirámides de Guiza me resbalarán garganta abajo regadas por grandes tragos de arena tórrida. Sí, las Pirámides de Guiza, tarde o temprano. No tengo ninguna prisa. Tarde o temprano las cimas edificadas por el Imperio Inca. Tarde o temprano, al fin, la Gran Muralla China. Y las sedes políticas. Las escuelas y los asilos. Las ciudades olímpicas. Los estadios deportivos. El cuartel general de Apple. El Museo del Prado. Los burkas, los McDonald’s. El radiotelescopio de Arecibo. Wall Street y sus Starbucks. Los talleres clandestinos de Nike en el sudeste asiático. La Biblioteca Nacional. El Cosmódromo de Baikonur. El Tribunal de La Haya. La Declaración Universal de Derechos Humanos y la Ley Sharia. Las villas de la Costa Azul y las favelas brasileñas. Y tarde o temprano Hiroshima y Nagasaki. Las Ardenas y Normandía. Los Balcanes. Ruanda. Vietnam. Guernica. Hombres, mujeres y niños. Inocentes y culpables. Todos los dioses. Todos sus profetas. La última civilización. Y también la selva amazónica y sus tribus de no contactados. Sus hogueras atávicas. Sus miradas asombradas hacia el cielo estrellado. El río Misisipi. El Volga. El legendario Amarillo. Las Cataratas Victoria. Yellowstone y Yosemite. El Desierto del Sahara. Los casquetes polares. El Mar Mediterráneo, cuna coja de la democracia. Las junglas de Borneo. Los bosques de coníferas. Las Montañas Rocosas. La tundra siberiana. Las manadas de lobos. El último elefante. La última ballena. El último Gran Blanco. La última naturaleza. Todo eso me comeré. Todo. Hasta los volcanes. Y me beberé su luminosa lava. Y más pronto, mucho más pronto que tarde devoraré a tu perro. A tus hijos. Tus alegrías y tus penas. Tu éxito y tu fracaso. Tus sueños y pesadillas. Y a ti también, claro. Tu cuerpo, efímero, frágil, insignificante. Tu alma, insignificante, frágil y efímera. El día menos pensado abriré mi colosal boca de piedra y me lo tragaré todo. Os engulliré a todos. Os sepultaré bajo toneladas de tierra, toneladas de tiempo. Con suerte, mucha suerte, serás objeto de arqueología. Casual muestra de un pasado violento, indecente, vergonzoso. Momia aterradora del pozo más cenagoso de los tiempos. Tus huesos astillados yacerán en la Gran Dolina junto al mármol roto del David de Miguel Ángel. Igual de fosilizados. Igual de fríos y muertos entre arcaicos microchips, turbinas de Boeing grandes como dólmenes, millones de botellas de agua, retales de Velázquez, los cascotes del despacho oval. Serás con suerte arte rupestre. Tenue trazo de pigmento en la pared de la historia con minúsculas. Molécula de carbono erosionada. Vulnerable al más leve soplido, como la misma tiza. Procura recordarlo cuando te creas de naturaleza divina. Has venido aquí para intentar sobrevivir. Mientras te dejen. Has venido aquí para perder la batalla más antigua. La batalla por la inmortalidad. Has venido aquí para sentir. Mientras puedas. Y es un regalo. El mejor de todos. Es la ventaja que te doy en la carrera hacia la tumba. Es mi unodostrescuatrocinco…diez mientras dejo que te escondas y me divierto buscándote. Igual que hace un padre con su hijo. Pero yo no te dejaré ganar. Yo Tiempo, Yo Tierra, Yo, Gran Cementerio, te alcanzaré. Daré con tu escondite. Y acabaré contigo. Así que aprovecha mi falta de prisa. Mi pereza. La lentitud inexorable de mi triunfo. Aprovecha la ventaja que te estoy dando. Porque sí, es un regalo. El mejor. No lo desprecies.

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Diez momentos para respirar hondo

1.
En una azotea.
Motores negros en el asfalto.
Motores azules en el cielo.
Nubes de CO2.
Estelas de CO2.
Consciente vagamente -como un niño de párvulos-:
simple intuición de la escala humana.

2.
Tendido en la arena.
Playa urbana.
Atardecer frío.
Frío pero rojo.
Rojo pero frío.
Las gaviotas de vuelta a sus vertederos.
Sus panzas blancas en llamas.
Se queman sin humo.
Como nosotros.

3.
En la cima más alta de la cordillera.
Veintitrés picos nevados a la vista.
Alrededor.
Debajo. Por debajo.
Blancura cegadora.
Cimientos necesarios.
Arbotantes necesarios para alzar eel púlpito de roca.
El altar de sol y roca.

4.
Plaza de San Telmo.
Ocho de la tarde de un martes.
Amenaza lluvia.
Sobre los álamos del parque, de pronto, chillidos.
Aire acuchillado.
La gran bandada de estorninos.
Nube.
Cincuenta mil pares de alas en perfecta sincronía.
Cerebro colectivo.
La inteligencia perfecta.
Asunción del lugar y el papel en el gran grupo.
Orden recortado contra el ocaso plomizo.
Y al mismo tiempo, puro caos.
Te tiemblan las manos.
No te tranquiliza saber que solo tú lo percibes.

5.
Dentro del estómago de la ballena.
Plancton.
Flotabilidad insignificante.
Como una mota de polvo al sol.
Pero a oscuras.
Tan invisible como el olvido eterno.
Tú, que libraste terribles batallas para ser el Rey del Plancton.

6.
Al despertar ayer, hoy, mañana.
La ciudad tendida al otro lado del cristal.
Yaciendo desplomada ahí afuera.
A la intemperie.
Maquillada pero muerta.
Discretamente arrasada.
Civilizado expolio.
Emperador sin mausoleo.
Faraón sin pirámide.
Pero los millones de esclavos que construyeron la tumba invisible morirán en ella.
Serán también piedra.
Polvo.
Nada.

7.
Cuando la belleza de lo simple se pose en tus manos como un pájaro herido.
Sus alas cortadas.
Cuando su única salida sea acelerar el desenlace.
Abreviar la agonía.
La súplica de piedad disuelta en la tinta de los ojos redondos.
Y veas tus dedos crispados cerrarse en torno al gaznate.

8.
En un área de servicio de una autopista cualquiera.
Tomando un café frente a tu reflejo.
Frente a frente con tus limitaciones.
Con tus posibilidades.
Mientras afuera el mundo gira.
Y con él todos los destinos.
También aquel que creías tuyo.

9.
A los pies del árbol de la ciencia.
Seco.
Congelado.
Larguísimos carámbanos afilados suspendidos de sus ramas.
Sobre tu cabeza.

10.
Mientras lames el coño.
No un coño.
El coño.
Mientras lo lames.
Inspirando.
Tomar aire entonces.
Respirar hondo y sumergirte.
Bucear.
Retroceder a través de eones de sal húmeda hacia el big bang de este vacío.
Charco del origen de los tiempos.
Tu voz de bebé chapoteando en el fondo.
Inalcanzable.
Ondas de piedra arrojada en la superficie engañosa.
Tu voz inalcanzable y sabia.
Capaz de articular palabras esdrújulas.

17
abr
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Pero hoy

Despierto
y la sensación
de siempre.

Desorientación.
Estar perdido
en lo salvaje.

Hienas
rodean mi cama.
Gruñen.

Se acercan.
Me acorralan.
Las huelo.

Quieren su parte.
Reclaman
mis huesos.

Y siento miedo.
Y cansancio.
Y más miedo.

Entra el sol
por la ventana.
Sabana urbana.

Pero entonces
oigo la lluvia.
Algo así.

Oigo lluvia
y una voz
que tararea.

Eres tú,
cantando
bajo la ducha.

Y las hienas
se amansan.
Todas las fieras.

Retroceden.
Huyen.
Se desvanecen.

Mañana volverán.
Pero hoy
ya no me asustan.

17
abr
14

Conciencia de asesino

Larguísima hilera de muertos a mi espalda.
Peor que el peor psicokiller.
Niños pequeños de piel fina y perfecta,
cerúlea como porcelana china.
Hombres imperfectos arañados por el tiempo,
convertidos en su propio y trágico error.
Todos ellos muertos antes de alcanzarse a sí mismos.
Y todos con la misma cara. La mía.
Y todos con los ojos abiertos, muy abiertos,
pidiéndome en silencio una explicación
que sé que jamás podré ofrecerles.
Solo puedo decir que sus destinos
sin cima pesan sobre mi conciencia.
Oscuras nubes de piedra que el viento no se lleva.
Tormentosas losas frías para cadáveres jamás enterrados.
Si supiera rezar les dedicaría una oración cada noche
pero no entiendo de ritual ni de fe.
Y sin embargo vagamente creo en una especie
de modesta resurrección diaria.
Así que solo quiero decir que
quizá un día una versión mejorada
de mi ser consiga honrar la memoria ofendida
de mis anteriores intentos de persona.
Quizá un día me libere. De todo esto, digo.
Quizá un día me convierta en la espuma volátil
que se aleja del estruendo de la catarata.
El rayo de sol se irisará al atravesar mi cuerpo.
Alguien contemplará el momento casualmente.
Y toda mi sangre derramada seca
en el suelo sucio, polvoriento de la vida
habrá merecido la pena. Quizá.

17
abr
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También caerá este imperio

Si pudiera ver miraría pero no puedo
no puedo mirar desde aquí
tan lejos y tan cerca

Me falta perspectiva y dinero para el billete
así que no me tomaré la molestia de mirar para no ver
pero sí que afinaré el oído

Podéis creerme

Afino el oído como un zorro bípedo
como un cachalote activa su sónar
entre buques mercantes grandes como ciudades

Afino el oído y escucho
al fin escucho alto y claro
lo que siempre oímos y nunca escuchamos

Escucho el rumor fundido mezclado puro puré acústico
coro sordo de engranajes mudos
de las grandes obras de ingeniería

Escucho la perplejidad de los milagros de la ingeniería moderna
La confusión de las exactas, precisas maravillas de la ingeniería contemporánea
construida para extender su imperio resbaladizo de aceite y grasa
hasta un futuro cualquier futuro
mil siglos mil años tan solo uno o quizá simplemente mañana
o dentro de cinco minutos
un futuro obsoleto de fecha pasada antes incluso de ser impresa en el envase

Escucho el zumbido subterráneo
la discreta vibración
de los cimientos de las imponentes obras de la ingeniería moderna

Hablan de derrumbe
Hablan de grietas fisuras y cansancio petrificado
Hablan de hormigón vencido por hormigas

Escucho el grito múltiple de la Presa de las Tres Gargantas
alzarse hacia el cielo de Asia como un enjambre de dragones ancestrales
y sobrevolar los ojos del mundo.

17
abr
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La batalla

No, la luz no va ganando.
Mira a tu alrededor.
Vamos perdiendo.
Así están las cosas.
Y está bien que así sea.
Solo el derrotado
puede luchar por la victoria.
No hay más digno esfuerzo.

17
abr
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Biografía del monstruo

Knock Nevis, hijo de la metalurgia y la ingeniería, de la sangre y el cerebro, del calor y el frío,
tras dos años de difícil gestación era 1981 cuando fuiste botado al mar en Oppama, Japón, en los astilleros de la Sumitomo Corporation, donde te bautizaron Seawise Giant. Ese fue tu primer nombre, el que te puso Tung Chao Yung, magnate de Hong Kong, tu primer propietario, también conocido como C. Y. Tung, que pidió a tus constructores que hicieran de ti el navío más grande fabricado. Más aún: el mayor objeto móvil construido por el hombre.
Y sí, lo fuiste. Bien que lo fuiste.
Destinado a ser el rey de los superpetroleros categoría ULCC (Ultra Large Crude Carrier), eras capaz de cargar 657.019 toneladas de crudo, la mayor capacidad de desplazamiento de la historia.
Cuentan que tu tamaño era tal que confundía por millares a las aves marinas, que, tomándote por islote, decidían hacer un alto en sus vuelos transoceánicos descansando un rato en tu feroz cubierta de hierro.
Tu elegante eslora de 458 metros, una manga de 69 y un imponente calado de nada menos que 24,6 metros que uno tras otro tras otros se hundían en el mar como un bisturí brutal, tan profundo que no podías atravesar el Canal de Suez, el de Panamá e incluso el de La Mancha sin cortar el fondo oscuro del océano.
Mil veces tuviste por ello que superar el Cabo de Hornos y otras muchas, todas, de las peores aguas del planeta. Y lo hiciste, irreductible, preciso, firme y veloz, alcanzando la velocidad punta de 15 millas náuticas por hora gracias a tu colosal turbina de 50.000 caballos de fuerza.
Conocedor de tu deber de superpetrolero, sabedor de tu polémico don-maldición, dejaste que los demás hablaran y te limitaste a cumplir tu destino. En incontables ocasiones completaste, a disgusto pero leal, la ruta petrolera que enlaza Oriente Medio con Estados Unidos. Hasta que en 1986 los amos decidieron utilizarte para transporte por las aguas de Irán durante su guerra contra el vecino. Y pagaste el precio del fuego hermano, que cayó del cielo, tu rival eterno. El espejo envidioso de tus dominios azules. Fue en el Estrecho de Ormuz donde los cazas iraquíes casi acaban contigo. A punto estuviste de ser hundido para yacer hasta la desintegración de la herrumbre en un fondo de aguas limpias y cálidas, estrellas de mar y peces de colores floreando por siempre tu tumba. Tal vez así lo habrías querido. Desde luego habría sido un final digno. Sin embargo, sobreviviste. Malherido, muy malherido y muy triste, pero sobreviste.
Entonces, 1989, fuiste comprado por la sociedad noruega KS-Company. Y te trasladaron a los astilleros Keppel de Singapur, donde fuiste reparado hasta quedar todo lo sano que puede quedar un melancólico veterano de guerra, e irónicamente te rebautizaron como The Happy Giant. Poco tiempo, no obstante, ostentaste este título feliz, alegre y bondadoso, pues la compañía noruega que te había rescatado del infierno iraní fue enseguida absorbida por la First Olsen Tankers, que decidió llamarte Jahre Viking.
Y fue con este temible nombre bárbaro, este nombre de despiadado jefe de horda nórdica, con el que más tiempo surcaste los mares con la panza llena hasta los topes de oro negro, suministrando vida y suciedad en cada puerto, despertando el amor incondicional de unos y el odio visceral de otros tantos.
Así siguió tu vida hasta que en 2004 fuiste enviado sin previo aviso al astillero Dubai Drydocks, rebautizado como Knock Nevis y rebajado a la humillante categoría de almacén flotante. De modo que es sin duda injusto que la Historia te recuerde por el infausto nombre con el que se te marcó durante estos últimos años de degradación, en que serviste como carguero de bajura en la costa de Qatar, en el campo petrolífero de Al Shaheen.
Pero aun así quiero decirlo. Aun así quiero decírtelo, aunque ya sea demasiado tarde:
Ave, Knock Nevis, criatura condenada antes de nacer a ser lo que fuiste. Señor absoluto de todos los monstruos marinos habidos e imaginados. Pudiste ser el gran destructor. El mesías de la devastación. Pudiste ser propagador de muerte y fuiste dador de vida. Cargaste y transportaste por el bien del progreso de mi especie fallida el denso fluido de tus entrañas renegridas a la fuerza. Pudiste derramar tu veneno frente a las costas de Alaska, en mitad del Caribe, sobre la barrera de coral australiana. Pudiste abrirte en canal entre deslumbrantes icebergs, pacíficas ballenas azules e inmensos bancos de atunes. Pudiste lavarte las tripas con purificadora agua salada. Habría sido lo justo. Lo merecías. Y no lo hiciste. Fuiste como las personas a las que tanto me gustaría conocer. Y no existen.
Ni siquiera lanzaste un pequeño vertido tóxico cuando una mañana tan cegadora como todas lo son en el Golfo Pérsico, te ordenaron poner rumbo hacia tu paredón particular. Tu cuerpo ya estaba viejo, despintado, mordido por el óxido. Pero tus motores gigantescos tampoco fallaron mientras te dirigías a tu cementerio. Navegaste hacia la muerte con pulso firme y preciso, con la serenidad del cansado. Sin honores. Sin siquiera palabras de gratitud. Fue en 2009, puerto de Alang, Gujarat, India, donde fuiste varado a propósito para tu desmantelamiento. Y no había allí ningún Turner para pintar tu final. Ningún auténtico romántico. Ya no los hay. Solo unas decenas de ecologistas apostados en la playa cercana rieron y cantaron y brindaron con cerveza caliente y bailaron sobre el techo de sus furgonetas Volkswagen mientras embocabas tu último puerto. Mientras morías. Tenías 28 años y muchos mares que surcar. En fin, será en otra vida. Ojalá.




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